Carencias

LEONARDO GUZMAN

Me topé con una decena de personas llamadas a declarar como testigos en un Juzgado Civil de la calle San José. Esperaban bajo la luz de una lamparita amarillenta: más de la mitad, parados por falta de sillas; todos, seguros de que el plantón iba a ser largo, ya que habían sido citados para la misma hora y descontaban que cada declaración habría de insumir un buen rato.

En el minuto que me detuve, apareció la queja y enseguida la subsumió la justificación:

-"Ya sabemos las carencias de infraestructura con que debe manejarse el sistema..."

Y sí: hay salas de audiencias de Familia donde casi no caben el Juez, el receptor, las partes y los abogados para recibir la deposición de un testigo. Los boxes donde se interroga en los Penales de Misiones son para dos personas, pero por ley nunca pueden ser menos de tres y muchas veces se apiñan cinco o más.

Los Juzgados concursales no tienen espacio para las juntas de acreedores ni los laborales para las demandas de muchos; los civiles poseen espacio pero no instalaciones suficientes. Y así sucesivamente.

Que el Poder Judicial necesita otro nivel inmobiliario, lo sabíamos hace más de cuarenta años, cuando se impuso pagar timbres que sirvieron para montar una cáscara vacía que hoy sirve para sarcasmo.

En esas cuatro décadas largas de edificio muerto, se hizo mucho: se concentró a los Juzgados de Paz, lo cual facilitó a los abogados pero les quitó simbolismo barrial; se creó Sedes civiles donde antes funcionaba Asignaciones Familiares; se instaló la computación; se habilitó la distribución cibernética de los turnos y luego la identificación única de expedientes; etcétera.

Todo eso ha sido progreso de la infraestructura material. Y lo ha sido también -tema primordial- la atención que han recibido los pedidos de mejora presupuestal de jueces, actuarios y funcionarios, jamás plenamente satisfechos pero hoy -por lo menos- no sumergidos.

Ahora bien.

Hay otra infraestructura que no debe desdeñarse: los sentimientos, las ideas y las actitudes desde las cuales cada uno ejerce su función. No es cosa de proyectar, tan luego en la Justicia, el paralizante que nos empantanó en tantos ámbitos: pasar por alto todo lo bueno que se puede hacer a partir de la estructura existente y sentarnos a esperar que llegue un tiempo de vacas gordas para recién entonces emprender el sueño del cambio.

¿O vamos a olvidarnos los ejemplos que adquirimos cuando, con Jueces pobres, Juzgados insuficientes y escribiendo a mano o a máquina vieja, la jurisprudencia impartía lecciones y las actuarías enseñaban?

Tener que volver tres o cuatro veces a buscar un expediente que estaba "en la letra" o demorar semanas trámites que apenas insumen minutos no es pecado de ahora. Lo hubo siempre.

Lo que es de ahora es la invocación de "el sistema" o "la infraestructura" como pretextos anestesiantes para terminar bajando la guardia ante las responsabilidades personalísimas, intransferibles, de cada uno.

Al fin de cuentas, la infraestructura de la Justicia, igual que la del Derecho todo, radica en la formación del protagonista a quien le incumba cada función -Ministro de Corte o notificador.

En eso, con más o menos medios materiales ha habido, hay y habrá modelos siempre.

Y es con ellos que debemos reconstruir la estructura del Derecho como idea y como acción.

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