THE NEW YORK TIMES
En estos tiempos de militarismo desenfrenado y de matanzas en serie, cuando hasta el adorado embajador de la paz, el Dalai Lama, dice que puede ser necesario enfrentar el terrorismo con violencia, resulta justo preguntar: ¿La humanidad está condenada? ¿Nacimos para el campo de batalla por ser congénita y hormonalmente incapaces de dejar de lado la guerra? ¿No hay alternativa para la trampa con agujeros de bala o un Plan Marshall para nuestro ADN?
Quizás Platón tenía razón cuando preguntó: "¿Sólo los muertos han visto el final de la guerra?"
En la alentadora opinión, aunque se admita que sea provisoria, de una serie de investigadores que estudian la guerra, la agresión y las raíces evolutivas del conflicto, no estaban en el centro del pensamiento. Como los expertos lo ven, la sed de sangre y el deseo de librar la guerra no son, de ninguna manera, innatos. Por el contrario, estudios recientes en el campo de la teoría de las especies muestran la espontánea disposición que tienen los seres humanos para establecer redes cooperativas unos con otros, y con qué rapidez esa estrategia de cooperación alcanza al punto de la llamada fijación. Los investigadores sostienen que no se necesita ser un iluso, ni un hippie veterano para imaginar un futuro de la humanidad, en el que la guerra sea infrecuente y universalmente condenada.
Destacan que la esclavitud fue, durante mucho tiempo, un hecho de la vida aceptado. Si un bando perdía la batalla —mala suerte— las esposas y los hijos eran enviados a otros lugares como esclavos. Ahora, cuando casos de esclavitud aparecen en las noticias, son considerados perversos e indecorosos.
El incentivo de hacer de la guerra algo anacrónico es enorme, dicen los investigadores, aunque se preocupan de que puede requerir que se tire otra bomba nuclear en el medio de un campo de batalla antes de que todo el mundo comprenda el mensaje.
"No sé con qué armas se peleará la Tercera Guerra Mundial", indicó Albert Einstein. "Pero la Cuarta Guerra Mundial será peleada con palos y piedras".
Está admitido que hacer la guerra será un hábito difícil de desterrar. "Ha habido muy pocas oportunidades en la historia de la civilización en que no hubo una guerra en algún lugar", sostuvo Victor Davis Hanson, historiador militar de la Universidad del Estado de California, en Fresno. Menciona un breve periodo entre los años 100 y 200 D.C. como quizás el único tiempo de paz mundial, como resultado de que el Imperio Romano tuvo a todos, aunque fuera fugazmente, sojuzgados.
Arqueólogos y antropólogos han encontrado pruebas de militarismo en quizás el 95 por ciento de las culturas que han examinado o desenterrado. Una y otra vez a lo largo de los años, grupos que fueron elogiados inicialmente como tranquilos y amantes de la paz —los mayas, los iKung y los kalahari, así como los samoanos de Margaret Mead— finalmente fueron descalificados por ser no menos bestiales que el resto de nosotros. Unas pocas culturas aisladas han logrado evitar la guerra durante largos períodos. Por ejemplo, los antiguos minoicos que poblaron Creta y las cercanas islas del Egeo, estuvieron 1.500 años libres de batallas. No perjudicó la situación el hecho de que tenían un fuerza armada para frenar a todo aquel con pretensión de conquista.
EXALTACION. Los guerreros con frecuencia han sido los más estimados de una población y la pareja más buscada. No fueron amados sólo por lo que eran, sino que sus lanzas eran buenos accesorios para cortejar. El año pasado, expertos en genética encontraron pruebas de que Genghis Khan —el emperador mongol del siglo XIII— fue padre de tantos hijos a medida que se abrió camino con violencia por Asia, que 16 millones de personas —equivalentes a medio punto porcentual de la población masculina del mundo— podrían ser sus descendientes.
Se ha dado un carácter romántico a las guerras, las que también han sido sujeto de un interminable ovillo, a través del tiempo y de distintas culturas, de poemas, canciones, obras teatrales, pinturas, novelas y películas. El campo de batalla es elevado a una categoría mitológica como el horno en el que se forjan el carácter y la nobleza. Y qué emoción puede deparar. "El impulso a la guerra es una adicción poderosa y con frecuencia letal", escribe Chris Hedges, un periodista de The New York Times que ha cubierto varias guerras, en su libro "La guerra es una fuerza que nos da significado". Sostiene que a pesar de la destrucción y las matanzas, la guerra "puede darnos lo que deseamos en la vida. Puede darnos un propósito, significado y motivo para vivir".
