Muchas veces el ciudadano común se siente inerme frente a los acontecimientos de orden público; a veces también hay indiferencia. Pero, de cuando en cuando se generan casos en que esto cambia. Eso sucede cuando, por algún motivo, un asunto es apropiado directamente por la gente sin mediación de los cuerpos organizados de la sociedad (partidos, gremios). Cuando la cosa —propuesta, controversia, tragedia— pasa a ser sentida por la gente como propia, entonces adquiere un arraigo insospechado.
Actualmente hay dos situaciones que han adquirido esas características: el diferendo con Argentina y lo que en términos generales se podría llamar la inseguridad, tanto en la variable referida al asalto y el hurto como en la referida a la violencia en los lugares de trabajo. Ambas situaciones tienen un elemento común: el rechazo por el pujo prepotente, por la actitud de los que encaran las cosas a los pechazos, despreciando el razonamiento y el derecho y apoyándose en la fuerza como argumento definitivo. Sobre estos dos asuntos, sobre los acontecimientos que en torno a cada uno de ellos se han ido concatenando, se está condensando en la opinión pública un sentimiento colectivo de sana indignación.
El uruguayo es, en mi modesta opinión, un pueblo manso. A veces me inclino por pensar que nos hemos amansado demás. Pero, con toda nuestra mansedumbre a cuestas, mantenemos una espontánea distancia con la prepotencia. Es probable que se trate de algo vinculado con la dignidad. Como se sabe, el sostén de la dignidad, su sistema inmunológico por llamarlo de algún modo, es la indignación. Las dos situaciones referidas han despertado indignación en los uruguayos.
El presidente Vázquez, en su momento, manifestó, mirando hacia la otra orilla, que el gobierno no se va a dejar patotear y el pueblo uruguayo tampoco. Dijo bien y habló por todos. Agrego yo: no se admitirá patoterismo ni en los puentes, ni en la puerta de las fábricas, ni en alguna esquina oscura. Creo que esta extensión del estado de ánimo nacional se ajusta a la realidad. El que le busque cinco pies al gato para desmontar lo que es obvio (además de justo) está haciendo una lectura equivocada de la realidad y corre peligro de quedarse solo. Al efecto conviene leer, con atención y sin prejuicios, el documento preparatorio para el próximo congreso del MPP donde se advierte que por la izquierda infantil y simplista van a movilizarse contra las empresas y contra los sindicatos actuales oponiéndose no sólo al gobierno sino tratando de dividir su base social de apoyo con el resultado de que protestas pretendidamente sociales terminen directamente en lo delictivo.
Como dije más arriba, hay un nivel profundo en el que el ser humano, más allá de diferencias culturales, ideologías o discursos, percibe la diferencia que separa lo que es decente y aceptable de lo que no lo es y, a ese nivel, le nace un ¡basta! Creo que eso, entre otras cosas, nos ayudó en su momento a salir del régimen militarista. Desde aquella época, triste y heroica a la vez, guardo una cita de Vaclav Havel, luchador de la libertad de su pueblo contra la prepotencia extranjera e ideológica y luego gobernante: "hay momentos en que el político puede obtener un éxito real sólo con olvidar toda la red entrelazada de aspectos, análisis y cálculos políticos relativizados, actuando simplemente como un hombre honrado. La súbita aplicación de las medidas humanas directas en medio del mundo deshumanizador de los manejos políticos puede obrar como un rayo que ilumina con su clara luz el paisaje confuso. Y, repentinamente, la verdad vuelve a ser verdad, el juicio, buen juicio, y el honor, nuevamente honor" (carta a A. Dubcek del 9 de agosto de 1969).
El Uruguay está viviendo momentos de ponderaciones éticas, arribando a situaciones donde la conciencia del ciudadano común hace talón sin que nadie se lo indique.