Kinshasa | Daniel Isgleas (Enviado)
Bulevar Lumumba, barrio de Gombe. En una esquina, poco antes de las 9 de la mañana de un día cualquiera, la cara de Africa se muestra, descarnada, en un niño de no más de 6 años que saluda con una mano a las tropas y extiende la otra con la palma hacia arriba pidiendo algo. "D’argent!...d’argent., biscuits, biscuits" (dinero, bizcochos).
Incontable cantidad de niños, mujeres y hombres se aproximan al convoy de la ONU que circula por la zona roja de Kinshasa, en LA patrulla de rutina, no exenta de riesgo, por cierto, en la que participa este enviado.
La patrulla (soldados del Ejército uruguayo y dos camionetas artilladas de la UPI, las unidades de la bisoña policía local) transita todas las mañanas y las noches por determinadas zonas de esta convulsionada y ecléctica capital, modelo de una típica sociedad africana, con más de 10 millones de habitantes.
El camión blanco identificado con las letras UN impone respeto por sí mismo. Pero además, porque circulan junto a él dos vehículos Cóndor, blindados y fuertemente artillados que intimidan a la población, que está cada vez más habituada —aunque no lo quiera— a su presencia.
"Io, io, io, attention, no photos!", advierte en francés un hombre enojadísimo con la presencia de las cámaras de televisión y los equipos fotográficos, en una demanda que no necesita traducción; uno siempre entiende cuando no es bienvenido.
La salida de la base del Batallón Uruguay IV llevó al convoy con rumbo norte y luego de media hora de trayecto, las caras se empezaron a poner más serias, los rostros se volvieron más adustos, casi trasmitían agresividad. "Cuando yo diga, bajen las cámaras enseguida", advierte el coronel Roberto Molina, jefe de Relaciones Públicas del Ejército. Esa orden sólo sería dada cuando la situación pasara a máximo cuidado. Pero el convoy se abre paso a sirena limpia cuando se traba por uno de los frecuentes embotellamientos del Bulevar Lumumba, una de las pocas vías de tránsito pavimentadas de la ciudad.
UN DOLAR PARA VIVIR. La multitud pronto empieza a cambiar a hormiguero a medida que la patrulla avanza hacia la zona del Aeropuerto N’Djili, la zona más complicada, según los soldados que nos escoltan con sus poderosas ametralladoras de pie. La .50 impresiona con sólo verla. Sus balas tienen el tamaño de un habano.
Por nuestro costado cruzan raudamente los "carrinhos", como le llaman los soldados uruguayos a las camionetas que ofician de taxis o microbuses, y que llevan a los guardas en los estribos del lado de afuera del vehículo. También es un impacto ver como circulan por la estrecha avenida y la gente trepa y sale de ellos después de pagar 150 francos congoleses (unos 7 pesos uruguayos) el pasaje, y como no se les cae ningún pasajero de los que viajan colgados cuando la capacidad no da más.
Como en muchas cosas, el estilo de vida de los congoleños es muy singular, por llamarle de alguna forma. Su conformación social no tiene prácticamente estratos. La división es bien clara: muy pocos tienen mucho y el resto no tiene nada. Y en esta ciudad, los que no tienen nada son millones. La mayoría trabaja por el equivalente a un dólar al día, unos 430 francos locales. Con eso viven, muy justos, pero viven. Los policías ganan el equivalente a U$S 15 por mes, por lo cual es entendible cuando vemos una corrupción manifiesta en las esquinas, donde los propios uniformados pasan la mano a los conductores. Como no existen los semáforos, el tránsito se ordena (es un decir) gracias a los varitas. Pero son pocos y están en cruces muy distantes uno de otro, lo que hace que los embotellamientos sean realmente grandes.
No hay casi sindicalización, por lo cual cada uno defiende la suya y trabaja de lo que puede. Por eso, el que tiene un vehículo, aunque sea lo más destartalado del mundo, sale de mañana a hacer su jornal llevando y trayendo gente. Necesita un amigo o socio, claro, para que haga de guarda. Cualquiera trabaja en ese negocio cuando quiere, las horas que quiere y cobra lo que quiere. Pero como la mayoría cobra 150 francos congoleses el viaje, el que se aviva, no junta gente. Taxis no hay, por lo que miles de personas van al centro por las mañanas a pie. Algunos caminan 10 o 15 kilómetros con enormes pesos en la cabeza. Por ejemplo, transportando cerveza artesanal en barriles de plástico que venden al llegar a destino. Son como mulas humanas. Una mujer que hablaba en swahili, comentó a este enviado —a través de Bienvenido, el traductor de la ONU— que no tiene problemas para ganarse la diaria de esta forma. Pero dijo que espera que las cercanas elecciones nacionales traigan una mejora a la situación general. Lo que gana comprando la cerveza artesanal, trasladándola y vendiéndola, es el equivalente a U$S 3, lo que le alcanza "más o menos" para mantener a su familia. Probablemente su compañero no trabaje, ya que la sociedad congoleña es tan machista que quienes hacen el trabajo fuerte y sufrido son las mujeres. En Bukavu un poblador local me explicó que el hombre en la estructura local es quien está preparado para la guerra. Y a eso dedica su vida.
Otros trabajan picando piedras. Aquí el pedregullo se hace a mano, a martillazo limpio, agachando el lomo contra el piso. Ganan aproximadamente un dólar al día.
MILLONARIO. Bienvenido, el traductor, es un ejemplo claro de quién provee el dinero aquí. La ONU gasta U$S 2 millones por día en mantener a esta fuerza militar y civil de casi 21.000 personas. Y a los traductores los tiene en una escala internacional. Este hombre que habla no sólo francés sino que permite comunicarse con quienes hablan los dialectos lingala y swahili, que son los más difundidos, tiene un salario de U$S 700 al mes. Mucho dinero.
La mayor parte de la población no quiere a la ONU aquí, no quiere los patrullajes y tampoco la exhibición de armamento sofisticado.
Pero hay progresos que se constatan en los últimos meses, como la proliferación de automóviles medianamente modernos, casi lujosos. Y la mediana organización que se vive en el aeropuerto internacional, que ahora recibe algunos vuelos comerciales. O incluso el nivel internacional del Grand Hotel, el único cinco estrellas de la ciudad, con casino.
Las cosas parecen ir mejorando a paso lento. Eso sí, más despacio que lo que pide la comunidad internacional y la propia organización de países.
La tradición de la dote
El congoleño medio es una persona alegre. Y el hombre local no ha dejado de cumplir con una tradición ancestral que viene de lo más recóndito del tiempo: pagar una dote para desposar a una mujer.
A pesar de la pobreza general, el rito persiste. Muchos piden dinero prestado para reunir los U$S 1.000 que en promedio deben pagar a una familia para llevarse a una de sus hijas. Pero además hay que entregar animales (cabras, por ejemplo), y proveer de ropa para padre y madre de la novia, comprar la cerveza, entre otros rubros.
Y la mujer es preparada para vivir esa etapa por su propia madre. Lo normal es que las familias tengan entre seis y siete hijos. Y eso es un montón de cerveza que se suma a una dote de los ya inalcanzables mil dólares.