Antonio Mercader
Los sociólogos deberían indagar qué hay detrás del éxito del Día del Patrimonio, la fiesta popular que comienza mañana y se extiende hasta el domingo ¿Por qué razón medio millón de uruguayos se desplazarán este fin de semana en una peregrinación hacia los bienes culturales? Las preguntas se justifican cuando se observa el volumen que ha ido tomando esta celebración desde que fue creada en 1995. ¿Cuál es la tecla que pulsa el Día del Patrimonio? ¿La nostalgia, la adicción por el pasado, la necesidad de una tregua, la búsqueda de la identidad nacional o el afán por congregarnos junto a las cosas que queremos y que nos unen? En alguna de esas motivaciones, o en su mezcla, están las respuestas capaces de explicar la movilización de las próximas 48 horas.
En todo caso, el éxito demuestra que vale la pena conservar el patrimonio histórico y cultural de la nación para que lo disfruten las generaciones venideras. Así lo pensaron hombres como Juan Pivel Devoto y Horacio Arredondo, por ejemplo, quienes actuaron en su tiempo como todos los patrimonialistas, es decir, en constante tensión con los economistas. Es que en el corto plazo, desde una perspectiva económica es difícil justificar emprendimientos como la creación del Museo Histórico Nacional o la conservación de la fortaleza Santa Teresa, obras de Pivel y Arredondo. Empero, en el largo plazo, trabajos de esa envergadura no sólo satisfacen las apetencias culturales sino que suelen ser, a la postre, una buena inversión.
¿Qué debería ser salvado o abandonado en nombre del progreso?, he ahí la cuestión que atormenta a las comisiones de patrimonio. La solución debería provenir de un enfoque doble, económico y cultural a la vez. Si bien nadie puede darse el lujo de ignorar los costos de reconstruir, gestionar o conservar las obras del pasado, es preciso considerar los aspectos culturales. Lo económico siempre es urgente, lo cultural tiene otro ritmo. Un caso lo ilustra. La demolición de la muralla de la Ciudad Vieja de Montevideo erigida por los españoles obedeció probablemente a la humana necesidad de usar sus piedras para construir casas. Si algún Pivel o Arredondo de ese tiempo, mediados del siglo 19, hubiera defendido la integridad de la muralla, lo habrían tildado de demente. Y sin embargo, de haberla conservado, nuestra Ciudad Vieja amurallada sería hoy una atracción del turismo universal. También a mediados del siglo 19, los agricultores holandeses quisieron derribar los molinos de viento, sustituidos por las bombas a vapor. Fue entonces que ciudadanos preocupados por conservar esos vestigios del pasado batallaron por salvarlos y lo lograron. Hoy, los molinos de viento son un símbolo de Holanda y a nadie se le ocurriría derrumbarlos.
Del mismo modo, el patrimonio que este fin de semana será valorizado en Uruguay es fruto del esfuerzo de las generaciones precedentes. Toca a esta generación sostenerlo y ampliarlo, más allá de las dificultades económicas siempre al acecho de nuestra herencia cultural. Por eso sería bueno que el fervor volcado en el Día del Patrimonio se extendiera a los demás días del año, para que murallas y molinos sigan en pie.