Después de imaginar tanto, Rudyard Kipling cuenta algo de sí mismo. El autor de "El libro de la selva" y de "Kim", lo hace en un libro deleitable: "Algo sobre mí mismo". Y, con irónica capacidad de autocrítica, se observa a través de un emotivo recorrido, contando la historia de su vocación literaria, que fructificara en tantos libros inolvidables y que le valiera, a los 41 años, el Premio Nobel de literatura.
Kipling, nacido en Bombay hace 140 años, se nutrió de pequeño de historias contadas en su entorno. Luego, la época del colegio tiene lugar en Londres; esta etapa va desde 1878 a 1882.
Y es justamente en ese Londres familiar, prerrafaelista y literario, que advirtió que estaba "destinado al tintero". No había cumplido diecisiete años. Desde Bombay viaja a Lahore donde estaba su familia. Allí dispuso de un caballo, carruaje, mozo de cuadra, un horario de oficina y responsabilidades, trabajando para un pequeño periódico diez horas por días. Cuando llega su hermana, tiempo después, escribe estas bellas palabras: "No sólo éramos dichosos, sino también conscientes de serlo".
Todas las curiosidades del mundo pasaban por su trabajo y las capturaba de inmediato. Y fuera de la redacción, su mundo era un club al que asistían funcionarios civiles, militares, hombres de la enseñanza, los ingenieros de ferrocarriles, médicos y abogados. De todos ellos tomaba conocimientos diversos e historias variadísimas y, con semejante material, comenzó a escribir.
Todo lo servía. En el Himalaya y el Tíbet conoció las estribaciones de las grandes montañas de Simla y Dalhousie, que le resultaron subyugantes.
Hacia 1887 se trasladó miles de kilómetros al sur, para incorporarse a la redacción del "Pioneer", de cuya edición semanal para la metrópoli se hizo cargo. Trabajó como periodista, sin dejar de escribir relatos y poesía. Y vienen, luego, sus viajes, los numerosísimos viajes que le criticara Chesterton. Visita Sidney, Tasmania, Nueva Zelanda.
En enero de 1892 se casó, en Londres. Henry James fue uno de los tres invitados a la boda. Por entonces escribió el celebrado "Libro de la selva".
Llega la segunda hija. Se fueron a la casa de Rottingdean, donde Kipling terminó de escribir "Kim". Al regreso de otro de sus viajes, se entera de que le han concedido el Premio Nobel. Viaja a Estocolmo. "Cuando estábamos en alta mar —escribe—, el viejo rey de Suecia se murió. El nuevo monarca le entregó el premio en una ciudad muy recatada con los premiados, por obvias razones".
La última parte de este libro, llamada "Las herramientas de trabajo", abunda en informaciones sobre su forma de escribir. Por ejemplo, vale señalar que Kipling era partidario de "dejar prudentemente que las cosas salieran solas". Corregía infinitamente sus trabajos, y la última lectura la realizaba en voz alta. Nunca prestó atención a los críticos, y aconsejaba "lo mismo que atacáis que si os atacan, no deis explicaciones ante ninguna provocación".
Tenía sus manías literarias, naturalmente; y en su caso, se trataba de las portaplumas: usaba las de ágata, finas y de cuerpo octogonal y otras de plata y en forma de pluma de ave. Finalmente, adoptó la estilográfica. Utilizaba sólo tinta de color negro y cuadernos de hojas grandes de color celeste. Sobre su mesa de trabajo tenía una regla manchada de tinta y un trapo de secar plumas, que eran sus dos fetiches.
Las deleitables memorias de Rudyard Kipling son dispendiosas y alegres. Son el resultado de un aventurero que fue un escritor de aventuras. Un hombre que se lanzó a las letras como el nadador a las aguas de un río.