Escribe: dr. CARLOS MAGGI
Todo indica que después de siglos, estoy poniéndome de moda.
Desde que el neoliberalismo fue aplastado en el Uruguay (31/10/04), empiezo a tener razón. Lo digo modestamente. Cada día más, fui lo que vendrá.
"La gloria es una larga calumnia" —escribió Rilke— pero lo cierto es que da vértigo sentirse a esta altura de la vida, recorriendo la ansiada pasarela de los augures.
—¡Mágica! —dijo el Rodríguez de Paco Espínola.
Señores: Miré la bola de cristal y supe; y quedó consignado por escrito.
No era el único que lo sabía, lo sabía el mundo entero y había millones de hombres y mujeres que ya se habían olvidado de tanto que lo habían sabido. La academia guarda la historia de estas ideas en los repositorios más profundos y mundiales; pero aquí, no; aquí no entraba nada de eso hasta estos primeros días del primer diciembre de la transición frentista.
Y si no, que le pregunten al senador Reinaldo Gargano (protector de los gremios y del monopolio total con todos sus cárieles); acaba de ser exiliado. Nombro al senador porque va a ser ministro, un buen ministro, pero de asuntos "exteriores"; salió de la política interna.
Hasta ahora, aquí llovía finito sobre los Chicago boys, mientras Corea del Sur, Chile, Irlanda o la isla Mauricio, nos dejaban por el camino. Pasó medio siglo XX sin que al Uruguay ingresara lo sucedido en el mundo.
Franz Werfel escribió "La muerte del pequeño burgués" donde alguien hace esperar al destino. A fuerza de pura convicción, fanáticamente, poniendo voluntad, el protagonista deja de transcurrir y ancla su vida y su enfermedad en una fecha. El pequeño burgués checoslovaco se aferró al statu quo más allá de lo permitido por la naturaleza. Se empeñó en seguir como estaba (agonizante) hasta llegar al plazo acordado para cobrar un seguro; y cuando lo logró, después de ese esfuerzo sobrehumano en beneficio de su viuda, murió; y la carne se licuó de repente; y quedó entre las sábanas, el esqueleto seco. Eso cuenta Werfel.
Conocido el escrutinio de las últimas elecciones, de pronto golpean a la puerta y recibo un cedulón: "Señor Maggi: Verificados los hechos, se le tiene por bien probado" —y yo pienso: La razón es un tren impuntual, pero llega.
Hace 13 años publiqué en Guía Financiera, una serie de textos sin saber que eran para ser leídos ahora. Escribí por ejemplo:
—"No es que la gente haya cambiado su manera de pensar; es la realidad que cambió su manera de ser.
El mundo todo se hizo de pronto democrático representativo, y bruscamente el Fondo Monetario Internacional pasó a regir, en todo el mundo, la economía de los signos, las finanzas, los grandes desplazamientos crediticios, las olas de los siete mares del dinero. Un rayo unificador cayó sobre el planeta y no hay otra: el globo terráqueo, siderado, se soldó a la eléctrica, se hizo occidental y cristiano de punta a punta. Los japoneses son occidentales y los musulmanes son cristianos; porque es así, o se verán condenados al limbo eterno, quedarán fuera del flujo de la vida que sólo dan los papeles que llevan en su tinta el poder y la riqueza, la sabiduría y la salud, la cualidad de lo cotidiano. Capital de capitales, todo es "Das Kapital" y Marx murió para siempre.
En consecuencia, no resulta sorprendente, ni mucho menos indecoroso, que el principal economista de la coalición de centro izquierda, izquierda o extrema izquierda, explique por TV que el Frente Amplio se dispone a estimular y defender —por todos los medios a su alcance— la ganancia de los inversionistas. Su plan, acordado en un congreso, consiste en atraer a los más grandes capitalistas para que instalen en el Uruguay poderosas empresas, medios de producción de su propiedad (su de los inversores). Es un ejemplo estruendoso de reconciliación cultural. Así pensaron siempre la derecha y el centro del llamado espectro político nacional (que efectivamente es un fantasma): santificar las utilidades (porque si no, el capital se va); halagar a los grandes capitanes de industria, a las multinacionales, a los complejos empresariales provenientes de los países imperialistas. ¿Qué otros hay que tengan capital que interese? Ya no es cuestión de que nos presten los países. Ni nosotros queremos más deuda externa, ni ellos tienen fondos disponibles para ayudarnos a pérdida. Ahora llamamos a los particulares:
—Señores, háganse dueños; vengan, instálense, produzcan y ganen más que en ningún otro lado (si no, se van a ese otro lado).
Tenemos que acostumbrarnos a pensar lo contrario de lo que se dijo durante un largo período de tiempo izquierdista, sobre los grandes burgueses ambiciosos. Ahora son la sal de la vida, traen dinero para invertir. Invertir quiere decir: dar vuelta; hacer que los desocupados trabajen y los quedados dejen de estar quedados.
Y no hay otra: adiós al tango, a la siesta, al boliche y al mate. Eso, o te dejan nomás; te dejan morir de hambre y de atraso. ¿Por qué tienen que compadecerse de los flojos del Uruguay?
