El odio sigue extendiéndose como una enfermedad contagiosa por el mundo, pero un par de noticias locales han servido para alegrarle la semana a la gente sana y amable que se las ingenia para sobrevivir en este país: el gobierno propone aumentar un 3 por ciento el Imesi al tabaco y la Intendencia de Montevideo obligará a locales comerciales recreativos a colocar en sus baños máquinas dispensadoras de condones. Bravo.
La primera medida incrementaría en un peso el valor de los paquetes de cigarros, y la mitad de lo recaudado sería destinada a las 60 policlínicas que combaten el tabaquismo en Uruguay. El nuevo golpe tributario nos pone a tono con una tendencia internacional reforzada por estudios como el que, esta misma semana, presentó en España un catedrático de Economía Comparada de la Universidad de la Rioja. Según los cálculos de ese buen señor, aumentar el precio de los cigarrillos en apenas 20 centavos de euro sería suficiente para que el Estado pudiera financiar los fármacos anti-tabaco sin incrementar la presión fiscal sobre los no fumadores ni aumentar el gasto sanitario público. La cuenta parece sencilla, y el negocio, redondo: gracias a los 20 centavos extra a cuenta de cada atado, 4 millones 200 mil españoles tendrían acceso a los medicamentos que se emplean en las terapias para dejar de fumar, y considerando que estas son exitosas en un 30 por ciento, algo más de un millón de personas lograría abandonar el desagradable vicio. Uruguay ya hace lo suyo a través del Fondo Nacional de Recursos, que cada mes trata en forma gratuita a 400 compatriotas, aunque tiene a más de mil en lista de espera. Ahora se intentará que el Fondo pueda costear la canasta de medicamentos anti-tabaco de las mutualistas, liberando de esa carga a los pacientes interesados en decirle adiós al pucho.
La segunda iniciativa, que para horror de los puritanos de siempre pretende sembrar condones aquí, allá y acullá, también despertó recelos entre ciertos baristas, bolicheros y afines, muy sensibles en estos días. Además de estar preocupados por el decreto gubernamental que en breve los obligará a separar claramente áreas para fumadores y no fumadores, estos comerciantes expresaron su temor por los gastos que la instalación de las máquinas expendedoras de condones pueda generarles. Es una pena que jamás hayan expresado igual temor y preocupación por los parroquianos que, como yo, padecimos durante años el humo ajeno en sus malolientes locales.
En cualquier caso, la profiláctica medida municipal también velará por la salud ciudadana en un país donde, según una reciente encuesta, el 38 por ciento de la población todavía cree que no tiene ningún riesgo de contraer sida.
Estadísticas al margen, lo que más me entusiasma este invierno es la probabilidad (nada científica, por cierto) de que el retroceso de un vicio estimule el auge de otro, y que en lugar de entregarse con devoción a la comida, los ex fumadores se entreguen con fruición al sexo, faena mucho más creativa, saludable y económica.
Finalmente, la idea de extender el nuevo servicio a liceos, facultades y otros centros de estudio (dilatada por la Junta Departamental) también me parece digna de aplausos. Como a todos nos consta, en los templos del saber no sólo florecen las ideas que alimentan el alma, sino también las pasiones que tientan al cuerpo. No estaría nada mal, entonces, tener a mano un dispensador amigo en caso de que los escarceos amorosos prolonguen el recreo con otro tipo de lecciones.
Parece un pequeño milagro, pero alguien ha decidido prestarle por fin atención a las viejas y sabias palabras de Rodolfo Sciammarella: el que tenga un amor, que lo cuide, que lo cuide; la salud y la platita, que no la tire, que no la tire. Poco a poco, a ritmo de vals, nos vamos civilizando. Servidor, amigo del látex y alérgico al humo, encantado.