Muchos uruguayos han recibido, aplaudido o deplorado según sea el caso, el triunfo electoral del Frente Amplio dando por bueno un mismo presupuesto. ¿Cuál es ese presupuesto? Que tiene caracteres de frontera, un corte que marca un antes y un después. Hace meses que me sorprende —desde el día de las elecciones o desde la transmisión de mando— que ningún dirigente político, ni periodista ni académico haya tocado el tema de la reverencia y aceptación que en nuestro país se le rinde a los cortes; al concepto de corte, de empezar de cero, de validar lo nuevo que se promete mediante la abjuración, el abandono (cuando no la irrisión) de lo anterior.
Para ir aclarando los conceptos echemos una mirada sobre nuestro pasado inmediato. Aquel fue un tiempo en el que prevaleció la convicción de un derrumbe, de un final, y el designio de establecer un nuevo origen. La noción de antes y de después impregnaba todo; el corte, la sustitución, el descarte y el reimplante. ¿Le suena?
Los protagonistas principales, de uno y otro lado, se movían entonces sobre un presupuesto común: el Uruguay no daba para más, había llegado a su fin, y debería ser sustituido por otra cosa. El Uruguay, el que efectivamente existía, el que habitábamos todos en aquel momento, estaba liquidado, terminado, sin arreglo posible. En consecuencia, había que deshacerse de él para instaurar otra cosa en su lugar. Por supuesto, también había dos proyectos contrapuestos en referencia a lo que habría que fundar en lugar de ese Uruguay descartable y descartado. Pero, más allá de la discusión sobre los contenidos y la valoración de esos discursos, la idea de discontinuidad subyace en ambas propuestas. Discontinuidad a veces concebida como inevitable y otras veces procurada deliberadamente. Este modo de pensar, prevalente en el 73, reconoce parentezco con un tipo de enfoque antiguo y recurrente a través de toda la historia patria. Creo que él constituye una de las debilidades congénitas del Uruguay. La idea de re-fundación se ha colado, en mayor o menor grado, en todas nuestras controversias de fondo. En las elecciones pasadas ese viejo vicio, vestido con discurso nuevo e ideologizado, atrajo a muchos.
En un país como el nuestro, donde las organizaciones políticas son estables y no creaciones coyunturales, los partidos han de abrazar su posición como elementos importantes del sentido de continuidad nacional. Los partidos históricos uruguayos, tan antiguos como la propia nacionalidad (o más antiguos aun), son los que, por su propia trayectoria y longevidad, tienen lo que hace falta para mantener el sentido de continuidad; han acumulado un enorme bagaje de interpretación del ser nacional.
La función pedagógica de los partidos frente a la ciudadanía consiste, entre otras cosas, en mantener un debate y una acción política que preserven un sentido de continuidad. Una nación es una acumulación histórica, un humus ancestral, propicio para ciertas cosas y reacio para otras. Sin percepción de continuidad no hay sentido nacional. Los problemas nacionales desvinculados de sus antecedentes se convierten en acertijos o en un juego de recetas. En el Uruguay, como en cualquier país del mundo, lo que pasó ayer dejó consecuencias (buenas y/o malas). Parte de la situación actual proviene y se explica por decisiones del pasado. No es posible saltar fuera de la historia. Si queremos transformar algo, mejorarlo o cambiarlo, sólo será posible con dos condiciones: conocimiento de lo que existe y cabal interpretación de las razones por las cuales llegó a ser lo que hoy es.
El futuro del país, el futuro sano, el futuro posible, no puede ser un invento sino un crecimiento. No nace del desprecio por lo que había sino del afecto y el aprecio; dolorido, sí, por las caídas y las carencias, pero afecto al fin.