Pensador inquietante

Rubio, con gruesos anteojos, con un ojo desviado y un metro cincuenta y siete de estatura, Jean- Paul Sartre entró en la historia del siglo XX haciendo gala de su vigor dialéctico y su inteligencia. En los años 1940/42 era una personalidad muy conocida; tras la Segunda Guerra, su obra alcanzó difusión y su filosofía llegó a situarle como el representante del existencialismo.

En conmemoración del centenario del intelectual francés se publicó el año pasado, aunque recién está llegando a nosotros, el libro titulado "Jean-Paul Sartre" (Anagrama/Gussi). Su autora es Annie Cohen-Solal, a quien debemos una monumental y totalizadora biografía de Sartre, publicada en 1985. Sin duda, Cohen-Solal (a quien oportunamente entrevistamos a propósito de la obra del escritor y filósofo francés) nos acerca, ahora, una visión diferente: habla sobre la mecánica intelectual del autor francés, revelando las líneas fundamentales de su pensamiento: su sensibilidad particular, su pasión por lo moderno, su desdén por lo arcaico, su condición de contestatario ante cualquier forma de poder, al punto de haber rechazado la Legión de Honor y el Premio Nobel de Literatura.

Educado en la biblioteca de su abuelo, Sartre (nacido el 21 de junio de 1905) siguió luego sus estudios en el liceo Henri IV. En 1924 ingresó en la "Ecole Normale Supérieure; conoció allí a Raymond Aron. Y también a Simone de Beauvoir, quien sería su eterna compañera. Constituyeron una mítica pareja que, desde 1929 a 1980, recorrió incansablemente el espacio y el tiempo. Los vinculaba la complicidad afectiva, política, así como una manera especial de equilibrio en sus relaciones. Naturalmente, la realidad era más compleja, como ha revelado la correspondencia que ahora se conoce de ambos.

En el siglo XX, un siglo de esperanzas, de utopías, de ofuscamientos, la figura de Sartre cosechó fervores y repudios, a través de una obra embebida en el pensamiento de Gide, de Céline, de Hegel y Nietzsche, y cuyo resultado fue el tumulto de ideas de "un hombrecito que quiso poseer el mundo". Y es que Sartre supo articular saberes parciales en un saber global. En este sentido, es un personaje inclasificable en las categorías francesas tradicionales, porque desconciertan tanto sus cambios de posición como sus caprichos y contradicciones. Sus actitudes lo convirtieron en un ciudadano contra el Estado, en un transgresor permanente ante todos los tabúes. Diríase que, antes que una doctrina o una obra, fue un modelo.

Un examen de sus obras, acaso permite comprender por qué fueron tan difíciles las relaciones de Sartre con los intelectuales de su propio país, así como la diferente recepción sartreana en Francia. Y es que debemos recordar que Sartre tomó, de los Estados Unidos, el aparato modernista del cine, de la novela americana y el jazz, y de Alemania tomó la herramienta de la fenomenología, lo que le permitió pensar con categorías menos rígidas que las del pensamiento francés. Con esas herramientas edificó su sistema de ideas.

Aquel padre con descendencia sólo literaria, que sólo interrogó el porvenir, fue quizá un solitario y aislado anarquista y, al decir de la autora de este libro, un pensador escandaloso, inclasificable y perturbador. De la misma manera que para otros fue una especie de brújula.

Desde el 15 de abril de 1980, descansa en el cementerio de Montparnasse, no lejos de Baudelaire. Cuando lo enterraron, una vieja amiga suya, para la que él escribió canciones, comentó: "Un hombre joven ha muerto". Era Juliette Gréco; tal vez haya sido el mejor cumplido.

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