La argentina Liliana Herrero actúa esta noche dentro del marco del Festival del Décimo Aniversario de Medio y Medio (Club de Jazz y restaurante) en Playa Portezuelo —Punta Ballena— a las 22.30 horas.
No es la primera vez que esta notable intérprete se presenta en Uruguay. Ya, el mismo local había albergado la muestra viva de su producción junto a Juan Falú y posteriormente en el invierno siguiente al verano 2004 se habían presentado con el concurso entre otros de los Fattoruso y Fernando Cabrera en la Sala Zitarrosa. Es claro que una artista que genera ese tipo de adhesiones debe tener para ofrecer algo que la distingue y eleva por sobre la línea media de sus colegas. Y esto es así porque Liliana Herrero ha logrado transformarse en un referente a la hora de ofrecer un trabajo depurado, una verdadera reelaboración del material original que se transforma por su talento en algo nuevo y único.
TRAYECTORIA. Nacida en Villaguay, Entre Ríos, vivió durante mucho tiempo en Rosario, navegando entre sus dos pasiones: la música y la filosofía. Por recomendación de su amigo Fito Páez, cuando se afincó en Buenos Aires retomó su carrera con el canto, algo que no hacía desde los años 60 cuando estaba integrada al grupo vocal Contracanto. Y esa carrera no se detuvo. Hasta ahora, son sonoros testimonios de la misma sus ocho álbumes, de los cuales, se sigue señalando al Liliana Herrero de 1987 como uno de los más logrados y en el que combina las zambas con sintetizadores y las secuencias con vidalas.
También debe señalarse a El otro, Leguizamón-Castilla (2000) que realizara junto a Juan Falú y que representa otro extremo de la misma búsqueda, en una propuesta austera que busca el destaque del repertorio del notable músico salteño y el poeta Manuel Castilla.
Esta actitud en cierto modo revisionista le ha costado a Liliana no pocas incomprensiones. Aunque ha paseado por Brasil, Francia e Inglaterra lo más selecto de autores fundamentales como Gustavo "Cuchi" Leguizamón, Atahualpa Yupanqui y las recopilaciones de Leda Valladares, no es del todo aceptada por los "folkloristas" a ultranza. Nunca es invitada a participar de los tradicionales festivales veraniegos y es más habitual verla compartir el escenario con músicos de jazz y de rock. Esto también es válido para sus discos donde aparecen artistas como Fito Páez, Luis Alberto Spinetta u Horacio Fontova, al igual que en sus recitales donde Leguizamón, Dávalos y Almedra se codean con Eduardo Mateo.
Pero si algo queda claro en la actitud de Liliana Herrero es que lo suyo jamás será posible clasificarlo como fusión. Puesto que no niega la existencia de diversidades musicales sino que las visualiza como caminos paralelos, está más interesada en plantear la tensión y el choque entre lenguajes. Eso hace que cada tema reciba una interpretación muy diferente de la canónica adquiriendo una vida distinta y una connotación inesperada.
Quienes la han escuchado afirman que basta unas pocas estrofas para recordar su voz. La Herrero desarma al oyente con su timbre grave y rasposo, su entonación simple y seca. Esa voz de enorme dramatismo parece hecha a la medida para expresar la añoranza de lo perdido. Pero en ese sentido Herrero no deja de formar parte de una larga serie de expresivas y lacerantes voces femeninas dentro de las que podrían contarse Billie Holliday, Elis Regina o Janis Joplin, por sólo dar algunos muy claros ejemplos.
Esa voz será la que esta noche en Portezuelo convoque los duendes de un género que ella también contribuye en mantener vigente, a pesar, o tal vez por ello de los que prefieren los signos exteriores de una creación al profundo significado de la idea que logra plasmar en una frase cientos de historias de amores y desamores, de luchas y fracasos y eso no es poco.