El domingo, al cerrar la Expo-Prado, se sucedieron los discursos. En tribuna de dimensión nacional, el Dr. Fernando Alfonso dijo verdades de a puño.
Pidió que dejemos atrás glorias y enfrentamientos: de acuerdo. Propuso un país sin contraposiciones sectoriales.
No sólo clamó contra el peso y el costo del Estado; además, denunció que desde hace años se habla del tema pero no se resuelve.
Se alzó contra la emigración juvenil del campo a Montevideo y de Montevideo al mundo. Con ello se adentró en lo que nos duele a todos.
Mostró cómo se instalaron en el país proyectos que tuvieron su tiempo de expansión y después periclitaron, mientras el agro, con sacrificios y endeudamiento, se mantuvo como la reserva final que, después de todo lo vivido, vuelve a sembrar esperanzas y a evidenciar que hay futuro.
Elevándose por encima de lo gremial o sectorial, afirmó nociones básicas de la vida republicana y el Estado de Derecho, y exhortó a hacer bien y en orden lo que la conciencia colectiva reclama. Dicho lo cual, a diferencia de otros planteamientos, no pidió: ofreció. No fustigó: construyó conceptos. No llamó a los suyos sino a todos.
A su vez, el discurso del ministro Ing. Martín Aguirrezabala se nutrió con una larga nómina de decisiones en favor de ganadería, agricultura y granja .
En clima tonificado por precios y ventas que dejan atrás los años de recesión y crisis, expuso el pensamiento de fondo de quien está convencido de que el Estado debe apoyar pero no sustituir el esfuerzo creador.
Pero no se quejó ni atacó: se comprometió y pidió compromiso.
El martes, en el ámbito recoleto del Rotary Club de Montevideo, el Cr. Juan Eduardo Azzini abogó por restituirle alma a la economía.
Conmovió escuchar, 40 años después, al Ministro que en el primer gobierno blanco del siglo XX ocupó la cartera que se llamaba modestamente de Hacienda —ahora es de Economía y Finanzas— e impulsó la Reforma Cambiaria y Monetaria como una enorme apuesta a la libertad creadora, que uno entendía entonces menos que ahora.
Este culto ex profesor de Contadores y actual profesor de vida se alzó contra el reduccionismo técnico. Restituyó la economía al contexto de ideas, pasiones, afectos y expectativas no siempre materiales que conforman lo humano. Dicho de otra manera: revivió los viejos lazos de la economía con la filosofía del hombre y la libertad. Rescató a la persona, con toda la razón de que es capaz quien, por pensar con luz propia, adquiere una sabiduría que le permite saltar las fronteras de la especialidad y asomarse entero a la vida: con razón, pasión e intuición.
No existe en el Uruguay, hoy, la costumbre de evaluar a fondo los discursos. Conferencias del mejor cuño quedan sin crónica ni repercusión. A muchos les parece que la retórica y el rigor lógico son cosas del pasado, pese a su plena vigencia en las naciones más cultas del mundo. Y a la generalidad, por sucesión de frustraciones, se le ha hecho hábito no tomar en serio las palabras. Sin darse cuenta de que, siendo la palabra nuestro principal recurso comunicador, desvalorizarla es devaluarnos como personas.
No son sólo discursos, son un discurrir. No son sólo conceptos: son un concebir. No se dirigen a la empresa sino al emprender.
Las ideas congruentemente organizadas nos esperan siempre para responder a nuestro pasado con nueva acción y nueva obra.
Con ellas en orden, "a las cosas".