Lecciones de la retirada de España de Irak

| Los españoles redujeron su horizonte internacional, asumieron un rol secundario y se excluyeron de los grandes acontecimientos mundiales

El señor Zapatero tocó a retirada a una impresionante velocidad. Fue lo primero que hizo cuando llegó a La Moncloa. Lástima que la prisa nunca sea elegante, escribió un lloroso poeta enamorado. Pero todavía fue más allá: alentó al presidente dominicano Hipólito Mejía y al hondureño Ricardo Maduro para que siguieran su ejemplo, y —si es exacta la información aparecida en "La Razón" de Madrid— secretamente les pidió tregua a los combatientes iraquíes para expatriar las tropas españolas sin arriesgarlas en más batallas.

Zapatero piensa que ésa no es su guerra. La verdad es que el 80 por ciento de los españoles creía lo mismo cuando el anterior gobierno decidió respaldar a Estados Unidos. Y también es cierto que esa ha sido la actitud tradicional de la sociedad española a lo largo del siglo XX. España fue neutral en las dos guerras mundiales y, a principios de los ochenta, no resultó nada sencillo incorporar el país a la OTAN. Hubo resistencia a la derecha y a la izquierda del espectro político.

¿Por qué? Porque España fue un gran imperio que se fue apagando lentamente a lo largo de varios siglos. En el XVI era el poder dominante en medio planeta. A mediados del XVII comenzó su declive. En el XVIII, tras la entronización de los Borbones, se subordinó intelectual y en gran medida políticamente a Francia. Finalmente, los coletazos de la revolución francesa y la invasión napoleónica de principios del XIX desorganizaron el gobierno, empobrecieron al país y lo sacaron totalmente de la primera línea de las naciones de Europa. Los españoles, en consecuencia, redujeron su horizonte internacional, asumieron psicológicamente un rol secundario y se excluyeron de los grandes acontecimientos mundiales, desde entonces dominados por Francia e Inglaterra, países a los que posteriormente se sumaron Alemania, Japón y, con una fuerza arrolladora, Estados Unidos.

Cuando José María Aznar decide prestarle apoyo político a George W. Bush en su guerra contra Saddam Hussein, lo hace —y lo dice— persuadido de que es vital salvar la alianza trasatlántica que le ha dado firmeza a Occidente a lo largo del siglo XX. La existencia de armas de destrucción masiva es el argumento de Bush. El de Aznar es otro paralelo: le parece que la posición de Francia y Alemania en Naciones Unidas pone en peligro unos nexos vitales para la seguridad del mundo libre debilitando peligrosamente los lazos entre Europa y Estados Unidos. En ese momento Aznar, que preside la octava potencia económica del mundo, y que ha visto como su país daba el salto hacia la prosperidad de las naciones desarrolladas, ha hecho suya la visión estratégica de Winston Churchill tras la Segunda Guerra Mundial: Londres debe mantener a cualquier costo sus lazos con Washington, pues en ello pudiera irle su supervivencia. Donde Churchill ponía "Londres", Aznar anotaba "Madrid" o "Europa".

El problema es que ese razonamiento, aunque tal vez era correcto desde el punto de vista estratégico, resultaba ajeno a las percepciones políticas convencionales de un pueblo que ha perdido cualquier pulsión belicosa, que no pedía ni quería responsabilidades internacionales, y mucho menos junto a Estados Unidos, país por el que no sentía ninguna especial simpatía, como demuestra el intenso grado de rechazo a los norteamericanos que demuestran las encuestas del prestigioso Centro de Investigaciones Sociológicas de España, sólo superado por el que se les tiene a los marroquíes.

Pero si los españoles deben meditar cuidadosamente sobre este episodio, son los norteamericanos quienes tienen que sacar al menos tres conclusiones muy importantes. La primera, es que, lamentablemente, las alianzas bilaterales que se establecen para hacer frente a problemas coyunturales no se forjan entre países sino entre gobiernos frágiles que cambian de signo y de estrategia. Lo que acaba de ocurrir con España mañana puede suceder con Italia. La segunda, es que la fórmula para evitar esas "deserciones" es concertar los acuerdos dentro del marco de un organismo internacional vinculante como la ONU, la OEA o la OTAN. La tercera, es que no es posible, como quiere Estados Unidos, estrechar vínculos multilaterales que le den solidez a sus iniciativas internacionales y, simultáneamente, mantener su derecho a actuar por cuenta propia y sin el consentimiento internacional si cree que está en juego su seguridad nacional. Esos pactos inevitablemente conllevan una pérdida de autonomía y una búsqueda de consenso.

En todo caso, si Estados Unidos, en su lucha contra el terrorismo, no quiere o puede recurrir a unas instituciones internacionales que fueron creadas para otros fines y en otras épocas, acaso lo más prudente es que le dé vida a una nueva organización capaz de hacerles frente a los retos con que comienza el siglo XXI. En 1949, cuando fue necesario "contener" el espasmo imperial de los soviéticos, Estados Unidos, muy exitosamente, estableció las bases de la OTAN. Tal vez ahora tendrá que hacer algo parecido para encabezar la lucha contra el terrorismo.

© Firmas Press

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