Nosotros respetamos la veda, mire ya guardamos todo y apenas los señores de acá terminen la cerveza ya cerramos también". Eran las 19.45 del sábado, la veda alcohólica había entrado en vigor hacía quince minutos. El dueño del Bar Valentín, frente al viejo edificio de Aduana en el puerto, se apresuró a hacer las precisiones.
El clima poco hóspito para salir en la noche previa a las elecciones no contribuyó a llamar a los habituales clientes de boliches. En cambio en las calles el bocinerío de los autos y las banderas eran la tónica dominante.
En algunos bares se recurrió al viejo truco de la taza de té, infusión que ayer pareció haber conquistado repentinamente más adeptos que lo usual. En otros, simplemente, se atenuó la luz o se bajaron a medias las cortinas. También es cierto que entrada la noche del sábado muchos bares optaron lisa y llanamente por cerrar.
La medida tradicional antes de las elecciones y que rige por 24 horas desde las 19.30 de ayer a igual hora de hoy fue, en general, respetada por todos los comercios. Aquellos que, sin ser bares, venden también bebidas alcohólicas en la zona del Centro dejaron de hacerlo después de la hora señalada.
Durante la semana pasada la Policía envió a los efectivos de cada comisaría a visitar los establecimientos y recordarles que entre sábado y domingo no podrían vender bebidas con alcohol. En realidad las normas existentes no marcan una sanción determinada para quienes violenten la prohibición temporal, sin embargo y en grandes líneas se cumple.
MOVIDA. Al caer la tarde las mesas en el Mercado del Puerto están poco concurridas. También los bares y pubs de Ciudad Vieja que, en las calles peatonales, mostraban sus mesas vacías. "En general la gente viene más tarde, desde las diez en adelante, pero hoy no sabemos qué vamos a hacer con la veda alcohólica porque nosotros es lo que más vendemos", comentó la camarera de un pub sobre la calle Bartolomé Mitre.
Los taxistas de la esquina de Sarandí y Mitre dicen que, en realidad, la "movida" fue el viernes. "Ayer sí (por el viernes) esto era impresionante, y se veía que la gente tomaba mucho", comentó el taxista que hacía punta sin mucha fe en la breve fila de coches.
La hilera de pubs que compone el circuito de boliches de la Ciudad Vieja se mostraban casi desiertos. Aquí y allá alguna mesa ocupada. Para las confiterías y pizzerías la presencia de público era algo mayor.
BOLICHES. El bar Valentino y El Perro Que Fuma son dos tradicionales de la Aduana. Ayer el segundo bajó las cortinas poco después de las siete y media de la tarde, aunque todavía había gente en su interior.
El dueño del Valentino se apresura a declarar su condición de respetuoso de las leyes y normas apenas los periodistas le piden permiso para tomar una fotografía desde el interior de un lugar tan típico del casco viejo de la ciudad. "Nosotros respetamos", dice y señala un cartel que sentencia: "Prohibido fumar", que tapa las botellas que integran el ranking de las más solicitadas. Muestra las cajas donde ha comenzado a cargar botellas: "Estas ya me las llevo también, para que no me las roben, porque acá no se puede dejar nada al descuido".
Cuatro parroquianos que, con sus bolsos a los pies, apuran los últimos tragos de una cerveza también quieren borrar toda duda. "Nosotros terminamos esta y ya nos vamos, cada uno a su casita que mañana hay que votar", dice el cívico bebedor.
Mientras en las calles los autos pasan con bocinas abiertas y haciendo ondear banderas, tricolores en su amplísima mayoría, en los boliches parece latir otro país, más calmo, reflexivo. Como un último islote donde los montevideanos piensan sobre las cosas de la vida y esperan.