Antonio Mercader
Las primeras víctimas del nuevo Solís son tres poetas nacidos en Uruguay, consagrados en Francia y evocados a perpetuidad en una bellísima escultura que se alzaba a espaldas del teatro, en Juncal y Reconquista. Por la noche callada, previo a la versallesca reapertura de la sala, una cuadrilla municipal sustrajo del lugar la mera memoria de Lautreamont, Laforgue y Supervielle, los tres montevideanos que dejaron su impronta en la poesía francesa.
El motivo de esa escultura es la nave de Lutecia, símbolo del eterno viaje de ida y vuelta de los tres escritores uruguayo-franceses.
Cómo y por qué se consumó esta irreverencia es algo que conviene desentrañar antes que lleguen los reclamos de Francia y de los admiradores que el trío convoca en el mundo entero. Porque la escultura de Guy Lartigue, traída a Montevideo en 1969 por el entonces alcalde de París, Bernard Rocher, no fue ubicada junto al Solís por azar como algún recién llegado podría suponer. No, allí la pusieron y allí estuvo en los últimos 35 años porque la calle Juncal, la Ciudad Vieja y el propio Solís tuvieron un significado particular en la vida y obra de los tres poetas.
En la calle Juncal, justamente, nació Jules Laforgue. A corta distancia estuvo la casa natal de Isidoro Ducasse, conde de Lautreamont, y no muy lejos, la residencia en donde viviera Jules Supervielle. Tan impregnado está el sitio con el recuerdo de los poetas que, al inaugurarse la escultura, la celebración culminó en el propio Solís, a sala llena, con la Comedia Nacional recitando en pleno el segundo Canto de Maldoror, la obra cumbre de Lautreamont, la que lo identifica como padre del surrealismo. Alberto Candeau, Enrique Guarnero, Maruja Santullo, Horacio Preve, Estela Castro, Juan Jones y Jorge Triador fueron las memorables voces de la gala que nuestros actores brindaron a los tres escritores, precisamente desde las tablas del máximo escenario uruguayo.
Ahora, vaya uno a saber por qué capricho municipal, la nave de Lutecia que inspiró esos despliegues artísticos, encalló lejos del Solís, en un rincón ignoto de una plazoleta del Buceo, eso sí, a corta distancia del liceo Francés, como si la vecindad con ese centro educativo justificara una mudanza injustificable. Con ese criterio habría que proponerle a la Intendencia que la estatua del Dante fuera trasladada desde el frente de la Biblioteca Nacional a las cercanías de la Scuola Italiana, la del buen Sócrates al lado de la escuela Grecia, y así sucesivamente.
Habría que dejarse de zonceras y devolver la escultura a su emplazamiento original junto al Solís, como quisieron los autores del homenaje a tan ilustre sociedad de los poetas muertos.
Mariano Arana, cuya fascinación por la Ciudad Vieja y por París está más que probada, debería ser el indicado para enmendar este agravio a la cultura perpetrado bajo su égida.