"Bartolomé Mitre forma parte de mi memoria. Aquí en este mismo lugar mis suegros tenían una casa de antigüedades, Saint Michel, y yo venía muy seguido. Cuando se cerró, el local estuvo cuatro años sin ser alquilado, hasta que hace un año y medio cambié mi vida: del área de la informática pasé a la tradición familiar. De vivir enloquecida por la obsolescencia, pasé a vivir de la obsolescencia.
No puedo negar que ver tanto movimiento me impulsó a decidirme, porque la calle que yo conocí era más tranquila, más coloquial, y de repente se produjo este fenómeno urbano.
A pesar de algunas críticas, la movida de la calle me parece sensacional, y aparte se dio en muy poco tiempo. En la cuadra sobraban los locales cerrados o para alquilar: ahora no queda nada. Hay una vida nueva en la Ciudad Vieja desde que se produjo esta combinación entre el entretenimiento de los bares y restoranes y el refinamiento de los anticuarios. Yo pienso que la gente que se queja es porque no debe de haber viajado: en todas las grandes ciudades del mundo existen zonas o calles o barrios donde se aglutinan estas diferentes tentaciones tanto para el habitante como para el turista".