Creo que el país conoció cuatro grandes sacudidas cívicas impulsadas por las urnas. Tres fueron silenciosas revoluciones pacíficas, que consolidaron nuestras libertades, nuestro perfil democrático y nuestro Estado de Derecho. La cuarta está procesándose, en el decir burocrático. Una de ellas fue la jornada del 30 de julio de 1916. Ganó allí la verdad del sufragio, cuando por primera vez, el pronunciamiento popular tuvo la garantía del voto secreto. Hasta entonces la derrota del oficialismo era una misión casi imposible. Suponía derrotar a un tenaz engranaje de fraude y de coacción, que hacía inevitable la victoria de los dueños del poder. Derrotado esta vez el oficialismo, se abrió el camino hacia la Constitución de 1917. Entre otras conquistas, se consagraron las garantías del sufragio, la representación proporcional, el derecho de las minorías y más eficaces medios de control para los abusos del poder. Las luchas cívicas sucedieron a nuestras luchas armadas. Fueron duros los enfrentamientos, pero también, progresiva la tolerancia.
Otra jornada histórica, que reafirmó hasta el asombro aquellos valores, fue la derrota de la dictadura en el plebiscito constitucional que ella organizara. El solo poder de las urnas hirió de muerte al régimen de fuerza. No sé de ejemplos similares en el mundo entero. La victoria nacionalista en l958 fue uno más de esos sacudones impuesto por las urnas. Lo fue, porque ese partido ganó el gobierno del que había sido despojado por la invasión extranjera noventa y tres años atrás. Desde Paysandú inmolada, al triunfo de casi un siglo después, fue larga la travesía de sacrificios y de adversidades, de divisiones y de derrotas. La fe fue más fuerte que los muchos contrastes que la pusieron a prueba, tal vez porque muchas veces, fue su causa la del propio país. Esa jornada triunfal, dio testimonio de la joven vitalidad de esa fuerza política, y a la vez, hizo efectiva la rotación de los partidos en el poder, por lo que perfeccionó la democracia. Nuevos vientos soplaron en lo que era entonces la vieja casa de gobierno. Ni el rencor ni el exclusivismo, ni la intolerancia, hicieron allí su aparición.
La otra jornada resonante fue el triunfo del Frente Amplio. La presencia de un tercer partido en el gobierno, incorporó una nueva dinámica a nuestra democracia. Pero a diferencia de la victoria nacionalista y de aquellos dos pronunciamientos populares, que fueron vigorosas reafirmaciones de la democracia y de su continuidad, ésta se ha hecho confusa. Ya no por la frontal disparidad entre la prédica electoral y las tareas de gobierno; sí, por el exclusivismo que abatió contralores, concentró poderes y vulneró garantías del Estado de Derecho. Agudizaron la confusión y la duda, el reiterado afán de desmarcarse de la historia del país. Como buena parte de sus páginas, fueron para forjar las instituciones que aseguren la libertad de sus hijos, la pluralidad de sus fuerzas políticas, la diversidad de opiniones, la búsqueda de la justicia, el desarrollo en libertad de la comunidad, era dable preguntarse si desmarcarse de las historia que los ha forjado no es desmarcarse de esos valores.
Por demás, el entusiasmo de integrantes del gobierno por las tiranías de índole varia, inclusive, aquellas que llevan arrastrando sus crímenes y arbitrariedades desde hace casi medio siglo, torna más confuso el resultado de aquella jornada como para aproximarla a las otras que fueron todas ellas avance importantes en la efectividad de nuestras libertades. Sin embargo el Presidente Dr. Tabaré Vázquez dijo en Estados Unidos: "Nunca está demás reiterar el compromiso con la paz, la libertad y la democracia. No concebimos desarrollo si no es sobre estas tres bases". Recordó después que Uruguay es "una nación orgullosa de su tradición y confiada en su futuro". Parece integrarse así en la rica historia de nuestras libertades, admitir la continuidad de una historia y de una lucha de la que tantas veces se había esforzado en apartarse. Es para regocijarse. Sólo temo a la rapidez de sus olvidos.