Miguel Carbajal
Es delicioso, leve como una capa de hojaldre y romántico como María de Jorge Isaacs. No es lo mejor de pronto (o lo es) pero resulta la obra de un maestro sin claudicaciones y el hombre de letras que mayor influencia ha tenido en el continente. No hay otro como él en el terreno literario, su pintura de climas y el imperio de los sentidos. Cincuenta años después de tener la suerte, y el ojo avizor, de tener un tesoro único entre las manos Sudamericana y pone en circulación Memorias de mis putas tristes. No hay que perder las joyas de familia.
García Márquez, Vargas Llosa, Carlos Fuentes y otros pocos justifican el "boom" latinoamericano que sacudió los Sesenta y tuvo detrás el apoyo decisivo de Emir Rodríguez Monegal, anatemizado por la izquierda que encabeza Angel Rama con bríos que después perdió y nunca reconocido del todo. Antes de salir Cien años de soledad ya era un hito. En "Mundo Nuevo" habían adelantado un fragmento, abonando el terreno, advertido sobre la existencia de un realismo mágico que el autor había delineado en piezas anteriores y parecía ser un esfuerzo más poético y sobre otras coordenadas que las que utiliza Alejo Carpentier, y puesto de pie en el mapa a Colombia. Lo suyo es un prodigio se presagió. Y lo fue. Cuando Cien años de soledad irrumpe en Buenos Aires pretexta la aparición de García Márquez en la tapa de "Primera Plana", la publicación que había revolucionado con sus novedades el periodismo local. Era brillante, ágil, bien informada, escrita por gente de talento probado e ideológicamente resbaladiza. Tenía entre sus filas gente progresista y ambiciosa como Tomás Eloy Martínez y escondía en sus entrañas un acuerdo con los militares golpistas y quienes los fomentaban. Desde sus páginas el indescriptible Mariano Grondona anunció el día y la hora del levantamiento de Onganía cuando castigan la nobleza de Italia. Era un bocado irresistible para la "intelligentzia" rioplatense y el snobismo de todos.
El dato forma parte del folklore doméstico. García Márquez viaja como un desconocido escudado en su guayabera caribeña y su sonrisa de moreno feliz. Es caucásico, se sabe. Cuando arriba a Buenos Aires es una celebridad que reconocen hasta los taxistas. Buenos Aires es proclive a la hospitalidad. De su paso por una ciudad que la consagró y a la que no regresó jamás, ingrato o como si no hubiera perdonado la culpa del éxito, perduran protagonistas y testigos. Y lo que recuerdan es su buen humor, su talante cambiante, su pachorra, su disfrute conyugal y cierta inclinación por los efectos teatrales. Acentuó varios de esos rasgos mientras creció la leyenda y llegaron a compararlo como el único ser vivo capaz de competir con Cervantes. Lo que es un anacronismo pero también una temeridad.
Mientras tanto Rodríguez Monegal alimenta desde París los fogones del "boom" cercado por el asedio de Cabrera Infante y Severo Sarduy, ingeniosos pero indignos de Lezama Lima. Porque el "boom" beneficia a varios, como el chileno Donoso y parcialmente el mexicano Rulfo, pero se mueve al margen de figuras consulares como Borges y Onetti y Guimaraes Rosa, sepulta el costumbrismo de Rojas, Icaza, Ciro Alegría esa gloria de los Cuarenta que fue Gallegos y Asturias y su Premio Nobel y corre por delante del indigenismo hasta el hueso de Arguedas.
En los inicios, Vargas Llosa parece ser el único que le plantea lucha pareja. Tiene un pasado periodístico notorio, un pasaje por París y la apariencia de un mancebo. Es la fotogenia del "boom" y el primero en caer en la rutina editorial. Un título anual es demasiado para cualquiera, como lo revela el desgaste de Saramago. García Márquez en cambio se administra, se esconde en el misterio, reaparece memorable en El amor en los tiempos de cólera. Estoy en Bogotá durante su lanzamiento, aspiro a una primera edición pero mis tareas periodísticas me ocupan hasta la tarde y me pierdo el tiraje inicial. Memorias de mis putas tristes sale con un millón de ejemplares en el mercado hispano y se vende como pan caliente. Lo envidian hasta los "best-sellers".