Orientales de moda

El paso del tiempo actúa como los vientos en el desierto: pule, gasta y borra todo lo que queda expuesto a la intemperie y sólo se salva un tesoro enterrado. Ni la persistencia de Radio Clarín ha logrado condenar a la sobreexposición a Gardel. Suena fresco y joven. Porque no es que cante mejor, igual se le oye mejor, cada vez más hondo. Escudado claro en su calidad de mito: si hubiera envejecido, ganado los kilos que en algún momento perdió, aventado su pinta de galán y arruinado el milagro de su voz, el ídolo sería Magaldi, no él.

La rutina es un enemigo fatal. La moda es una manija gorda hasta que se transforma en una estocada de madera. ¿Cuánto tiempo resiste en el aire una canción sin crear los reactivos del rechazo o de la fatiga? Leonardo Favio, fuera del cine, es sólo una pelada tapada con un pañuelo sostenido por cuatro nuditos como las campesinas asturianas antes de la Guerra Española o los cómicos italianos en un día de picnic. Sandro agita sus dolencias anualmente y concita un séquito de los milagros que se moviliza como una procesión a Lourdes los días antes de sus temporadas en el Rex. Palito Ortega es y fue un oprobio. Charly García, disfrazado de Marat Sade es una máquina de marketing. Mercedes Sosa es un ciclón caribeño camino a perderse en el olvido. Yupanqui ni se oye. Serrat, que sigue siendo apetecible para las mujeres —lo adoran como si fuera un objeto sexual— es una rutina que se repite hace décadas. ¿Se acuerdan de Ima Sumac? ¿Y de Ginamaría Hidalgo? Al olvido sólo le gana Gardel.

Y otro uruguayo que de pronto se ha vuelto un referente internacional. Lo fue siempre para mucha gente y los argentinos, con el señorío que los caracteriza, fueron los primeros en dedicarle un espacio público. De todos los músicos itinerantes, con excepción de Leo Masliah que tiene en Buenos Aires un público fijo, sólo Alfredo Zitarrosa ha logrado trascender realmente fronteras. Jaime Roos asumió su etapa holandesa y es un ídolo porteño pero sigue siendo básicamente una gran referencia nacional. El Sabalero es un ser folklórico que en los inviernos hace de ama de casa de Amsterdam y en los veranos, retorna al país donde lo espera su grey. Los Fattoruso operan en USA y son reconocidos por los músicos del continente, pero nunca son protagonistas. Ruben Rada es uno de los pocos aplaudidos por la farándula.

Hasta llegó a ser un comensal repetido de los almuerzos de la Legrand, que jamás gustó del material de relleno. Fernando Cabrera camina sin pausa a un destino internacional, empujado por un talento musical que lo arrastra y una idiosincrasia oriental que lo retiene. Pero un buen día, pese a él mismo, dará el salto. Rada va y viene con soltura pero está lejos de competir con Vicentico. Roos se maneja con mucho cálculo, es astuto para manejarse publicitariamente, algo tímido para moverse en escena pero le queda bien su personaje de músico serio y posee una voz que sólo Zitarrosa ha impedido ser el equivalente musical del Alberto Candeau que arengó en el Parque de los Aliados en los umbrales del retorno a la democracia. Mezcla de don Zoilo y de José Artigas, Candeau es el registro oficial de la nacionalidad.

Acompañado con las guitarras Alfredo Zitarrosa origina el mismo efecto. Los críticos afirman que tuvo un corto período de esplendor vocal y que luego pasó a ser otro. Exiliado con éxito artístico, en México hablan de Zitarrosa con reverencia y lo ven como un par de Negrete o de Infante. En España lo ubican en un primer plano, en Francia que por cierto han tenido grandes registros populares respetan su estatura impar. Fue un desgraciado en la diáspora, se sabe, un inadaptado que no pudo vivir, y menos quiso, fuera de su patria, un tipo que atentó contra su salud y su carrera. Los desmanes y el sufrimiento no le impidieron ser la estampa del varón oriental —engominado, cetrino, casi tanguero— y el dueño de una voz que hace estallar de emoción los corazones del país entero. Se mantuvo al margen a su regreso, entró en decadencia, no logró sobrevivir y la muerte solidificó su mito. Ahora le dedican estelas en el exterior.

Víctor Heredia dijo el otro día por televisión argentina que era el músico más importante de la actualidad y colocó en segundo lugar a Chico Buarque, que es un gigante y a Silvio Rodríguez pese a su unicornio azul. Alguien pudo verlo como la opinión de un militante aunque no hay rioplatense que no lo ubique a la cabeza de la lista. El otro día, en forma sorpresiva, recibió el halago de uno de los grandes creadores del cine. Woody Allen, cuyos gustos parecen estar a kilómetros luz de la milonga nacional, citó como paradigmas culturales a Borges como escritor y a Zitarrosa como músico, no sin antes aclarar que era uruguayo. Con la obtención de un Oscar por parte de Jorge Drexler la orientalidad parece estar de moda. Zitarrosa está fuera de cualquier riesgo. El que debe cuidarse es Drexler. Parece sensato e inteligente pero "Al otro lado del río" que lo coronó es sólo un temita, por más que lo manejó con garbo el día de la entrega en la Academia. El aviso que imaginó para el caldo Knorr sigue siendo su "hit".

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