UBICADA en medio de una región célebre por su belleza, sus reliquias históricas, sus balnearios y su tradición cultural, Nápoles está perdiendo inversiones y turistas por culpa de la guerra interna que se libra en la camorra, la versión local de la mafia, que desde hace meses está embarcada en un enfrentamiento entre el clan del capo Paolo di Lauro y el grupo separatista al que llaman Gli Spagnoli (los españoles) porque algunos de sus cabecillas solían refugiarse en los balnearios de la costa mediterránea de España. La razón de esa guerra es el control del multimillonario tráfico de drogas, un comercio ilegal que deja miles de millones de euros al mes en el bolsillo de la camorra. Denominada faida, esa batalla entre clanes dejó un saldo de 134 muertes violentas en 2004, pero ya lleva otros dos muertos en los primeros días de 2005, suficientes para saber que la masacre continúa.
El primero de esos muertos cayó el domingo 2 de enero y era el padre de tres dirigentes de Gli Spagnoli. Obedeciendo al péndulo fatal de toda vendetta, al día siguiente caía un pistolero vinculado a Di Lauro, de manera que sólo queda esperar quién será liquidado del bando opuesto. Como se ha observado, el actual enfrentamiento es tan desenfrenado que hasta superó las habituales barreras de la faida llegando a matar a mujeres (un hecho insólito) por su vinculación a ciertos camorristas. De cualquier manera, la situación ha llevado a los habitantes de algunos barrios napolitanos —como Scampia o Secondigliano— a vivir en un estado perpetuo de terror, del que procuran sacarlos las autoridades reforzando los efectivos policiales con que contaba Nápoles, que ya eran enormes (13.000 hombres).
PARECE dudoso que ese refuerzo consiga mitigar la furia de la camorra, amparada en la complicidad de mucha gente que sabe cosas pero no las dice bajo el manto de la omertá, ese silencio sacramental que la mafia y sus filiales del sur de Italia sabe mantener —e imponer a otros— para salvaguardar el hermetismo de la organización y la identidad de sus miembros. En un extremo de la infamia que significa todo tráfico de drogas, la camorra ha utilizado durante largo tiempo a niños en edad escolar como encargados del reparto del producto, mejorando así la posibilidad de eludir el cerco policial. En los días en que murieron las primeras víctimas del año, el presidente italiano Carlo Azeglio Ciampi visitó Nápoles y formuló un llamado al "rearme moral" de la población, convencido de que la ciudad "conseguirá superar el problema de la delincuencia organizada".
NO todo el mundo está tan seguro como Ciampi de esa eventualidad, mientras la policía prosigue su combate: desde el mes de noviembre de 2004, ha logrado arrestar a 700 individuos asociados a la camorra o sospechados de mantener ese lazo. Ese esfuerzo no impide por el momento que la camorra mantenga su red de droga y asesinatos, junto a "otros gestos intimidatorios como el incendio de propiedades, amenazas o agresiones al prójimo". La alcaldesa napolitana, Rosa Russo Iervolino, que en el pasado fue ministra del Interior, cree que la lucha contra los mafiosos de su ciudad "será larga y difícil, pero los combaten las fuerzas del orden, la magistratura y todos los napolitanos".
Como ejemplo de esa posibilidad de triunfo, Russo puso como referencia "la batalla que libró Italia contra el terrorismo, que fue derrotado" sin quebrantar el marco institucional en que se procedió para aplastar a las Brigadas Rojas.
RESULTAN temibles, empero, la fuerza operativa y el poderío económico del crimen organizado en un país como Italia, que ya tuvo victorias en su guerra siciliana contra la mafia aunque eso le costó muy caro. Sin embargo, lo que se reprime en Sicilia resurge en Campania o en Calabria, donde la n’dranghetta ha demostrado ser tan dura y tan dinámica como la camorra. El efecto de esas violencias sobre Nápoles consiste en que disminuyeron visiblemente las inversiones en la ciudad y también ha bajado el turismo, que era una de las mayores fuentes de recursos locales y ahora —comprensiblemente— se aleja de ese escenario de temores y de muerte. Hay que desear que la situación pueda superarse, pero el colosal respaldo monetario de los grupos ilegales parece por el momento su mayor fuerza.
Bacteria resistente
El conocimiento, unido al sentido común, sigue siendo la mejor arma de la comunidad para evitar problemas. Resulta muy doloroso recordar las vidas que se ha cobrado la bacteria resistente. El Staphylococcus aureus meticilino resistente en la comunidad (SAMR-com), como tantas otras bacterias patógenas, está al acecho, pronta a aprovechar cualquier oportunidad para prosperar en personas sensibles, como lo son los niños. Los consejos de las autoridades sanitarias de este país deben ser escuchados con mucha atención. Los adultos no pueden eludir su responsabilidad ante cualquier caso potencial que se presente en su entorno. Basta con que se acuda a un médico ante una lesión en la piel de color rojo, que se advierta caliente, que resulte dolorosa y de textura tensa; con más razón si provoca fiebre.
Los casos atendidos en forma temprana aseguran una recuperación rápida y total. No así aquellos que avanzan sin control, y llegan a la institución médica presentando un cuadro de invasión importante.
La buena salud se construye todos los días, a través de cuidados en la alimentación, de buenos hábitos en el aseo personal y de limpieza general. Pero, también exige prevenir enfermedades o tratarlas de inmediato, cuando aparecen los primeros síntomas o señales.
Estas consideraciones no dependen de las edades ni del estado de salud habitual de las personas. Aunque, sí hay que remarcar la atención especial que se debe tener con los niños y los adultos mayores, por su mayor sensibilidad a muchas de las enfermedades y padecimientos comunes en nuestra sociedad. No podemos subestimar a la bacteria resistente. Por ello, estar alerta a su manifestación y actuar en consecuencia, es un acto de responsabilidad ineludible.