Para muchos, el plebiscito es otro síntoma de la pasión uruguaya por la deliberación y la retórica, en desmedro del frío análisis de los hechos y de la acción constructiva. Este episodio político revela la predilección nacional por el enfrentamiento y la polarización ideológica. En otras épocas, esa actitud, que pone énfasis en el "nosotros y ellos", en lugar de acentuar el "todos juntos", pudo haber sido una ocupación más o menos inocua. Mientras la sociedad debatía, el campo generaba riqueza, las vacas se multiplicaban y las ovejas producían sus vellones para los mercados en el exterior. Mercados cuya demanda era aumentada, de tiempo en tiempo, por alguna conveniente guerra. Pero, ¡sorpresa! El mundo ha evolucionado, sin pedirnos permiso. El Uruguay, con sus poco más de tres millones de habitantes, está en una región donde sus vecinos tienen poblaciones de 37 millones (Argentina), 15,8 millones (Chile), 6,2 millones (Paraguay) y 176,5 millones (Brasil). Nuestra sociedad es una periferia que se encuentra inserta entre esos dos grandes campos de fuerza que son el sur del Brasil y el eje Buenos Aires-Rosario. Debido a la emigración, diariamente perdemos una proporción crítica de gente joven, con su energía, conocimientos e iniciativa.
¿Cuál es la actitud racional, para una sociedad enfrentada ante ese panorama? Es posible imaginar muchas estrategias constructivas y realistas. Sin embargo, sospechamos que perder meses y años en discusiones para aprobar un proyecto de ley, y luego dedicar otros tantos meses y años, para dar marcha atrás, no es la mejor estrategia para progresar. La realidad de las cosas es que nuestro país ya no domina su entorno económico, político ni social. La clave de la supervivencia de nuestra sociedad, valores y estilo de vida, se encuentra en la inteligencia de ajustarse al entorno y, como diría un marino de épocas pasadas, en la aptitud y pericia para navegar con cualquier viento, aun de proa.
Si de algo han servido los intercambios de ideas entre quienes impulsan el plebiscito, y quienes son partidarios de mantener la ley, ha sido para aclarar algunos puntos esenciales.
Primero, el Uruguay tiene un mercado interno muy pequeño, especialmente en una época caracterizada por la especialización económica, la concentración industrial y las tecnologías de producción en gran escala. Los habitantes de varios de los departamentos pueden acomodarse confortablemente en el Estado Centenario, y la población de Montevideo es una fracción de la de varias de las grandes urbes en los países vecinos. Ello apareja varias consecuencias objetivas.
Segundo, la única alternativa viable para desarrollar el Uruguay es exportar. Por ello se requiere una capacidad de producción eficiente y con menores costos (incluyendo precios de energía). Pero, ahora, el precio del combustible en el Uruguay es el más alto de la región antes de los impuestos.
Tercero, nuestra sociedad no puede evadir la lógica de la situación. La única forma de bajar los costos de producir el combustible es a través de economías de escala. Para ello Ancap debe conquistar nuevos mercados y asociarse con otras firmas similares, en la región.
Cuarto, la ley objeto del plebiscito no involucra una venta, ni una enajenación a ningún título de Ancap. Es una ley de asociación, en términos extremadamente precisos y que incorpora garantías y controles que tutelan el interés nacional.
Quinto, nuestro país forma parte de una región geográfica, el Cono sur, y de un proceso de integración regional, el Mercosur. Es inevitable que, dentro de muy poco tiempo, deberemos derogar el monopolio de Ancap, nuestros vecinos ya lo han hecho con sus propias empresas petroleras.
La asociación es el mejor instrumento para que el ente se desarrolle en forma sustentable, diversifique su producción, continúe realizando sus aportes a las bolsas del Estado, y asegure precios razonables para el combustible. No podemos seguir discutiendo y debatiendo. Por una vez, miremos al futuro y hagamos algo constructivo. Vote celeste.