Miguel Carbajal
No es la única, pero es una de las más llamativas. En la vidriera de una ferretería del centro de Rosario, de pronto remozado y resurgido de las cenizas a causa del "milagro" de la soja, cuelga un cartel con una lengua rosada, afelpada, gorda, y abajo una leyenda: una especialidad rosarina. Por algo Fontanarrosa vive en esas latitudes. La hermosa ciudad ribereña —algo tórrida para los montevideanos acostumbrados a la bendición de la brisa marina— figura en el mapa mundial después de siglos de ostracismo. La ha puesto de moda la tercera edición del Congreso Internacional de la Lengua Española, un encuentro que demuestra el descentralismo de la cultura argentina. ¿Se imaginan una cita similar en Porongos? Y elijo Flores con premeditación porque otros departamentos descubrieron hace tiempo la manija de los festivales.
Lo de Rosario es distinto: algo así como si Spielberg fuera el padrino del Festival de Cinemateca, de pronto por encima de Cannes y Venecia. Los propios Reyes de España estuvieron en la inauguración y no es el caso de admitir el cholulismo después de años de batallar contra el bastardismo periodístico de la revista "Hola". No se reivindican los blasones reales sino la autoridad moral de los últimos Borbones volcados al servicio de las grandes causas. Eso es pregonar con el ejemplo. Y no zambullirse en la repartija.
Y bueno, vinieron Juan Carlos y Sofía, habló el titular de la dinastía y el público lo ovacionó de pie en el teatro El Círculo. Fue un orgullo de bienvenida. El congreso es un orgullo y después habrá que aguantar a Gandolfo cuando se ponga insoportable. ¿Cuánta responsabilidad le cabe en el evento? De seguro hubo desajustes pero aspectos de la organización y de la promoción han sido restallantes. Y un poder de convocatoria que debe despertar envidias.
No fue Onetti porque está muerto. Y de vivir no abandonaría su cama. El resto asistió todo. Con excepciones que hacen a la regla. Acudieron el portugués Saramago, el español Juan José Millás, el nicaragüense Ernesto Cardenal, el chileno Jorge Edwards y desde luego que el argentino Ernesto Sábato. Es una lista parcial y alberga un único Premio Nobel pero los Premios Nobel en habla hispana siempre escasearon, aunque Benavente fue una de las primeras designaciones en el rubro. Y el día que se junten los otros se parecerá, por lo políglota y lo exótico, más a un acto del Cirque du Soleil que a un simposio literario.
¿Y García Márquez? Es el "gordo" de fin de año de los Nobel y contribuyó al Congreso aún ausente. En realidad el verdadero marketing del Congreso (¿a quién se le ocurrió?) fue armar un escándalo en torno al colombiano. Corrió el rumor que no lo habían invitado, otro sobre que no iría de presentarse Vargas Llosa, que sospechosamente no está, aunque sobren las excusas, personales y de grupo, sobre esa omisión. Se documentó incluso que Cristina Fernández, la mujer del Kaiser, había invitado a García Márquez por teléfono y que se abría la posibilidad por ahí de un regreso nunca concretado a la Argentina. Se sabe que está enfermo. Y entre esos dimes y diretes el Congreso se volvió notorio. Y a eso se le agregaron los brillos y los escándalos de último momento.
En realidad la gran estrella del Congreso fue Carlos Fuentes, el hechicero. Es uno de los grandes escritores de América Latina, irregular pero de primera línea en cualquier parte, y una personalidad magnética. En aquel famoso encuentro de Chile, en donde se cocinó el "boom" de los Sesenta, Fuentes enamoró (en un sentido metafórico) a los críticos más ácidos del continente. Fue encantador, dilapidó "charme" y conquistó a los chilenos con alevosía, porque vivió en Chile y conocía el paño. Vivió en la Argentina e hizo lo mismo ahora. Es un encantador de serpientes. Están enumerados algunos brillos del Congreso, pues. ¿Y el escándalo? Eso lo proporcionó Torcuato Di Tella. El próximo capítulo narrará desde adentro las peripecias finales del rey de la lengua larga.