Miguel Carbajal
Brasil es el Carnaval. El fútbol vendrá después, un poco antes de la canonización de los Pedro y la digestión de un pensamiento antimalthusiano: cuando un país es grande, territorial y numéricamente, terminará siendo grande en lo demás. El paradigma del gigantismo es China: pasó en menos de un siglo de territorio de las hambrunas endémicas, y una especie de maldición antropológica tipo Africa, a ser la potencia del futuro. Brasil anda en los mismos pasos. ¿Qué otro país hubiera resuelto la igualdad del tratamiento en el fichaje de los pasajeros que viajan? Nadie es tan fuerte para lograr eso, pero Brasil es lo suficientemente numeroso para permitirse cierta arrogancia de gestos. Así sea un disfraz. Porque si alguien se hubiera permitido en EE.UU. el atrevimiento de exhibir el ademán obsceno que concretó en San Pablo el piloto de American Airlines hubiera terminado en Guantanamo. Eso es el poder en serio. Lo otro son sólo simbolismos.
Hasta el final de los Cincuenta a la música brasileña no se la oía. Sólo funcionaba como un fenómeno visual. Eran años donde las parejas mantenían el abrazo (había dos: el decorativo, y el real peligrosamente subiendo y bajando por la espalda) que el tango articulaba y desarticulaba como un instrumento erótico. Al final de la fiesta, cuando los ánimos estaba caldeados y la muchachada había perdido timidez mientras cargaba combustible, se lanzaba al ruedo la música brasileña y se concretaba la farándula que serpenteaba de mesa en mesa sumando gente hasta formalizar una boa. Ya despuntaba el fenómeno cultural de Bahía pero lo único que se registraba eran los malentendidos de la alegría. Aunque los acordes fueran otros lo que se armaba era una imitación ruidosa de Escuela de Sirenas. Y el ritmo de un carnaval carioca que todavía no había descubierto Julio Alonso.
Ahora el Carnaval es el negocio turístico y la música la producción cultural. Marisa Monte es la actual estrella, el fenómeno en vigencia y ebullición. María Bethania y Gal Costa, dos glorias, son por un lado parámetros y por otro señoras mayores con el encanto y la gracia un poco empolvada que exhibían las mascaritas vestidas de marquesas que se sentaban en las carrozas como si fueran adornos de confite. Cuesta adjudicarles ese papel a voces que sonaban como vendavales un par de décadas atrás. Pero la vida sigue.
Elis Regina sigue siendo la referencia mayor. Elsa Soares, que para el imaginario colectivo es la garganta profunda de Brasil y no sólo por su famoso romance con Garrincha, se mueve como un mito recurrente.
El país entero es una caja de música. Caetano es el lirismo, Gilberto es la emoción (y ahora también el poder), Chico Buarque la inteligencia musical, Ney Matogrosso la imaginación, el desprejuicio y curiosamente (o no) el cateter que explora mejor el universo femenino; Tom Zé las raíces; Zelia Duncan, Rita Ribeiro y Adriana Calcanhoto las ambiciosas que acechan a la Monte; Daniela Mercury el prototipo del "axe music" que suena como comercial para los puristas. Hay de todo. La marginación del idioma lo pone a salvo de los asedios de la peor música latina pero también acentúa su pintoresquismo, lo que se traduce en algunas particularidades. Los Pagode constituyen la cumbia brasileña, el sertanejo es la moda "country", Paralamas, Titás y Lobaó sobreviven al rock; Hermeto Pascoal, Itamar Assunao, Egberto Gismonti y Naná Vasconcellos son la vanguardia; Nascimento el corazón, Roberto Carlos sigue siendo increíblemente el rey y ahora inventaron el mercantilismo de Alex Pires, el carbónico de los falsos románticos que comanda Luis Miguel. Es el negro que enloquece a las blancas. Si la sensualidad es un ingrediente del marketing hay que utilizarla. Les da para todo.