Cualquier reflexión que se intente desarrollar sobre el terrorismo queda fatalmente envuelta en un hálito de espanto: ¡cómo es posible que un ser humano considere que el modo más apropiado de defender sus intereses o de proclamar sus convicciones sea reventarse a sí mismo con una bomba para, en el mismo proceso, quitarle la vida a un puñado de inocentes, cuantos más mejor! Este asunto tiene una única conclusión: el rechazo y la condena. Pero antes de la conclusión existen una serie de consideraciones previas. En ellas me quiero detener.
Los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono no sirven para reflexionar sobre el terrorismo porque incluyen sentimientos que corresponden a otra cosa: por ejemplo el antinorteamericanismo. Los atentados de Madrid tampoco porque se entromete otro elemento ajeno: el provecho electoral que Aznar pretendió cosechar de la tragedia. En cambio, lo que sucedió en Londres permite un análisis más puro. Eso no augura mayor simplicidad —el tema es de por sí complejo— pero escuda al razonamiento de bifurcaciones.
El terrorismo actual tiene mucho de religioso pero no se puede explicar exclusivamente así. El terrorismo que aparece en algunos momentos de la lucha de los palestinos contra Israel no tiene causas religiosas sino políticas, de justo reclamo por un territorio y una independencia. Lo mismo se aplica a los chechenos.
El fanatismo islámico también se entrevera con motivaciones económicas, sociales y étnicas. Londres está lleno de paquistaníes, Madrid de magrebíes, Berlín de turcos, Milán de kosovares. ¿Cómo puede alguien sorprenderse que los millones de desposeídos de la tierra ardan de bronca frente a quienes lo tienen todo? ¿Cómo puede no advertirse la génesis del resentimiento en Africa, donde las matanzas tribales son feroces y reveladoras de viejos odios, pero no tan viejos ni tan grandes como el odio que genera tener parientes y amigos que han emigrado a Europa para limpiar retretes o cargar bolsas doce horas por día, vivir hacinados en buhardillas infectas, ser discriminados en la calle y, a pesar de eso, tener que admitir que están mejor allá lejos que entre los que se quedaron en su tierra? ¿Cómo no advertir cuánto y cuán profundo malestar se puede generar en esa gente desplazada al constatar que en cualquier tugurio de París, Berlín o Londres se pasa mejor que en su propia tierra, en su lugar de nacimiento, en el solar donde están enterrados sus antepasados, en el paisaje conocido y amistoso donde se habla la lengua en la que él aprendió a comunicarse, el lugar donde él pertenece y le es familiar, pero en el que no puede vivir más sin riesgo inminente de hambre, de peste o del hacha del vecino de otra tribu? ¿Cómo no tomar conciencia (y deplorar y preguntarse con cierto remordimiento) que la causa de la pobreza de Nigeria sea el petróleo y la causa del atraso de Sierra Leona los diamantes? El petróleo, los diamantes, la bauxita y las demás riquezas que explotan las compañías europeas o norteamericanas las ha llevado, en una insana competencia comercial, a armar a las tribus y corromper a los gobiernos que se vuelven indiferentes a las penurias de sus pueblos y se atosigan en un lujo ridículo y escandaloso.
Pero tampoco es suficiente la explicación socio-económica. El terrorista Omar, que organizó el secuestro de Daniel Pearl y lo terminó matando, provenía de una familia paquistaní acomodada, de segunda generación en Inglaterra: él había asistido a buenos colegios, vestía como europeo y había egresado del London School of Economics con la mejor nota. Bin Laden es millonario y sus primos y hermanos viven en Europa y hacen negocios dentro y fuera del mundo musulmán.
El terrorismo que se ha soltado por el mundo está y no está vinculado con lo religioso, está y no está relacionado con la pobreza y la opresión, tiene y no tiene que ver con lo étnico y lo cultural. Es terrible y terriblemente complicado.