Hugo García Robles
No es fácil para un compositor escapar a la pesada carga de la popularidad. Debussy señalaba en sus notas agrupadas bajo el título El señor Croche, antidilettante, que existe la gloria bucal, es decir, el fragmento de música que es silbado, podríamos agregar, tarareado o entonado, por el oyente anónimo. Según Debussy nadie ha oído celebrar de esta manera a Wagner. Tristán, Los maestros cantores o Parsifal no se someten a ese inocente tributo que permite al que ama la música perpetuarla más allá de la sala de conciertos o del escenario operístico.
Por el contrario, aunque el músico francés no lo diga, todos han escuchado a infinidad de personas arremeter contra el "Brindis" de La Travista o el "Va pensiero" de Nabucco. El precio de esa gloria doméstica que convierte al aficionado en improvisado intérprete es un demérito, una cierta inflación del eventual valor del pasaje popularizado por los espontáneos de la música. El músico que ingresa en el dominio del éxito masivo paga un alto peaje, así se llame Chopin o Verdi.
Una comprensiva desviación del juicio asigna más mérito a las obras que no se entregan fácilmente al canturreo o al silbido. El aplauso popular ronda peligrosamente la vulgaridad, es decir, el criterio que niega al vulgo capacidad para elegir bien.
En todo caso, la oposición Wagner versus Verdi que en vida de los dos compositores encarnaba una dicotomía entre la profundidad oscura de lo germano y la luminosidad mediterránea de lo italiano, no ha pasado. Sigue viva como conceptos diferentes en el plano estético.
La virtud del canto, el mérito del lirismo que acompaña a Verdi como el inevitable sello de la cultura de la cual proviene, no significa necesariamente ausencia de hondura. La complejidad se oculta, a veces, tras la fascinación melódica. Verdi sabía todo lo que un músico formado necesita saber y lo empleaba cuando lo creía necesario. Quizá espigar en la correspondencia del maestro produzca sorpresas. En una carta al pintor Domenico Morelli decía Verdi: "Amo en las artes todo lo que es hermoso; no creo para nada en lo que se llama la escuela y amo lo que es alegre, lo que es serio, lo que es terrible, lo que es grande, lo que es pequeño, etc. Amo todo, siempre que lo pequeño sea pequeño, lo que es grande, sea grande, lo que es alegre, sea alegre. En una palabra, que sea como debe ser: verdadero".
Sobre el propio Wagner ha escrito palabras sagaces: "Wagner no es una bestia feroz, como querrían hacernos creer los puristas, ni un profeta, como lo proclaman sus apóstoles. Es un hombre de mucho talento, que se complace en las vías más complicadas porque no sabe encontrar los caminos más directos. Es preciso que los jóvenes no se hagan excesivas ilusiones: existen muchas personas que hacen creer que tienen alas, porque de hecho no son capaces de mantenerse de pie sobre sus piernas".
En 1870, rechaza el ofrecimiento que le hace Florimo de dirigir el Conservatorio de Nápoles. Expresa las razones que le impiden asumir la carga de esa institución por la cual han pasado Alejandro Scarlatti, Durante y Leo, a quienes Verdi menciona como ilustres predecesores.
De todas formas hace unos breves comentarios sobre lo que habría hecho en el caso de haber aceptado. Le hubiera dicho a los jóvenes alumnos: "Ejercitáos constantemente en la fuga, tenazmente, hasta la saciedad, hasta que vuestra mano haya adquirido la fuerza de poder plegar la nota a vuestra voluntad". Después de abundar en recomendaciones de este estilo, agrega: "Una vez hechos estos estudios unidos a una gran cultura literaria, diría finalmente a los jóvenes: ahora, ponéos la mano sobre el corazón, escribid y seréis compositores. De todas formas no aumentaréis la multitud de esos imitadores y enfermos de nuestra época que buscan y buscan y, (haciendo a veces buenas cosas) no encuentran jamás".
La hondura y validez de esta concepción estética es la misma que sintetizó Verdi con otra sentencia: "Volvamos a lo antiguo y será un progreso".