Antonio Larreta
Hace aproximadamente medio siglo tuvo lugar una explosión en el ambiente cultural de Montevideo, coincidente con la fundación de la Comedia Nacional, y algo después de la conversión del Teatro Urquiza en el Estudio Auditorio del Sodre. El teatro comercial quedó reducido a dos salas (18 de Julio, Artigas) que no habían de subsistir más que una o dos décadas. Pero la explosión provino del apenas institucionalizado Teatro Independiente, que consteló la Ciudad Vieja, el Centro y el Cordón de pequeñas salas y la vida cultural de una oferta múltiple y variada que consumía un público ávido. Porque al mismo tiempo de una generación de actores hubo una generación de espectadores y la maduración de unos y otros se produjo dentro de una simbiosis y una suerte de vértigo. Los memoriosos recuerdan -a veces más que los actores mismos- aquella frondosa cartelera, al azar del gusto personal, de la opinión fervorosa.
Pero hay un espectáculo que se ganó el lugar por ser el primer éxito arrasador, tres temporadas de llenos en el Teatro Circular. Se llamó El caso de Isabel Collins, lo dirigía Eduardo Malet, y la protagonista, aquella Isabel Collins, acusada de un crimen que no había cometido, era una joven, muy joven actriz llamada Alma Claudio. Y esta columna está dedicada, no a Isabel Collins sino al "caso de Alma Claudio" que me pareces más extraordinario. Más emocionante.
En la última función de Isabel Collins, la joven actriz, apagados los últimos aplausos, y alejados los últimos admiradores, se quitó el traje de Isabel, se vistió para irse, se despidió del escenario y se fue a su casa, probablemente con su novio. Se había enamorado de un joven estanciero que también era actor, se casaron y tuvieron cuatro hijos (Estos últimos párrafos no los he consultado con ella. Sintetizan treinta años. De una vida privada dedicada al marido y los hijos).
Hace aproximadamente diez años yo estaba configurando el reparto de Relaciones peligrosas y no encontraba la actriz adecuada para el papel de la madre de la quinceañera de alta sociedad que Valmont seduce. No llegué a ofrecérselo a nadie, antes de probar suerte con Alma Claudio, a quien conocía superficialmente, pero que tenía el señorío, la fragilidad, la inocencia que el personaje requería. Le pedí una entrevista en su casa de Carrasco. Superado el asombro, los escrúpulos, el miedo, aceptó hacer el papel. Pocos la reconocieron. Pero ella misma sí lo hizo. La actriz estaba intacta. La vocación y el talento. Fiel como es, encontró su lugar en el Circular. Ha trabajado muchísimo. Desde Lorca a Peter Brook. Acabo de verla en Morir, de Sergio Bebel, dirigida por un joven brillante llamado Calderón, que trabaja muy exhaustivamente a sus actores y la obra misma. De Alma Claudio consigue una proeza. Una conversación telefónica de quince minutos en una gama que va de la comicidad al pathos, y que justificaría una ovación, pero el público respeta el ritmo inexorable de la puesta y descarga ese entusiasmo al final. Fiel a sí misma, Alma trata de ser una más en el saludo. Qué actriz. Qué persona.