Franja de Gaza - Las puertas de la colonia Morag (sur de Gaza) esperaban a los soldados israelíes abiertas de par en par el lunes al amanecer, pero en lugar de verjas, el ejército tuvo que derribar otra barrera más dolorosa: decenas de mujeres, niños y religiosos que bloqueaban la entrada para evitar su expulsión.
La colonia entera donde viven más de 200 personas y en la que se infiltraron otros tantos jóvenes militantes de derecha en los últimos días para defender "la tierra de Israel", ha salido a la calle para esperar a los soldados.
"Esta es la tierra prometida a los judíos y nuestra casa. Al quitármela es como si me arrancaran a mi hijo de los brazos. ¿No les da vergüenza?", increpa a los soldados, Haim Gross, uno de los líderes de los colonos.
El coronel Erez Suckerman, de la Brigada de infantería del Golán, una de las más prestigiosas de Israel, duda ante la visión de mujeres embarazadas y bebés y decide no abrirse paso a la fuerza hacia el interior de la colonia.
"No estamos contra ustedes, somos soldados de un país democrático que venimos a cumplir órdenes. Respétenos, por favor", comienza.
Estas órdenes consisten en notificar que a partir de hoy, la presencia de los israelíes en la franja de Gaza es ilegal y los colonos de 21 asentamientos repartidos por la región tienen 48 horas para abandonar sus casas. En caso contrario y según estipuló el gobierno, a partir del miércoles serán desalojados por la fuerza.
Pero los hombres de la colonia cierran el paso a los soldados, les rodean para preguntarles uno por uno cómo se sienten al castigar a su pueblo al mismo tiempo que les recuerdan las guerras de Israel y el peligro de "regalar" tierra a los palestinos.
Los temidos vecinos están más cerca de lo que estos colonos desearían. Desde Morag se divisa la ciudad palestina de Rafah, cuya frontera con Egipto está controlada por Israel. Esta localización complicada les ha hecho ser a menudo blanco de ataques.
"Miradnos a los ojos y encontrad el valor para decirnos que tenemos que irnos", piden los hombres, algunos amigos o vecinos de los soldados que han venido a expulsarles por orden del primer ministro Ariel Sharon.
Mientras tanto, las mujeres entonan cánticos religiosos, los niños agitan pequeñas ramas de olivos y los más ancianos rezan.
El tono se endurece peligrosamente pero finalmente, el coronel acaba fundiéndose en un abrazo con uno de los líderes de los colonos, lo cual provoca un silencio sepulcral entre los habitantes de Morag, que ven cómo se esfuma en un segundo la esperanza de conservar sus casas.
Con lágrimas en los ojos, los habitantes del asentamiento acaban dejando pasar a los soldados y el coronel Suckerman, visiblemente emocionado, se adentra en la colonia seguido de una docena de hombres.
A la entrada de Morag, se leen mensajes escritos en grandes pancartas con tinta naranja (color que indica la oposición a la retirada): "Nadie tiene derecho a echarnos del lugar donde derramamos nuestra sangre" "¿Quién podrá castigarme a marcharme fuera de mi casa?", dicen algunos de ellos.
Todas las casas de Morag están todavía habitadas, aunque algunos de los vecinos enviaron sus pertenencias fuera de la colonia y duermen desde hace días en colchones esperando la llegada de los soldados y soñando despiertos con una interrupción repentina del plan de retirada.
La primera casa que recibe la notificación de expulsión es la familia Amitai, en cuyo interior no hay ningún signo de traslado inminente. Sin embargo, en el centro de su jardín, han colocado un cohete Al Qassam, que recuerde a los soldados los ataques palestinos sufridos en los últimos años.
El cabeza de familia recibe al coronel Suckerman con un saludo militar. Los dos hombres se abrazan y la puerta se cierra tras de ellos. La conversación es complicada y dura más de una hora.
Mientras tanto, los jóvenes venidos de otras colonias de Cisjordania o otras ciudades de Israel cantan tristes músicas religiosas con las manos unidas.
Otros habitantes de la colonia se encierran en sus hogares esperando la inevitable llegada de los oficiales, que se distribuyen entre las viviendas.
"Somos clandestinos dentro de nuestras propias casas. Sólo queda hacer las maletas. Morag ha dejado de existir", lamenta cabizbajo Moshe Ivots.
AFP