ROMA | LA NACION/GDA
"El Papa estaba consciente, lúcido. Le agarré la mano, se la besé, y le dije una frase que ya le había dicho otras veces: "Santo Padre, uno daría la vida por usted». El movió los ojos, hizo un gesto con la cabeza, de reconocimiento de la persona. La cara me pareció tranquila, sin rictus. Era la cara de una persona enferma, sí, pero serena".
El cardenal argentino Jorge Mejía, amigo personal de Juan Pablo II desde 1946, cuando compartieron los estudios teológicos en el Angelicum (una universidad pontificia, en Roma), anteayer por la mañana estuvo con el Pontífice por última vez.
Según contó el cardenal Mejía —tuvo el privilegio de despedirse del Papa, como poquísimos otros cardenales de un muy restringido grupo de la Curia romana—, fue a visitarlo en su lecho de enfermo a las 11 y media de la mañana. Más allá de las gravísimas condiciones de salud, Juan Pablo II, en ese momento, seguía lúcido.
"Entré a su habitación, introducido por su secretario Mietek con toda delicadeza, a quien le dije que para mí el Papa es una parte de mi vida, que empieza en la Universidad. También estaba Estanislao [el secretario privado del Pontífice], un médico de guardia, un enfermero, y en la puerta, una de las monjitas polacas. El Papa estaba en la cama —una cama como cualquier otra, ancha, no de hospital, con colchas blancas—, con suero, alguna otra aguja, y si no me equivoco, con la sonda nasogástrica en la nariz, y sin respirador. No quería mirar cómo estaba, sino sólo mirarle los ojos, contó.
"Yo me arrodillé al lado de él, y don Estanislao le dijo: "Es el cardenal Mejía". Entonces yo dije: "Jorge, porque el Papa me decía Jorge y porque las expresiones que tienen contenido afectivo tienen más eco cuando uno se está muriendo. Le estreché la mano derecha y le dije «Santo Padre, usted sabe: uno daría la vida por usted". Esa frase ya se la había dicho en febrero de 2001, cuando le presenté a 10 familiares cuando me nombró cardenal. Esa vez, él se había reído."
—¿Cuánto tiempo estuvo?
—Tres, cuatro minutos, siempre arrodillado. Tampoco me hubiera quedado más: no quise abusar; hay que ser discreto.
—¿El Papa estaba lúcido?
—Sí, sí, me reconoció.
—¿Le dijo algo?
—No, creo que no podía hablar; sólo movió los ojos... Yo estaba destrozado. Me paré de nuevo; don Estanislao me hizo un gesto como de que convenía que el encuentro terminara y me fui.
—¿Qué le transmitió esa mirada del Papa?
—El reconocimiento de 25-30 años de estar el uno cerca del otro. Me impresionó mucho.
—¿Se quebró?
—Yo no sé casi llorar. No tengo lágrimas, pero salí muy impresionado. Me fui enseguida a verlo a Sandri [Leonardo, el arzobispo argentino que es sustituto de la Secretaría de Estado] a la otra punta del Palacio Apostólico.
—¿Tuvo la impresión de que el Papa se estaba por morir?
—No, entiendo muy poco de estas cosas, pero me parece que podría haber vivido un día más... He visto morir gente, pero no me parecía agonía eso, porque en una agonía hay un estertor.
—¿Se lo notaba más delgado?
—Tenía una frazada encima; no lo sé, no quise mirar demasiado.
Anteanoche, apenas se conoció que Juan Pablo II había muerto, el cardenal Mejía -que ayer participaba de las congregaciones generales que deberán decidir hechos esenciales de este interregno-, volvió al Palacio Apostólico, para participar en el velatorio íntimo que Juan Pablo II, vestido con los mismos paramentos como se lo vio ayer, tuvo con su más estrechos colaboradores en su capilla privada. Estanislao estaba destruido y rezamos junto al cuerpo del Papa, contó. Fue terrible verlo a la mañana vivo, pero cerca de la muerte, y a la noche, muerto. Realmente terrible," añadió Mejía.