Veintiún años ha —uno más que en la segunda peripecia de Atos, Portos, Aramís y D’Artagnan—ingresé al Senado, en su sesión preparatoria del 14 de febrero de 1985. El Parlamento volvía a funcionar y el ambiente, lógicamente era de alborozo. Libremente electos por el pueblo, varios de los colegas volvían a las hermosas funciones de que habían sido privados por la execrable dictadura el 27 de junio de 1973. Varios de ellos, como don Carlos Cigliuti y Carminillo Mederos, no disimulaban su emoción ni su regocijo.
Justo es recordarlos. El veterano Luis Hierro Gambardella, caballeresco y cortés, de sólida cultura, con su pasión política atemperada por el paso y el peso de los años, estilaba intervenciones breves y constructivas. Eduardo Paz Aguirre —Lalo—, simpático y de clara inteligencia, no ocultaba cierta arrogancia, que parecía un atributo natural de su vigorosa personalidad. Dardo Ortiz, atildado como un lord inglés, era en todo un maestro a quien siempre recuerdo con genuina admiración. Carlos Julio Pereyra, aureolado por haber acompañado a Wilson en la fórmula presidencial de 1971 y por su inquebrantable lucha contra la dictadura, acostumbraba intervenciones de corte politizado, que eran escuchadas con singular respeto. Francisco Rodríguez Camusso —don Pancho— de modales señoriales y de oratoria estupenda, destellaba por la fuerza de su dialéctica y por su voz insuperable. Era un parlamentario nato, temible en todo debate. Réstanme los ya mencionados Carlos W. Cigliuti, a quien apodaban Chilín, culto y lúcido, presto siempre para defender al gobierno de su partido con inocultable pasión y no menor energía. Lo recuerdo con sincero aprecio.
Al igual que a Carminillo Mederos, disminuido físicamente por una hemiplejia de tres lustros atrás, querido y respetado por todos. Hombre de muy firmes principios, sus esporádicas intervenciones, en las que lucía su voz vigorosa y su ademán enérgico, imponían el silencio. Nadie le salía al cruce.
Debutantes en el Senado, pero con anterior trayectoria parlamentaria, otros colegas lucían sus condiciones. Guillermo García Costa —el querido Polilla— exhibía su formación jurídica y su costumbre de polemista político, dado a razonar por el absurdo para descolocar al adversario, así como a manejar filosa ironía. Hugo Batalla, a quien ya conocía, querido por todos, de sonrisa fácil y que incursionaba solvente en todos los temas. Enrique Martínez Moreno, aquejado del mal de Parkinson, que no alcanzaba a ocultar su talento vigoroso y su proverbial hombría de bien.
Uruguay Tourné, laborioso e inclinado a la controversia política, cuya condición de abogado le facilitaba la participación en todos los asuntos. Pedro W. Cersósimo, trabajador infatigable, de sólida formación jurídica y envidiable sentido del humor, con quien trabé en la Comisión de Constitución duradera amistad y con cuyas anécdotas podría hacer un libro.
José Pedro Cardoso, nonagenario a quien a poco andar sustituyó el hoy notorio señor Gargano —irritado e irritable— todo un respetable señor de otros tiempos. Y, con la mitad de su edad Luis Alberto Lacalle, dado a las intervenciones puntuales que gustaban a su ilustre abuelo, Luis Alberto de Herrera, cuyo claro talento y cuyo olfato político no desentonaban en aquel Senado desde el que se catapultó a una brillante presidencia de la República.
Y no olvido a Francisco Mario Ubillos, sordo y agobiado por el peso de los años, que no le impedían cumplir con los deberes del cargo. Tampoco a mi amigo Américo Ricaldoni, de innegable vocación para la función legislativa. Ni, por supuesto, a Enrique Tarigo, nuestro enérgico presidente, y a Jorge Batlle, sobre cuyas conocidas virtudes —este último siempre me distinguió con su amistad y sus exagerados elogios— y sus defectos, de sobra conocidos, no me voy a extender. Tampoco sobre la personalidad de Alberto Zumarán, de inteligencia notoria, a quien todos apreciaban y respetaban. Y que me perdonen los demás, Juan Martín Posadas entre ellos, pero se me terminó el espacio.