Se acabó la lucha de impasses: Pacheco y Seregni, un solo corazón; ahora los dueños de los medios de producción no son, "viles explotadores"; son la gente que este país necesita con una necesidad de vida o muerte.
—Pasen y afínquense. Estén cómodos.
El admirable socialista Felipe González actuó, desde hace mucho, con este realismo práctico y obtuvo un éxito tal que España —después de darnos tanta pena por estar francamente oprimida— empieza a despreciarnos por ser sudacas insolventes.
Claro, la realidad es dura y lo peor: es coherente. No basta seducir a los grandes capitalistas, dueños de los medios de producción; la relación entre la economía real (cosas, productos, bienes) y la economía de los signos (valores, dinero y demás papeles) es de 6 a 1, a favor del mundo financiero. Los inversores vienen, si los bancos y el FMI están contentos (los bancos españoles son los que ganaron más en Europa). Los capitalistas son al sistema financiero como los aviones navales a su nave madre, el portaaviones: vuelan alrededor.
—¿Qué es el asalto de un banco comparado con la fundación de un banco? —escribió Bertold Brecht.
—Querido: el mundo actual es otro y por consiguiente lo tomas tal cual es o lo dejas completamente. Lo único que no se puede, es elegir lo que te gusta y atacar lo demás. Los bancos son como son; te miran desde la cara de un gerente con cara de banco y se van; se van con la música (los dólares) a otra parte.
Al país le convendría que "TODOS" explicaran, ya, lo que NO van a hacer: no van a nacionalizar la banca; no van a penalizar los depósitos (y menos si son en moneda extranjera); no van a reimplantar el contralor de cambios, no van a trabar la salida y entrada de capitales; no van a reponer los tipos de cambio o los permisos de importación, no..., etc., etc.
Va a ser difícil dejar de ser un poquito liberales, si se quiere llegar a ser un poquito menos pobres." (hasta aquí, GUIA FINANCIERA, 22/9/91).
ACLARO. Al revivir esta nota perdida, no estoy reprochando una culpa que de un modo u otro responsabiliza a todos. No sirve de nada reprochar. Nada más lejos de mi intención que hacer baja política partidaria.
Procuro, eso sí, mostrar un hecho colectivo: el anacronismo del pensamiento uruguayo. Hace demasiado, desde la prehistoria de la modernidad, que discutimos diferencias que el mundo tiene resueltas, de manera irreversible.
Acabar con los monopolios, estatales ya fue; es historia universal antigua, aunque entre nosotros el punto agite por enésima vez los grandes titulares.
Ahora "TODOS" menos unos pocos, todos que fueron silenciados.
El Presidente electo habló una vez y dijo todo:
—"El próximo gobierno va a respetar los contratos que el país ha asumido". "No existe la posibilidad de una interpretación distinta".
Y el senador Francisco Gallinal completó el cuadro:
—"El Presidente de todos los orientales no será rehén de su propia fuerza política, ni de intereses sindicales o sectoriales que le achiquen la visión grande. Tenemos la responsabilidad de asegurar sus resoluciones cuando procuren defender la seguridad jurídica, buscar la inversión o generar ámbitos de estabilidad y de tranquilidad para los próximos años".
¡Loada sea la actualización del pensar uruguayo! Acabamos de superar 8 años de retardo.
En 1996, los grandes países de Europa eligieron gobiernos socialistas y los socialistas (Prodi, Blair, Jospin, Schröder) hicieron la reforma inevitable, la reforma neoliberal que de inmediato también abarcó a China continental (Jiang Zemin). Todos quedaron mejor que nosotros, aplastados por el plebiscito de 1992 que se repitió una y otra vez, hasta el año pasado.
CODA CON CODO. No puede terminar esta nota sin marcar una separación entre dos maneras de postergar la modernidad. Se manifiestan del mismo modo, las dos se equivocan, pero la motivación es radicalmente diversa.
1) Hay un convencimiento de origen filosófico: marxistas que no dejan de ser marxistas, haya pasado lo que haya pasado en la Unión Soviética o en China comunista. Conservan intacta la doctrina del maestro y bregan por la justicia social y un Estado totalitario. Responden a una concepción del mundo. Hay un credo marxista, un componente de fe en la utopía, algo religioso.
2) Por otro lado, las asociaciones de funcionarios públicos usan, para sus maniobras corporativas, la terminología marxista, bregan por mantener los medios de producción en manos del Estado, pero incurriendo en una falsificación verbal.
Las palabras son las mismas que emplean los creyentes de la utopía, pero la realidad de la cual parten no es la misma.
Los sindicatos de funcionarios invocan la solidaridad, la dignidad, las razones de clase, la lucha de los más infelices que habrán de ser los más privilegiados, pero no son infelices. Al revés, los burócratas de los entes autónomos o de los municipios son trabajadores que trabajan menos, que ganan más, que gozan de inamovilidad y que, para mantener estos privilegios, le imponen a la sociedad (a los demás trabajadores) mayores impuestos o precios abusivos derivados del monopolio. Allí no hay filosofía, hay un curro disimulado.