Terminó la cumbre de los poderosos del planeta. Durante varios días los mandatarios de los siete países más industrializados (Estados Unidos, Canadá, Japón, Francia, Reino Unido, Alemania e Italia) y el de Rusia, discutieron sobre asuntos claves para el presente y futuro del mundo. La lucha contra el cambio climático, y la pobreza en el mundo y la responsabilidad del Grupo de los Ocho (G8) en la misma. Fueron invitados los presidentes de cinco de las naciones emergentes más poderosas: Brasil, China, India, México y Sudáfrica.
Los resultados fueron decepcionantes. En cuanto al cambio climático, como se sabe, el calentamiento global que está experimentando la Tierra, constituye la amenaza ambiental más peligrosa a la que se ha enfrentado la humanidad. Como su principal causa proviene de la actividad humana, es allí donde debe combatirse. En ese sentido, la aprobación del protocolo de Kioto (1997) fue un paso significativo. Porque identificó a los principales responsables del problema, propuso soluciones concretas y estableció tiempos. Pero su credibilidad sigue en tela de juicio por la sencilla razón de que el principal responsable del calentamiento global nunca lo ratificó. Estados Unidos es el responsable del 25% de las emisiones mundiales de los gases contaminantes que provocan el fenómeno.
Por su parte, el resto de las naciones del G8 que sí ratificaron el protocolo han reducido sus emisiones en porcentajes muy por debajo de lo acordado. La razón es la de siempre: el dinero. Con el sencillo argumento de que resulta muy costoso cumplir con el protocolo, sigue adelante un proceso que la inmensa mayoría de los científicos pronostica como devastador. Pero no solo para los grandes responsables del problema sino para la totalidad de las naciones. Una vez más las decisiones económicas de unos pocos arrastran al resto. Aunque parezca absurdo, el logro de esta cumbre fue que el gobierno de Estados Unidos reconociera por primera vez que el calentamiento de la tierra puede ser causado por la actividad humana —a pesar de ser la nación vanguardista en conocimiento científico.
El otro tema de la reunión fue cómo combatir la pobreza en Africa. Los resultados fueron concretos: se le perdonó la deuda externa a los 14 países más pobres del continente —a los que se agregan Bolivia, Honduras, Nicaragua y Guyana—; se incrementó la ayuda en 50 mil millones de dólares en los próximos cinco años. Sin duda, son medidas que tendrán su impacto en esas naciones.
Pero, nuevamente por intereses económicos nacionales muy fuertes, se postergó tomar la medida más trascendente para luchar contra la pobreza en la mayoría de los países del planeta. Mientras no se eliminen los fuertes subsidios existentes en Estados Unidos y Europa para la producción agropecuaria interna, las posibilidades reales de generación de riqueza en las naciones en desarrollo serán muy limitadas.
Es un error ampliamente demostrado, insistir en ayudas materiales, cuando lo que en realidad necesitan nuestros países es tener igualdad de oportunidades y reglas justas para vender sus productos en los grandes mercados. Nuestras economías saldrán adelante con el trabajo y la producción de su gente, algo que hoy no es posible a causa de la competencia desleal que imponen los subsidios. El G8 no podía ignorar el tema, en especial si se discutía las terribles hambrunas y la pobreza en Africa. Pero, todo su aporte fue que se llegó a un acuerdo para suprimir los subsidios agrícolas "en una fecha creíble". Queda claro que la voluntad no es ir a la raíz de los problemas sino remendarlos para mantener el statu quo.