Si los uruguayos nos preguntáramos qué país queremos, al momento de analizar las respuestas nos daríamos cuenta que hemos transitado por un camino que en las grandes líneas de pensamiento nos ha llevado a una polarización. Es claro, hay que plantear ante todo la alternativa intrínseca a la interrogante. Así, la primera gran opción con que nos encontramos es la de si queremos un país del mundo en que estamos viviendo, de manera que se adapte a sus exigencias y modalidades para acompañar su dinámica y su evolución, o si por el contrario, lo que estamos buscando es un país que cambie al mundo, para lo cual hay que partir del supuesto que por sí mismo, o con aliados que lo acompañen, ello sería posible.
Como no lo es, entonces no queda otra posibilidad que insertarnos en el planeta Tierra para vivir lo mejor posible y a partir de ello llegaremos a un empalme de apertura de dos grandes caminos: el del realismo y el de la utopía. O si quieren, para no dramatizar tanto la decisión, la senda por la que caminan quienes buscan la prosperidad de la colectividad respetando el valor de las evidencias que no tienen más remedio que aceptar, o aquella por la que van quienes aun siendo honestos con sus convicciones no advierten que la satisfacción del hombre que quiere la justicia social necesita crear riqueza con la premura que le permita un reparto que, además de justo, llegue a tiempo.
Tiempo, ese es el valor a tener en cuenta para los que como los integrantes de la familia de los Buendía que inmortalizó García Márquez, no habremos de tener una segunda oportunidad sobre la tierra. Siendo el tiempo el gran valor, será imperativo tomar por el camino más corto.
Así, los uruguayos nos estamos agrupando en dos grandes bloques de pensamiento y -en la medida de lo posible- también de acción: los que miramos al mundo que nos rodea no necesariamente sólo para comerciar con él, sino también para aprender, para imitar lo viable y lo que sirve y rechazar lo que no, y los que creen en la infalibilidad de una sociedad que puede sobrevivir encerrada dentro de sus fronteras, cultivando un pasado de bienestar en la esperanza voluntarista que se podrá repetir.
Esa polarización social es sana. Por cierto que la misma puede admitir matices, pero no en lo sustancial sino en aspectos adjetivos o secundarios. En lo sustantivo, la identidad del país se resuelve en la confrontación dentro de los términos planteados, y el día que ello se traduzca en la constelación política se habrá dado un paso enorme para que se pueda contar con gobiernos coherentes consigo mismos, que se correspondan además con sus promesas electorales sin el esfuerzo del violinista que sostiene el instrumento y marca los tonos con la mano izquierda pero ejecuta la melodía con la derecha.
Algo -o mucho- de esto está sucediendo ahora que llegó al gobierno lo que se consideró siempre un berenjenal de ideas y de métodos filosóficos, sociales y de acción política, que atropelló para abultar lo que se ha dado en llamar Frente Amplio y, sin embargo, ahora empieza a depurar su verdadera identidad, que responde a la polarización que mencionamos. Es claro, algunos tienen que empezar por sincerarse a sí mismos y el primero de ellos es el Presidente de la República, a quien la realidad lo va llevando -con ciertas oscilaciones, es verdad, porque todavía no tomó conciencia de la importancia que tiene la credibilidad del gobernante y juega al límite del reglamento con su carisma personal, que lo tiene pero que no tiene por qué ser eterno- a abrazarse al modelo político y económico al cual vituperó sin piedad en tres campañas electorales consecutivas.
El comprendió con claridad cuando en la última gira visitó a organismos internacionales de crédito conjuntamente con Danilo Astori, cuáles habrían de ser los deberes a cumplir. Y como Astori tiene una formación adecuada al tema, su nominación como futuro Ministro de Economía vino de cajón. Pero por efecto de esa misma polarización al Frente le van cambiando las adhesiones, pues con las cartas vistas, su apéndice sindical empieza a sentirse traicionado. Francamente es positivo este proceso de sinceramiento en las coalición de gobierno, que estará consolidado al terminar el mandato.
Será cuando se podrá saber quién es quién en nuestro Uruguay.