Homenaje a Don Martín Aguirre

| "El País" entendió que la mejor manera de recordarlo era a través del testimonio de diez personas que se enriquecieron con su trato, permitiendo reencontrarnos a todos con él.

Enrique Beltrán

A medida que El País ha ido venciendo desde hace casi noventa años, los desafíos del tiempo y de las más variadas encrucijadas, va naturalmente acumulando también junto a sí, los que ayer fueron señera presencia en buena parte de ese camino. Hoy son los diez años de la muerte de Martín Aguirre. Periodista de vocación, redactor primero, director después, supo recoger el mandato de sus mayores y trasmitirlo tan vigorosa y digno como lo recibiera, a quienes lo siguieron. Fue un hombre de afinado equilibrio espiritual, cálido en el afecto, olvidadizo en sus odios, lúcido en su inteligencia, ancho en la amistad. Siempre será recordado.

César Bernal

A Don Martín, como me gustaba llamarlo, lo conocí cuando yo tenía apenas 25 años. Fue en el Euskalerría, como no podía ser de otra forma. Cuántas manos estrechaba uno por aquellos tiempos, y sin embargo qué difícil era forjar amistades de toda una vida. Tuve la suerte de que Martín Aguirre me considerara su amigo y me atrevo a decir que para mí fue uno de esos hermanos que regala la vida a mitad de camino. Compartimos partidos, entrenamientos y campeonatos, charlas y anécdotas. Don Martín, mi amigo, cómo se te extraña. Cómo nos hace falta tu palabra justa, tu comentario inteligente y tu silencio que devolvía la calma en los momentos más difíciles. Cómo se extraña tu don de gentes, Don Martín.

Enrique Estrázulas

Aquel gentilhombre tenía una suerte de bohemia guardada que, a veces, hacía pública. Quienes lo conocían, sabían de su gusto por la noche, la pelota vasca, el fútbol, las comidas informales con gente sencilla. Martín amaba el diálogo, los ambarinos, los libros. Queda sobreentendido que también era hombre de tango con memoria infinita. Fue entrañable amigo de Francisco Espínola desde antes del levantamiento de Paso Morlán. Martín era franco y humano, inteligente y de pocas palabras, tanto en la algarabía como en el dolor. Nos dejó varias enseñanzas. En el durísimo oficio de ser hombre la principal fue el temple, la piedad, la comprensión.

Julio César Jaureguy

La lágrima que brotó cuando circuló la noticia de su muerte, sigue detenida en el tiempo y en el espacio, porque seres humanos como Martín son difíciles de repetir. Lo conocí hace 53 años, cuando ingresé al diario como cronista de pelota vasca, y nunca tuve oportunidad de decirle que desde entonces había empezado a aprender de él, -en un Euskal Erría de don Domingo Arcelus, de Andruco y del Perru, mientras hacían pareja con Ansa o con Vidal-, lo que eran los rebotes y los tambures. Años después pasé a la página política y en una larga mesa al costado de su escritorio, -con ese otro permanente dolor que sigue siendo Washington Beltrán-, nos hizo lo que después fuimos. Con el inolvidable Minetti y con Lamónaca nos enseñó a escribir sin darnos cuenta, respetando el estilo de cada uno, mientras llenábamos una página que se devoraba tres o cuatro editoriales, cuatro Segundas más los Se dice, una 3a. arriba y a veces hasta la 5ª, en un diagramado de ocho. Eran jornadas largas con olor a plomo, que se regaban después con una cerveza en el Metro, o en los copetines del Silver Gate, o los fines de semana en lo de Josho Montero, comiendo un cebiche que nadie sabía preparar como él. Los amigos que le sobreviven seguirán siendo Templarios que deberán trasmitir su recuerdo a las generaciones por venir.

Ruben Loza

El tiempo no ha logrado desvanecer los recuerdos que dejara en nosotros. Tenía la arrogancia de Aragón, la pluma de Chateaubriand y la elegancia de Gracq. Tendría muchas cosas para contar, pero me quedo con este recuerdo. En el velatorio del profesor Rodríguez Mallarini, columnista de El País, don Martín me dijo que me reiteraba el ofrecimiento realizado: que en lo sucesivo reemplazara en la página editorial al profesor, porque en esa página debía haber una columna cultural. "Sí, don Martín -dije-, y muchas gracias". Me respondió: "Le sobra terreno, pero no falle un solo día con la columna". Y luego volvimos a lo nuestro. Mi primera columna apareció el 7 de agosto de 1983. ¡El tiempo es un tobogán, Dios mío! Con el maravilloso impudor con que vivió, levantó el vuelo. La suya fue la vida como derroche, la amistad como derroche, la muerte como derroche.

