Tentáculos del arte

Jorge Abbondanza

La globalización no perdona. Durante los roaring twenties, cuando los uruguayos ganaban campeonatos mundiales, no había más remedio que caminar hasta la sede montevideana de algún diario y esperar allí a que colgaran en la fachada un pizarrón con los resultados del último partido. Ochenta años después, y sin moverse de su domicilio, cualquier mortal puede conseguir en internet más datos de los que contienen muchas enciclopedias —incluídos los resultados mundiales del fútbol al minuto— y también puede ver por su pantalla de televisión lo que está ocurriendo en las antípodas en ese mismo instante. Nadie puede quedar al margen de semejante vértigo, de manera que hasta los museos de arte han decidido ramificarse como pide la modernidad.

Ni el Louvre se salva del sacudón, porque ya inauguró alguna sucursal provinciana, pero quien lleva la batuta en esos operativos de expansión es el Guggenheim. En efecto: respaldado por los millones que el magnate Solomon R. Guggenheim dejó a la posteridad con tales fines, la Fundación que lleva su nombre erigió en la meoyorquina Quinta Avenida, al borde del Central Park, el famoso edificio diseñado por Frank Lloyd Wright en forma de enorme caracol, por cuya rampa interior puede circularse para ver las colecciones que logró reunir esa opulenta familia de amateurs. Pero los Guggenheim se movían a toda máquina y así uno de ellos (la audaz y mundana Peggy) acumulaba en su palacio veneciano otra colección particular donde resplandecían los nombres de los maestros de la pintura contemporánea. Después de la muerte de esa mecenas, sus obras de arte han quedado colgadas en los mismos muros que ella alborotaba con sus fiestas y así el sitio se ha convertido en el segundo Guggenheim del mundo.

El tercero es el de Bilbao, diseñado por el arquitecto norteamericano Frank Gehry como si fuera un monumental juguete de papel plateado. Pero ahora se acerca el cuarto museo, que según dicen podrá agregarse dentro de cinco años a la cadena Guggenheim. Se trata del proyectado para levantarse en la ciudad mexicana de Guadalajara, cuyo concurso de ideas fue ganado por el arquitecto Enrique Norten, un talento mexicano de 51 años que superó así las otras dos propuestas presentadas a esa convocatoria, la del francés Jean Nouvel y la de un par de norteamericanas: Hani Reashid y Anne Couture. Lo que diseñó Norten es una torre de 180 metros de altura "que parecerá estar suspendida en el aire e impondrá la novedad de su construcción vertical en una ciudad como Guadalajara, extendida de manera horizontal".

Con un presupuesto de 150 millones de dólares, ese primer asesntamiento latinoamericano del Guggenheim comenzará a edificarse en 2006 y podrá estar terminado en 2010, enriqueciendo así el circuito cultural de la capital del estado de Jalisco. Con este proyecto, México le ha ganado de mano a Brasil, ya que inicialmente se había señalado a Río de Janeiro como sede del primer museo Guggenheim de América Latina y esa fue la idea que circuló hasta hace un par de años. Pero al margen de esta alternativa mexicana, la Fundación Guggenheim no ha renunciado a su posible filial carioca, a pesar de que en Brasil hubo en su momento una fornida oposición al proyecto y hasta una sentencia judicial que "lo consideró inconstitucional y perjudicial para las arcas de la ciudad". Cosa rara, pero así fue.

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