El casamiento por amor duró menos de cien años y resultó uno de los fenómenos sociológicos determinantes del siglo XX. Su momento culminante fue el show romántico a través del cual Eduardo VIII de Gales renunció a la corona inglesa para casarse con una divorciada norteamericana. Eso, se supuso, aunque después aparecieron interpretaciones diferentes, fue la universalización del casamiento por amor. El día que anide en la aristocracia, se pensó, terminarán todas las resistencias de clase y Cupido se convertirá en un parámetro democrático. Una generación por medio después, otro Windsor, el Príncipe Carlos, concreta el último sueño de hadas al casarse con una muchacha hermosísima del piel tan blanca que a menudo se arrebola. Enfrentados a esa imagen casi virginal, comparada con el antecedente casi percherón de Wallis Simpson, la joven Lady Spencer lució como la última versión de Cenicienta inventada por Disney. Y se llega así al clímax de los casamientos por amor.
Luego se sabrá que todo fue una farsa, que la muchacha fue sacrificada como un cordero, que no hubo amor sino conveniencia y razones de Estado y que no sólo hubo infidelidades mutuas desde el principio, sino que fueron éstas el motor principal del episodio. Para entonces los enlaces por amor habían desaparecido del mapa. Como en la vieja historia, lo que pesa son los intereses, la consolidación de patrimonios y desde luego la pasión. Cuando las parejas se casan sabiendo que al final de la historia está indefectiblemente el divorcio, el amor es una especie extinguida. Habrá fuego hasta que duren las últimas brasas. Hasta que subsista el apetito.
Hollywood no podía ser distinto a la sociedad en la que está inserto. Hubo amor, mucha pasión y sobre todo finanzas en el relacionamiento sentimental de las estrellas. Lo mismo antes que ahora. Rita Hayworth cayó luego en deslices laterales, pero cuando era la reina del glamour sucumbió bajo la seducción de un genio rubicundo y temperamental que con El ciudadano cambió la historia del cine y luego se casó embarazada con Ali Kahn. Tanto en el caso de Orson Welles como en el del príncipe de secta musulmana cuyo padre, obeso, recibió todos los cumpleaños su peso en piedras preciosas, fue amor y no interés, pero un amor inducido. Marilyn Monroe, paradigma de la mujer promiscua, tuvo un primer matrimonio casual para escapar de una soltería proletaria pero cuando oficializó en serio lo hizo con Joe Di Maggio, un baskebolista al que los norteamericanos vivieron como una leyenda, y luego con Arthur Miller, un dramaturgo que encabezó la intelectualidad de su tiempo. En ambos casos se casó por amor, pero siempre existió amor inducido. ¿Y ellos? Di Maggio por pasión y Miller por cálculo y también por ramalazos eróticos.
Liz Taylor era demasiado bonita para no considerar otra cosa que sus deseos. En el primero de sus intentos debe haber pesado el brillo de los Hilton, pero no porque le agregara nada sino porque ella no podía perder la soltería en manos de cualquiera, necesitaba una cadena hotelera y no una suite para pasar su luna de miel. Luego hizo de todo: se casó con un actor británico bastante mayor que ella, con un millonario productor que completaba su complejo de Edipo, con un cantante insulso que se volvió apetecible ante sus ojos por ser el marido de su mejor amiga. Y finalmente las famosas reincidencias con Burton. El resto fueron errores de cálculos y un desliz feo, pero Miss Taylor fue un caso casi único de mujer que siempre se casó por amor, aunque en algún caso no supiera lo que era el amor y en todos entreverara un trasfondo de pasiones.