Gustavo Magariños

Martín Aguirre salió bien de la vida. Hay muchos modos de vivir, pero él optó por el mejor, el más noble, el que privilegia la razón, la virtud, la hombría de bien y la amistad sincera y abierta. Esos, entre otros, fueron rasgos destacados de su personalidad. Un filósofo antiguo anotó que todo tiempo transcurrido pertenece a la muerte; pero quizás olvidó decir que cuando ésta se lleva a un ser querido y respetado abre las compuertas para un mar de recuerdos que hacen que continúe viviendo. En la memoria de sus familiares, colegas y sucesores en la empresa que dirigió con acierto, en la de sus amigos y en la de todos los que lo conocieron, Martín Aguirre sigue tan vivo como antes.

Ricardo Reilly

La inapelable sentencia del almanaque a diario hace recordar que el tiempo pasa más rápido de lo que se quisiera. Así siento cuando se acerca fácilmente a mi memoria la caracterizada figura del ciudadano blanco, periodista y embajador don Martín Aguirre, alto, el rostro severo, la figura delgada siempre atildada, con traje y corbata impecables, y un aura de autoridad innata que irradiaba respeto por su sola presencia. Amigo de mi casa, apreciado por mi padre y en especial por mi madre, Gori, me hace viajar a otros tiempos del país. Para quienes nos encontramos entre aquellos que tuvieron la feliz oportunidad de conocerlo, don Martín estará siempre presente en la memoria y la emoción.

Miguel Romero

Conocí a Martín Aguirre en 1974 cuando, recién llegado a Montevideo fui a visitar El País, como embajador del Paraguay. Allí estaban Washington Beltrán, Martín Aguirre, Daniel Rodríguez Larreta y Carlos Scheck (hijo). Pasado el tiempo, los encuentros fueron haciéndose más frecuentes; naciendo una amistad cordial y sincera. Guardo de él la memoria de su persona, de traza airosa, porte distinguido, sonrisa fácil, y una mirada clara y tez rosada que le otorgaban un aire anglosajón antes que el vasco que le era propio. Y guardo también, el recuerdo de sus creencias, ideales, su fervoroso nacionalismo, convicciones y dudas, todo en su inconfundible estilo con el que constituía el hombre que era y el caballero que, sin buscarlo, blasonaba. Cuidadoso en el vestir, educado hasta el detalle, siempre con su refinado buen gusto. Fue amigo de buena ley; solidario, que otorgaba sin retaceos su respaldo siempre con natural señorío. Yo puedo atestiguarlo.

Hernán Sorhuet

A don Martín lo conocí en mi niñez. Impresionaba su porte y su prestancia. Mi padre sentía por él afecto, admiración y respeto, lo cual transmitió al seno de nuestra familia. Era su jefe, pero también su amigo. A lo largo de tres décadas de trabajo continuo lograron establecer una simbiosis que los acercó mucho. La calidad de su trabajo parecía confirmar que había nacido para el periodismo. A poco de recibirme de profesor de ciencias biológicas me abrió la puerta para escribir sobre un tema, por entonces casi desconocido en los medios de comunicación: el ambiental. Su visión de lo trascendente era tan clara que advirtió -hace ya casi un cuarto de siglo-, la importancia de este tema para el presente y futuro de la sociedad.

Martín Aguirre Regules

Qué difícil es para un nieto intentar explicar la relación con un abuelo. Especialmente con uno tan "malcriador". Siempre me gustó pensar que con él me unía una relación más de amigo que de nieto. En los años que tuve la suerte de disfrutarlo, me llamaba la atención, más allá de la elegancia y la clase que derrochaba y que siempre le envidiaré, lo cómodo que se sentía en cualquier ambiente. Le daba igual estar en una recepción diplomática, en la rueda del Expreso, o en el Gran Boliche. Disfrutaba del trato de todos, y a todos daba el mismo trato. Pese a que no era afecto a pasarse recordando épocas pasadas, un día que discutía con alguien en un bar de la Parada 5, lo escuché decir con su tono típico: "yo viví la mejor época de este país, viejo, eso no vuelve más". Si tenía razón, en gran medida, es porque cada día es más difícil encontrar personajes como mi abuelo.

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