Hace poco tiempo, asistimos a una magnífica conferencia del Profesor Cr. Ricardo Pascale, sobre la moderna economía del conocimiento. Recordaba en ella que el economista austríaco Joseph Schumpeter exponía hace más de 80 años un concepto revolucionario para su época, dinámico y razonador y lo llamaba precisamente "el empresario innovador". Sus características: fabricar un bien nuevo y no conocido entre los consumidores, nuevas técnicas de producción, conquista de un nuevo mercado y de una nueva fuente de materia prima y una nueva organización económica de la producción. También fijaba el concepto de "creación destructiva" una figura que se refería a una innovación que mejora la anterior.
Desde entonces, distintos economistas han destacado el conocimiento como factor de crecimiento, sobre la vieja trilogía del capital, el trabajo y los recursos naturales. En 1990 participamos de un simposio en Buenos Aires donde Peter Drucker, también austríaco, manifestó, ante el asombro de la concurrencia: "desde ahora solo podrán competir ustedes con el mundo en cuatro factores: calidad, productividad, tiempo e innovación". "Ya no será competitiva la agricultura primaria". "Se requiere la educación básica en las nuevas tecnologías". "Capital, suelo u mano de obra en muy poco tiempo, no serán recursos esenciales de la economía, sino el conocimiento". Y recordaba que ya Juan Bautista Say se había referido a un productor dinámico y cambiante según las circunstancias, al que denominaba "entrepreneur".
Estamos —aunque no todos lo aprecien— frente a un poscapitalismo y a un trabajador del conocimiento. El economista de EE.UU. Robert Solow obtuvo el Premio Nobel en 1987 "por sus avances de la tecnología en el mundo contemporáneo", y por sus enfoques dinámicos. Solow, como Lester Thurow, Michael Porter y muchos economistas de fines del siglo XX, ubican el conocimiento como factor de crecimiento económico, más que el capital, el trabajo y los recursos naturales.
Estamos frente a una nueva revolución económica, que enfatiza un sector cuaternario en todos los aspectos, incluso en la educación. El profesional que cuelga su título queda anticuado. Debe estar permanentemente actualizando sus conocimientos con posgrados e investigaciones. Y el empresario que se confía en su experiencia solamente, y no aprecia los cambios que se suceden con tremenda rapidez en todo el mundo, pierde su grado de competitividad. Hoy se requieren empresarios audaces, constantes, responsables, que sepan aprender de sus errores, que sepan correr riesgos, que asuman sus fallas y no las atribuyan a otras circunstancias, sin quejas que de poco sirven. Un investigador que sepa superarse y anticipar a su competidor, que esté informado (dicen los japoneses "que ahogue la información").
El viejo y acuñado entre nosotros "M’hijo el dotor" debe superarse por "M’hijo el emprendedor". Es que el futuro ya esta aquí y es la biotecnología, la informática, la electrónica, la logística, los "clusters", la reingeniería, la creatividad y la innovación. Y si no hacemos algo rápidamente quedaremos estancados y achacando la pérdida de competitividad al "atraso cambiario" y a otras causas diversas. Naturalmente que en esto hay también una gran cuota de responsabilidad del Estado que poco hace al respecto. Y todo eso, solo se puede lograr en un ambiente de armonía y cooperación entre el Estado, el empresario y el trabajador. En ello confiamos para el progreso de nuestro país.