En compañía de la inspiración musical

CRITICA | FABIAN MURO

"Fui perdiendo mis miedos en el escenario, como si fueran unas frutas que maduraron y se cayeron del árbol", decía Juana Molina unos días antes de su concierto en Montevideo, realizado el pasado jueves.

Y al mismo tiempo que perdió sus miedos, también perdió a los músicos que casi siempre la acompañaron en vivo, como Fernando Kabusacki, Alejandro Franov o Ezequiel Borra. Hoy, Molina se para solita en el escenario con su guitarra acústica y sus aparatos electrónicos. Y sin otra compañía que la inspiración y el oficio, la cantante luce más segura y, también, plena.

Como casi siempre, Molina inició su concierto con Martín Fierro, la letra de José Hernández que la cantante musicalizó para el disco Segundo. De por sí una canción con arreglos extraños y sinuosas líneas de sintetizador, la cantautora le dio una nueva vuelta de tuerca con sus secuenciadores y demás artefactos digitales, llevándola a un desafiante cuadro sonoro y melódico, parecido y diferente a la vez de su versión original. Las sutiles —a veces no tanto—variaciones a los arreglos de las canciones ya editadas caracterizaron el enfoque de Molina para este recital. Eran las mismas composiciones, pero en el escenario de la Zitarrosa cobraban significados diferentes y daban lugar a nuevas asociaciones, demostrando que Molina no ha agotado las posibilidades que su muy personal estilo entraña.

Con una actitud que prescindía de las palabras durante la primera mitad de un concierto que duró poco más de una hora, Molina fue construyendo un clima de intensidad e intimidad con el público. Con apenas unos "muchas gracias" intercalados en escasas ocasiones, la cantante unía sus temas como una DJ, apoyada por los samplers y teclados y su cada vez más confiada e imaginativa guitarra.

Pero no es solo en su instrumento que la argentina aparece como en un nivel más alto. También su voz sonó más abarcadora, con más matices y posibilidades. Como en El perro, esa graciosa queja por los molestos ladridos del can de un vecino. Hacia el final del tema, cuando Molina ya había construido una envolvente e hipnótica masa sonora a punto de derramarse, el perro se mete en la canción y la cierra con unos ladridos tan potentes y agudos como musicales. Las dos canciones que aún no han sido editadas en disco y que Molina tocó durante el concierto —Un beso llega y La verdad— se funden con naturalidad en el repertorio de la compositora, pero también demuestran que ésta ha encontrado nuevas direcciones para explorar.

Hacia el final del recital, cuando Molina se permitía intercambiar chistes con la gente, el entusiasmo de la platea se palpaba en cada acorde o cada capa de voz que la argentina grababa en vivo y ponía en infinita repetición, como un orgánico "remix", realizado en el acto y ante la vista y el oído de todos. Con un único bis —una destellante y vivaz versión de Sálvese quien pueda, tal vez la canción más conocida del disco Tres cosas— Molina se despidió de la Zitarrosa parada en el escenario y dejándose cobijar por los aplausos del público.

JUANA MOLINA

Sala. Sala Zitarrosa

Fecha. 17 de noviembre

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