Los restos de Aparicio

El enorme Caudillo, de cuya desaparición física se están conmemorando los primeros cien años, luego de herido en Masoller fue llevado en precarias condiciones hacia territorio brasileño y allí hasta la estancia de los Pereira de Souza.

Pese a los esfuerzos médicos y al desvelo en su atención, Aparicio no pudo sobrellevar aquella herida y expiró el 10 de setiembre de 1904. La Revolución estaba en medio de una agitada confusión y los jefes divisionarios aún discutían si debían seguir luchando o era necesario el acuerdo de paz, que fue lo que finalmente se decidió.

Fue así que sus restos fueron sepultados en el cementerio privado de la estancia y con ello la familia Pereira de Souza, uno de cuyos integrantes, el coronel Pereira de Souza era distinguido con el apodo de "El Tigre de Caty", ganó para siempre el agradecimiento inmenso de la colectividad blanca.

En 1920, asumió la presidencia del Directorio Luis Alberto de Herrera, acompañado por Aureliano Rodríguez Larreta y Roberto Berro en las vicepresidencias, por L. Enrique Andreoli y Arturo Puig en la secretaría y los vocales Luis E. Segundo, José R. Amargós, Pedro J. Etchemendy, Ismael Cortinas, Escolástico Imas y Guillermo L. García.

Apenas tres días antes de conmemorarse el 16º aniversario de la partida de Aparicio, el Directorio resolvió repatriar los restos, aquellos restos sagrados que aún permanecían en Brasil, gracias a la generosidad de los Pereira de Souza. Fueron necesarios muchos aprontes pues aquello significaba un enorme paso. El repatrio de un héroe, del hombre que luchó abriendo el camino al voto secreto, a las libertades públicas debía estar rodeado de la solemnidad y honor que merecía —y sigue mereciendo— no sólo de la vieja y tradicional colectividad blanca, sino de miles de uruguayos que sin integrar esas filas, admiraban y admiran esa figura enorme, de una transparencia cristalina que, no sólo ofreció su vida y sus bienes en pos del Ideal sino que a ello agregó la vida y los bienes de sus hijos.

Una comitiva encabezada por el Directorio e integrada con representantes de la Convención, de las Comisiones Departamentales, del Comité de Guerra del 97 y del 904 y de los Servidores de ambas Revoluciones, ubicados éstos en lugar de privilegio en la gran columna popular, partió hacia Rivera, donde fue recibida por la departamental que presidía Rodolfo Canabal en cuyo auto —precisamente— un Paige del 19, serían traídos los restos desde la estancia hasta la capital riverense.

Hubo discursos al abrir la sepultura. Hubo agradecimientos a la señora viuda de Pereira de Souza y a sus hijos. Al llegar a Rivera, una primera multitud esperaba el arribo. Al otro día, en la mañana, partió el tren hacia Montevideo. Los acontecimientos superaron todas las previsiones. Miles y miles de orientales llegaron a los costados de la vía férrea. El tren a casi paso de hombre permitía que las flores blancas cayeran sobre los vagones. Un vibrante agitar de pañuelos blancos fue saludando a través de los largos quinientos quilómetros, y lágrimas de hombres y mujeres cayeron junto a los vivas a Aparicio.

Montevideo lo recibió en la misma forma. La capital a la que nunca quiso llegar aun cuando sus fuerzas victoriosas estuvieron en los límites, porque quería las libertades y no el poder, rindió extraordinario homenaje al Caudillo, abriendo sus brazos a tan entrañable figura, ahora un recuerdo imperecedero.

Por eso, hace pocas semanas, los actos recordatorios del centenario de la muerte de Aparicio, se convirtieron en la gran manifestación del año. Y seguirán convirtiéndose, porque Aparicio Saravia muerto, vive en la memoria de su pueblo.

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