El sábado estacioné al costado de Tres Cruces, en Goes frente a Duvimioso Terra. Al irme, le di propina al cuidador. Una hora después, volví; y cuando por segunda vez fui a darle sus pesos, me atajó: —No señor; ya me dio.
Impensadamente, Roque —así se llama— repitió lo que de él mismo conté en esta columna hace años. Obedeció al "indicio de personalidad", se diría en la práctica penal. Aplicó el "non venire contra proprio factum", se diría en la vida civil, a partir de la luminosa enseñanza que dejó Adolfo Gelsi Bidart como parte de su doctrina sobre la persona ante el Derecho todo, desde Comercial hasta Administrativo.
Pero ni esa ni otras interpretaciones intelectuales —válidas y eficaces en su plano— darán nunca cuenta suficiente de la honradez espontánea, intuitiva, de ese hombre que, al sol o bajo lluvia, lleva su pobreza con cabeza alta. Que revive a aquel necesitado que, a la salida de la iglesia, al inolvidable Alfredo Cáceres le dijo lo mismo: —No señor; ya me dio. Y que, al anteponer sus deberes a sus necesidades, muestra que el hombre puede dominar y gobernar las pulsiones primarias y aun la herencia social de estrecheces.
Lo del sábado se nos hermanó con la despedida en el Buceo, el día anterior, a Roberto Couce. De empleado a Gerente, de Gerente a Director, conoció la intimidad de tres Bancos. Fue la vívida expresión del trato personalizado, de la bonhomia aplicada al cliente, en un contexto donde el Banco, además de recibir depósitos y dar crédito, orientaba y enseñaba.
Pues bien. Un día, a ese trabajador de la danza de los millones lo reencontramos. Jubilado, ya sin el poder de los cargos, le habían extirpado la laringe. Recuperado el habla merced a un ciclópeo esfuerzo de voluntad, se convirtió en labrador de destinos. Se entregó a la labor comunitaria en el Rotary Club de Montevideo, trabajó al frente de la Obra El Hornero y llegó a presidir la Asociación de Laringectomizados, por cuyos trabajos se desveló en llamadas telefónicas y mails escritos a contracorriente de la paz que podía recetarle su salud.
Con ello, mostró que el hombre puede dominar y gobernar la limitación física, construyendo destino propio e irreemplazable a partir de la fatalidad.
¿Y qué es lo que trasmuta el poder de los cargos que gobiernan el dinero en poder del hombre sobre su propia adversidad y consigue convertir la experiencia banquera en devoción por la labor sin fines de lucro? Pues ¡es lo mismo que hace de Roque —y de tantos como él— un hombre honrado, a despecho de los determinismos que enfermizamente nos aíslan! ¡Es el espíritu, que unificando al hombre por encima de circunstancias y contradicciones dialécticas, le permite hacerse tanto más libre cuanto más hacia arriba elige!
El espíritu, no en el sentido casi trivial en que se habla de "el espíritu de un equipo de fútbol" sino en el sentido fuerte con que usaban "lo spirito" los italianos que tanto hicieron por nuestro pensamiento: un sentido fuerte que se emparenta con "der Geist" alemán, que junta alma, inteligencia y ganas.
Es ese espíritu el que nos hace falta. Podremos reencontrarlo si mejoramos nuestra capacidad de admirar modelos de respuestas como éstas que nos ocupan. Se multiplican en el anonimato y marcan la ruta que debemos recorrer. Nos llaman a no seguir empobreciendo nuestro sentimiento de finalidad y achicando nuestra voluntad.
Hoy nos parece más natural contemplar desde afuera y conservar los problemas al baño María que abrazar propósitos concretos. Y eso, cualquiera sea el gobierno, nos debilita, al hacernos creer que la delincuencia es el fruto mecánico de la pobreza y que la enfermedad es la ausencia de posibilidades; y al hacernos olvidar todo el heroísmo silencioso de modos de vivir que, como personas y como nación, nos proveen a diario la infraestructura del alma desde la cual vivimos.