Domingo 26 de febrero de 2006 | Año 88 - Nº 30369
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Qué piensa Kirchner después de la victoria

Néstor Kirchner insiste en que no se presentará a la reelección el próximo año. Nunca lo dice así, claramente. Ronronea. Cambia la mirada. Baja la cabeza. Al final, desliza: no puedo decir algo que no me creerán o que, en caso de que me crean, me sacará poder. Pero, ¿podrá sustraerse a la reelección después de haber visto a una oposición que se rindió "descalza y en calzoncillos", según la acertada metáfora de López Murphy?

En la tarde del viernes, un día antes de su cumpleaños, Kirchner no ha perdido la felicidad por la votación parlamentaria que aprobó la reforma del Consejo de la Magistratura. Quiere darse todos los gustos en vida y que, encima, sólo lo aplaudan. El es así. Despachados los ruidos y las furias, en la intimidad vuelve a ser un político clásico y cordial.

"No tengo nada personal contra nadie, ni siquiera contra los periodistas más críticos", subraya. "A veces, sólo me divierto", agrega. Hace una aclaración: sí tiene una cuestión personal contra un periodista, porque siente que lo calumnia. Lo nombra. No pertenece a la prensa gráfica diaria ni a los medios audiovisuales.

Se divierte, es cierto. El número de votos con que contaba el oficialismo, antes de la votación, era un secreto similar a una clave nuclear. Ese número no lo tiene nadie, le respondió un kirchnerista a un duhaldista que le preguntó cuántos votos necesitaba el oficialismo. El Presidente iba acumulando votos a diestra y siniestra, pero sólo él llevaba el conteo final. Pocos operadores lo ayudaron; tenían prohibido hablar entre ellos. Sólo en la cima última del vértice cabía toda la información.

La paliza a la oposición fue notable. Algunos radicales, ciertos duhaldistas, varios macristas, algunos aliados de López Murphy, todos terminaron sufragando la victoria presidencial. ¿Tiene toda la razón por eso? Kirchner cree que sí.

Lo que tiene, sin embargo, es una reforma con legítima aprobación parlamentaria. Las mayorías y las minorías son siempre -o pueden serlo- circunstanciales. Importa también el sentido y el contenido de las cuestiones institucionales. Las instituciones han perdido respeto social con el fárrago de los últimos días: ¿por qué no buscó el consenso para un asunto constitucional, como lo es el Consejo de la Magistratura?

Lo busqué. Cristina y Alberto Fernández les ofrecieron a los diputados de Luís Juez que la oposición, y no sólo ellos, propusieran una modificación al artículo sobre las representaciones. La respuesta de la oposición fue que era un ardid nuestro para que el proyecto volviera al Senado y aprobara el proyecto original con los dos tercios. Había mucha desconfianza. La respuesta es de Kirchner.

¿Qué es lo nuevo?

No se ha tocado nada inmaculado: el Consejo de la Magistratura no andaba bien. El Presidente dice que el mejor discurso de la oposición lo pronunció el ex ministro Jorge Reinaldo Vanossi. Vanossi padeció al Consejo, cuando fue ministro de Justicia, en carne propia.

El conflicto consiste, entonces, en qué cambios se hacían y con qué acuerdos debía contarse.

Kirchner quiere un Consejo con mayor representación política y la reforma le da al oficialismo, además, la posibilidad de trabar las destituciones y las designaciones de los jueces. Esta clase de organismos se han creado en otros países precisamente para menguar, o directamente anular, la injerencia del poder político sobre la justicia. El debate se ciñe entonces a si es la política o si son los jueces y abogados los que conducirán la justicia.

Kirchner llama a estos últimos las viejas corporaciones. Se sigue divirtiendo. ¿O lo nuevo son las viejas y más rancias caras del duhaldismo que lo apoyaron?

Hay que escuchar a Kirchner y a López Murphy, por separado desde ya, para advertir que suelen coincidir en más cosas de las que se cree. López Murphy no deja que el rencor enturbie su análisis: Es un potente adversario. No lo voy a subestimar, dice de Kirchner.

