CRITICA | GUILLERMO ZAPIOLA
En alguna entrevista televisiva, el director Ron Howard ha dicho que le gustaría que alguna vez alguien saliera de ver una película suya y dijera que había visto una película de Ron Howard, pero que ello nunca ocurre. Es curioso (o tal vez no lo sea tanto), pero es verdad. Howard ha realizado películas sumamente populares, desde Splash a Apolo XIII y desde Willow a Una mente brillante, pero poca gente recuerda su nombre. Se recuerda acaso el tema, los actores (allá Daryl Hannah haciendo de sirena, más acá Tom Hanks vestido de astronauta, o Russell Crowe como matemático esquizofrénico), pero, ¿quién dirigió la película?
La causa puede estar en cierta impersonalidad, un mezcla de eclecticismo, buen oficio y no demasiadas ideas propias que caracterizan al cine de Howard. Es lo que se suele calificar (o descalificar) como "un buen artesano", que está a la altura de los libretos que le proporcionan pero no por encima de ellos. Narra con solvencia, pero muy frecuentemente puede pensarse que no le importa demasiado lo que está contando. Podría igualmente ser esto que aquello otro.
Algo de eso ocurre con El luchador, una película que en el futuro se va a recordar como "aquella que transcurría en los años treinta, con Russell Crowe haciendo de boxeador y en la que Renee Zellweger era la esposa", y probablemente después venga la pregunta;: ¿quién la dirigía? Puede ser una injusticia, porque Howard no hace mal las cosas.
De acuerdo, el libreto se basa en hechos reales, pero se trata de hechos reales filtrados por Hollywood. O al menos es lo que parece cuando uno ve la película. La vida pública del protagonista Jim Braddock (Crowe) es bastante pública, y seguramente en ese plano los guionistas Hollingworth y Goldsman no inventan demasiado: los viejos aficionados al boxeo y otra gente conocedora del tema saben ya cómo terminó el enfrentamiento a quince rounds de Braddock contra el peso pesadísimo Max Baer. Es posible que inventen más en lo que tiene que ver con su vida privada (Hollywood suele hacerlo, y en particular Howard y Goldsman ya lo hicieron con John Nash en Una mente brillante), pero eso era de esperar y no hay problema.
De hecho, hay un solo problema (la cuota de convencionalismo del libreto), o en todo caso ese y un poco más (las pinceladas de emotividad que se acentúan al final). Pero por otra parte el film cumple, ampliamente, con las expectativas de un drama de época ambientado con precisión (la recreación de los tiempos de la Gran Depresión es excelente), bien actuado, con algunas secuencias de boxeo rodadas con un dinamismo y una brutal efectividad que remiten a El toro salvaje u otros clásicos del género.
Puede decirse que la realidad copia al arte (aunque en el caso se precisaría la máquina del tiempo de Wells), y que esta historia real es Rocky, pero hay también ventajas comparativas: Russell Crowe es mucho más interesante en pantalla que Sylvester Stallone, Zellweger funciona adecuadamente como contrapartida o complemento, Paul Giamatti (el de Esplendor americano y Entre copas) sigue teniendo lo suyo. No se equivoca el crítico norteamericano que la definió como "una muy buena película de boxeo", aunque luego rezongara preguntando quién necesita otra película sobre boxeo. En definitiva, esto último es su problema, y no de la película.
EL LUCHADOR
Cinderella Man
Director. Ron Howard.
Libreto. Cliff Hollingsworth, Akiva Goldsman, sobre historia del primero.
Fotografía. Salvatore Totino.
Música. Thomas Newman.
Montaje. Daniel P. Hanley, Mike Hill.
Diseño de producción. Wynn Thomas.
Productores. Brian Grazer, Ron Howard, Penny Marshall.
Elenco. Russell Crowe, Renee Zellweger, Paul Giamatti, Craig Bierko, Paddy Considine, Bruce McGill, David Huband, Connor Price, Ariel Waller.
Estados Unidos 2005.