LA NACION/GDA | BartolomE de Vedia
Ha muerto un papa inmensamente querido. Un líder espiritual que recorrió el mundo y que en todas partes cosechó demostraciones desbordantes de afecto y de adhesión moral. Para la Iglesia se abre ahora un período marcado por hondas expectativas cuando en un plazo no mayor de 20 días, un cónclave cardenalicio tendrá la responsabilidad de designar al sucesor de Juan Pablo II.
Ellos deberán cumplir su histórica misión en un escenario significativamente distinto del de 1978, el año en que Karol Wojtyla fue elevado al sillón pontificio. Por lo pronto, el nuevo papa será elegido en un contexto político y cultural novedoso: por primera vez en muchísimo tiempo la Iglesia Católica designará a su máxima autoridad sin tener a la vista un adversario ideológico, político y cultural fácil de identificar.
En el siglo XX, como nadie ignora, el contendiente ostensible de la fe cristiana fue, en cambio, el pensamiento marxista y, en el plano estrictamente político, el imperio soviético, que convirtió al ateísmo en su credo oficial.
Cuando Karol Wojtyla fue elegido papa, hace casi 27 años, su designación fue recibida como un gesto de connotaciones casi épicas: se llevaba al sillón pontificio a un hijo preclaro de la Polonia sojuzgada por el comunismo.
La Iglesia salía a defender a un pueblo impedido de ejercer su libertad religiosa y a recordarle a la humanidad que la defensa de la dignidad del ser humano seguía estando en el centro de la doctrina evangélica.
PRESENTE. Hoy, en cambio, en este tramo todavía incierto del siglo XXI, los potenciales adversarios de la fe no se encuentran tan a la vista; y tampoco están incorporados de manera expresa al mapa político.
Con la llegada de la posmodernidad la Iglesia Católica se encuentra hoy ante un escenario histórico en que el adversario —por así llamarlo— ya no tiene la forma de un espectro ideológico o doctrinario reconocible.
El principal contrincante de la fe es, en todo caso, el "indiferentismo" religioso. Y, en el plano de las conductas, el relativismo moral. Hoy no se mira a la Iglesia con un ánimo confrontativo sustentado sobre estructuras políticas o ideológicas fácilmente visualizables.
La confrontación con el mensaje cristiano proviene, actualmente, del debilitamiento de los sistemas que regulan la moral y las costumbres. La reivindicación de conductas que tradicionalmente la Iglesia ha reprobado —como son las que se vinculan con la legitimación de la homosexualidad, con la aceptación del aborto o con determinados métodos de control de la natalidad— define con bastante claridad la zona de conflictividades que tendrá que enfrentar, probablemente, el futuro pontífice.
En el campo institucional interno no se debe descartar la posibilidad de que reaparezcan presiones tendientes a modificar las normativas sobre el celibato sacerdotal o sobre el papel de las mujeres.
Al futuro papa le esperan, pues, batallas doctrinarias que no van a ser fáciles. El hombre que empuñe el timón de la Iglesia deberá ser capaz de establecer una clara distinción conceptual entre los "aggiornamentos" o las actualizaciones puramente formales, que no afecten los aspectos esenciales de la tradición eclesial, y aquellos otros cambios que resulten inconciliables con los postulados inmutables de la fe.
Los retos
SEXO Y MORALIDAD. Quien resuelte elegido nuevo Pontífice deberá fijar una posición clara sobre situaciones sobre las que la sociedad civil occidental parece ir a contramano del dogma defendido por la Iglesia y por Juan Pablo II. El divorcio, la despenalización del aborto, el uso de anticonceptivos, incluido el preservativo, que está condenado por la Iglesia, son algunos de los puntos sobre los que el nuevo papa debe aclarar postura de inmediato. Algunos expertos atribuyen a la rigidez católica, la pérdida de fieles, sobre todo entre los jóvenes, que perciben a la Iglesia a una distancia moral enorme de su vida cotidiana.
EXODO DE FIELES. Uno de los principales problemas de la Iglesia Católica actual es la pérdida de feligreses. Juan Pablo II, pese a su ennorme despliegue en viajes y apariciones mediáticas, no pudo evitar que la tendencia continuara a la baja. Algunas estadísticas han señalado que, por minuto, un católico se desplaza de la institución religiosa. La mayoría es atraído por templos más "inmediatistas" , como los evangélicos pentecostales –Pare de sufrir, Universal de Dios, etc.—, que por lo menos manejan una iconografía similar —Jesús, los apóstoles– lo que favorece el éxodo. En una entrevista aparecida en el diario argentino Página/12, el sociólogo de la religión, Otto Maduro consideró que otras iglesias de origen Cristiano ganan adeptos a la Católica porque se acercan a la gente desde su propia realidad, sin condiciones previas, ni dogmas.
POBREZA. La Iglesia Católica tiene su núcleo demográfico en el Tercer Mundo, concretamente en América Latina, donde vive el 63% de los católicos del mundo, que suman 1.300 millones. Una posición oficial "del lado" de los pobres nunca estuvo en duda en la Iglesia moderna y menos aún en el pontificado de Juan Pablo II. Sin embargo, el grado de compromiso ha sido un tema de hondo debate. Juan Pablo II defendió a lo pobres por vía indirecta, si se quiere, pues lo que defendió a ultranza fue la "humanización" de las economías. Nunca cuestionó el sistema de relaciones económicas o globalmente a las estructuras que perfilan la sociedad mundial. Otras tendencias eclesiales, sobre todo de América Latina, defienden posturas más comprometidas; ser la voz de los pobres, su brazo poderoso para actuar a su favor en el escenario mundial. "Pienso que el próximo Papa debe continuar siendo una presencia sabia y santa en el mundo, pero al mismo tiempo, debe ser alguien que demuestre que él y la Iglesia están al servicio de la humanidad. Especialmente al servicio del más pobre y excluido", dijo el cardenal brasileño, Claudio Hummes, uno de los papables.
LUGAR DE LA MUJER. El Papa Juan Pablo II ha sido un arduo defensor de los derechos de la mujer tanto social como políticamente. Las veneró como imagen de María y tal vez por adoración a su propia madre, que murió muy joven y con quien tuvo una intensa relación. Sin embargo, Juan Pablo II se ha negado a cuanto pedido de ascenso eclesial de mujer. Se escuchó repetidas veces el reclamo de que las mujeres puedan, al menos, ordenarse al sacerdorcio. El tema aparece con vigor en la actualidad cuando cada vez menos hombres se convierten en sacerdotes para oficiar en templos con una concurrencia mayoritariamente de mujeres, principales depositarias de la fe.
DESCENTRALIZACION. La Iglesia resultante del pontificado de Juan Pablo II no es una Iglesia exclusivamente italiana o europea, como otrora. Sin embargo, en el próximo cónclave que elegirá al nuevo papa habrá 20 cardenales italianos, tan sólo uno menos que los representantes de América Latina, donde vive la mayor población católica del mundo. El próximo Pontífice deberá fijar una posición clara sobre la traslación de poder demográfico a político.