El Presidente se inclina ante su adversario: López Murphy es un hombre honesto y el único de la oposición que sabe de qué habla. La definición presidencial es anterior a aquella figura de López Murphy sobre la rendición opositora.

Los duhaldistas se han quedado sin ideas, sin liderazgo y sin expectativas de poder. Duhalde está encerrado en Montevideo, no atiende el teléfono ni lee los diarios. Su abatido estado anímico no ha mejorado desde la derrota de octubre. Los políticos -y menos aún los peronistas- no toleran semejante vacío existencial. El vacío se los llenó Kirchner: algunos duhaldistas serán presidentes de comisiones importantes de la Cámara de Diputados, otros podrán ofrecer obras públicas en sus distritos.

El radicalismo había dado la impresión de una renovación incipiente. El presidente partidario, Roberto Iglesias, y los nuevos líderes parlamentarios son caras nuevas, con discursos más modernos y con trayectorias exitosas en la política.

El radicalismo se encargó de fagocitarlos en poco tiempo. Los gobernadores y los intendentes de ese partido se alejaron de Iglesias. ¿Los seduce Kirchner con sus orondas arcas públicas? Sí. Pero el problema no es sólo Kirchner; se cifra también en los que confunden el dinero con los principios.

Y la convivencia entre López Murphy y Macri se acerca peligrosamente a la imposibilidad. Todo eso explica que el número de votos haya sido un entretenimiento de Kirchner y una ignorancia de la oposición.

Silencio político

Uruguay. Kirchner no habla en público de ese conflicto con el país más cercano a la Argentina. El silencio es político, explica; y agrega: No quiero poner ni una coma más en la tensión que hay, no lo he hecho ni lo haré. Mi vocación es que la Argentina siga siendo solidaria con Uruguay. Es un mandato de la sociedad, además.

¿Quiere o no quiere las fábricas papeleras? Mi posición es no a la contaminación. Punto. Nadie puede negarle a Uruguay una inversión que significa el diez por ciento de su PBI, aclara.

Tiene palabras de comprensión para el gobernador Busti, pero también de diferenciación con él. Yo me opuse a los hielos continentales en la época de Menem, pero fue una oposición solamente institucional. Jamás permití que se cortara en mi provincia una ruta a Chile.

Dio orden de no aceptar la mediación de la OEA, pero no porque no confíe en su secretario general, José Miguel Insulza, una de las cabezas más inteligentes de América latina. La Argentina de Kirchner ayudó a Insulza a llegar a la conducción de la OEA. Cree, simplemente, que la Argentina y Uruguay no necesitan de un tercero. El riesgo es que el tercero termine dándole la razón a uno de los dos y complique la solución. Tenemos que juntarnos argentinos y uruguayos y resolver el problema, deduce.

Uruguay cometió errores y la Argentina cometió el suyo, que es el corte de los puentes, explica. Está convencido de que los asambleístas de Gualeguaychú se han envuelto en una razón épica que los alejó de cualquier noción de sensatez. ¿No puede hacer él una gestión ante los revoltosos? No puedo pedir lo que no me darán, sentencia.

La solución podría estar cerca. Necesito 60 o 90 días de parálisis de las obras y poner las cosas en manos de los mejores técnicos ambientalistas del mundo. Debe encontrarse una fórmula de acuerdo con Uruguay sobre esas líneas. Sesenta días no son nada, trata de convencer. ¿Y Tabaré Vázquez? Tabaré Vázquez sigue siendo mi amigo y no quiero perjudicarlo, responde tajante.

Reconoce que este conflicto se ha convertido en Uruguay en una causa nacional; pondera la voz racional y contemporizadora del ex presidente Julio María Sanguinetti en cada una de sus apariciones públicas y, también, escritas.

Retumban los motores del helicóptero presidencial en la destemplada noche del viernes. ¿Qué hará con las vacantes en la Corte Suprema de Justicia? Responde: Me gustaría dejar la Corte con siete miembros. Nadie pudo explicarme nunca por qué es mejor que haya nueve jueces.

Sabe que hasta las mejores victorias dejan un saldo importante de desgastes y retrocesos. Sabe, en última instancia, que ahora deberá reconstruir la imagen social de una Justicia independiente.

Por Joaquín Morales Solá

LA NACION


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