Los humanos no son los únicos grandes antropoides que disfrutan de ese elixir. Los chimpancés comunes —que tienen un 98 por ciento de genes humanos— también libran guerras. Bandas de machos que son vecinos se encuentran en la frontera de sus territorios con el único propósito de exterminar a sus rivales. Tantos machos mueren en las batallas que entre los chimpancés adultos, hay dos hembras por cada macho.
Hay otras drogas en el mercado y otros comportamientos para saciar a la bestia salvaje. El Dr. Frans de Waal, experto en primates y profesor de sicología de la Universidad Emory, destaca que una especie diferente de chimpancé —el bonobo— prefiere el amor por sobre la guerra, y utiliza una serie de actos sexuales para resolver cualquier problema social que surja. Combates en serio por parte de los bonobo son infrecuentes y en consecuencia, hay un macho por cada hembra. Los bonobo están tan estrechamente relacionados con los humanos como los chimpancés comunes.
Ni siquiera la cualidad ubicua de la guerra en la historia de la humanidad impresiona a los investigadores. "Si se tiene en cuenta que fue sólo hace 13.000 años que descubrimos la agricultura, y que la mayor parte de lo que llamamos historia de la humanidad ocurrió desde entonces, se advierte el poco tiempo que hemos tenido para trabajar por la paz global", manifestó el Dr. David Sloan Wilson, profesor de biología y antropología en la Universidad Binghamton, en Nueva York. "Hemos tenido muy poco tiempo para trabajar para la paz global".
TERRIBLE. En ese breve período, el tamaño de los grupos que cooperan ha crecido de manera sostenida, y más pacífica. Quizás 100 millones de personas murieron en las guerras del siglo XX. Sin embargo, el Dr. Lawrence H. Keeley, profesor de antropología en la Universidad de Illinois, en Chicago, ha estimado que si la proporción de muertes en la era moderna equivaliese a las ocurridas en varios conflictos entre grupos preindustriales, entonces el número de muertos llegaría a 2.000 millones.
En efecto, los temperamentos nacionales parecen capaces de cambios rápidos y radicales. Los vikingos masacraron y saquearon; sus descendientes en Suecia no han peleado una guerra en casi 200 años, mientras los daneses guardan su espíritu de combate para negociar mejores paquetes turísticos en las vacaciones. Las tribus de las zonas altas de Nueva Guinea eran famosas por guerras a pequeña escala, indicó el Dr. Peter J. Richardson, experto en evolución cultural, de la Universidad de California, en Davis. "Pero, cuando después de la Segunda Guerra Mundial, patrullas de la Policía australiana le dijeron a la gente que no podía seguir peleando, los habitantes de Nueva Guinea consideraron que era una actitud maravillosa", dijo Richardson. "Estaban encantados de tener una excusa".
Wilson cita los resultados de la teoría y experimentos de los juegos: los participantes pueden adoptar una estrategia de engaño para tratar de ganar más, pero corriendo el riesgo de todos pierdan, o una estrategia de cooperación, que traerá una recompensa más pequeña, pero también más confiable. En laboratorios alrededor del mundo, los investigadores han descubierto que los participantes implementan una estrategia mutuamente beneficiosa, por la cual quienes cooperan son premiados y quienes no cooperan son sancionados. "Muestra de manera muy simple y poderosa que es fácil obtener cooperación para evolucionar hacia la fijación, para que sea una estrategia exitosa", indicó. No hay evidencia cuantificable ni sustento teórico en favor del "Hombre Guerrero".
De Waal y otros consideran que la manera de fomentar la paz es alentar la interdependencia entre las naciones, como se hace en la Unión Europea. "Imagínese si Francia invadiera Alemania ahora", dijo. "Eso alteraría todos los aspectos de su mundo económico, el menor de los cuales no es su dependencia del flujo de turistas germanos. No se trata de que todos los europeos se quieran. No se está promoviendo el amor, sino el cálculo económico".