Elevar el debate

Pareciera que lo importante en el Uruguay son solo dos cuestiones, los desaparecidos y las plantas de celulosa. Estas problemáticas con enredos propios, y sus particularidades ocupan monopólicamente la atención pública, gubernamental e informativa.

De lo único que se habla es de lo que dice determinado antropólogo, los atrevimientos del gobernador Busti, de resultados de excavaciones, de reprimendas a militares y todos somos especialistas foresto-ambientales, como si el grueso de los problemas del país se resolvieran cuando se inauguren las fábricas de Botnia y ENCE o aparezcan los restos de alguna víctima de la dictadura militar.

Es obsesiva la costumbre uruguaya de aburrir con los temas; ayer fue el contrabando, el impuesto a la renta, las empresas públicas, los piquetes del Panes, los meganegocios con Venezuela o los depósitos en las Islas Caimán, y si bien nadie desconoce la importancia que implica la resolución de cualquiera de estos tópicos, es también indudable que ninguno, por sí solo, resuelve los mismos problemas que seguimos teniendo tras casi medio siglo de diagnósticos, desde que Wilson creó la CIDE.

Obviamente seguimos careciendo de una Agenda Nacional, una hoja de ruta que enmarque cuáles son las prioridades nacionales que acompañen al Uruguay en su tan ansiada salida, al punto que aplaudimos a los que desde afuera, desde España, Brasil o Finlandia lo hacen y apuestan por nosotros para su propio beneficio.

Nadie habla del futuro del stock ganadero, de cómo vamos a hacer frente a nuestros compromisos internacionales dentro de un par de años cuando nos demos cuenta la cantidad de vientres que faenamos y el poco volumen de nuestras carcasas. No se discute la potencialidad minera que es evidente que existe en el este del país, menos del aprovechamiento de nuestro mar territorial y toda la cadena que puede surgir con un sector pesquero desarrollado.

Del software vemos cómo se siguen instalando multinacionales para producir con intelecto uruguayo, de la expansión agrícola vemos cargar las toneladas de soja a granel del Puerto de Nueva Palmira sin que a nadie se le ocurra promover la industria aceitera; de política exterior ni hablemos ahora que miramos al Mercosur de reojo y no tenemos una visión clara de hacia dónde debemos ir, y así con todo, siempre al golpe del balde, sin tener un mínimo y elemental sentido de lo que tiene que ser una nación con rumbo, con norte y sin esos sacramentos tan uruguayos que son la improvisación y la dependencia de algún iluminado del exterior.

Increíblemente, tenemos la capacidad intacta como para encontrar un camino, todo el territorio nacional está naturalmente regionalizado con el milagro de tener un cluster natural, que separa nítidamente las zonas socioeconómicas, lo que facilita enormemente la búsqueda de soluciones particulares.

De esta forma y con un poquito de cabeza optimizaríamos las zonas de invernada, las zonas de cría, la cuenca agrícola, el área lechera, el territorio de montes forestales, el cinturón industrial, las puntos logísticos estratégicos, el desarrollo portuario, el futuro minero, los centros de investigación y tantas otras alternativas que siguen latentes, esperando encontrar el liderazgo intelectual que le pueda sacar frutos y así expulsar definitivamente al Uruguay de su endémica crisis.

Es hora de elevar el debate, de distinguir lo fundamental de lo accesorio, mirando para adelante y no tanto para atrás, que no hay mérito mejor que ser protagonista de la mayor de todas las revoluciones que es la del cambio de mentalidad.

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