RAMON MERICA
El Opus 6 de la familia Ayestarán Rodríguez no puede disimular el orgullo de haber nacido donde nació, de quiénes nació. Lo de Opus 6 viene del hecho de que el insigne musicólogo Lauro Ayestarán y su mujer Flor de María Rodríguez Romero catalogaban a sus seis hijos de acuerdo a una clasificación musical, y como Angel, el menor (n. 1956) era la frutilla del helado familiar, distante ocho años de su hermana más cercana, llevó el número seis. El País fue en busca del Opus 6 para rescatar la personalidad del homenajeado en la edición novena del Día del Patrimonio.
"Papá y mamá me llamaban el hijo de la vejez, porque cuando yo nací los dos tenían cuarenta y tres años. Papá un mes apenas de ventaja sobre mamá. Pienso que por eso fui más que mimado por ellos y por mis hermanos. Los psicólogos dicen que el hijo que nace de padres con más de cuarenta años, es fruto de padres permisivos.
—¿Usted sintió eso?
—Sí. Porque la verdad es que me permitieron todo, jamás me levantaron la voz. Al contrario: todo lo que hacía les hacía gracia, era como un juguete.
LAS RAICES. —¿Cuál es el origen familiar de los Ayestarán? De raíz vasca, obviamente.
—El origen familiar es que llegan al Uruguay como exiliados políticos cuando termina la tercera guerra carlista, a fines del siglo diecinueve. Ahí viene la bisabuela de mi padre con sus hermanos, todos Ayestarán.
—¿De dónde venían?
—De Saldivia, en la provincia de Guipúzcoa, en el País Vasco. Se vinieron porque ellos habían estado muy vinculados con el pretendiente carlista, que era Carlos Séptimo, se había perdido la guerra carlista, y así llegan al Uruguay. Aquí compraron un campo en Maldonado, crearon un establecimiento agropecuario, y todo marchó muy bien. Les fue tan bien con ese campo y los negocios rurales que mi bisabuela decidió comprarse un piso en París, a fines del Ochocientos, en pleno estallido francés del arte y la cultura, en la rue Franois Premier, a metros de la Avenue Montaigne, nada menos. Al mismo tiempo, mi abuelo empieza a trabajar con su suegro en actividades financieras, y así pasa su vida entre el campo, lo rural, y las actividades financieras en Montevideo. De esa manera, mis abuelos vivían seis meses en Montevideo y seis meses en París, con mi bisabuela.
—Y don Lauro, su padre, ¿vivió algo de ese esplendor?
—Claro que sí. El nació en Montevideo en el trece, pero hasta el veinte, en que se vendió el piso en París, papá vivió la mitad del año entre Maldonado, la estancia, Montevideo y París. La casa montevideana era muy linda, la han demolido, en Avenida Brasil y Coronel Alegre. Yo creo que esa mezcla de culturas lo debe de haber marcado mucho, porque un niño que sale del campo, pasa por una ciudad mediana y luego se enfrenta a la capital del arte del mundo, tiene que sentir algo muy especial. Además, la formación pedagógica.
—¿Usted sintió esa especialísima formación de su padre?
—Claramente. Pese a que yo disfruté de mi padre solamente hasta los diez años, él murió en el sesenta y seis, yo pizpé esa mezcla de vida de campo, de estancia, de Montevideo y de París.
—Si hoy se habla de su padre como uno de los grandes humanistas que ha dado el país, seguramente tiene mucho que ver esa vida tan peculiar.
—Seguramente. Yo creo que esa vida le dio esa gran formación humanística de la que usted habla, esa cultura enciclopédica, ese profundo amor por el campo, por el país y por toda manifestación artística. Fue un niño privilegiado que abrió sus ojos sensibles en la capital mundial del arte y de la sensibilidad.
—Una sensibilidad que rescató, junto a su mujer Flor de María, el más impresionante acervo de la música y los sonidos del Uruguay. Sin sus padres, el Uruguay hubiera perdido un tesoro intangible inigualable. ¿Usted los acompañó alguna vez en esas patriadas por el Interior?
—No. No se olvide que yo era muy chico y no podía seguirlos por todos esos lugares adonde ellos iban. No tuve la suerte de acompañarlos. No me tocó. Me tocó, sí, ir a varias Llamadas en el Barrio Sur, que papá grabada y filmaba desde un palco y después procesaba en casa, en el más profundo secreto. Yo no sé si papá hubiera aprobado todo esto que le estoy contando: mi padre era todo de puertas para adentro, un hombre sumamente discreto, humilde, enemigo de la bambolla, y no le gustaba hacer alarde de nada. Esta es la primera vez que se habla de estas cosas para la prensa.
LO INTIMO. —Sin embargo, a pesar de la discreción y sobriedad de don Lauro, aquí veo un programa de teatro donde aparece como actor y donde también hay otro uruguayo prominente.
—Eso fue en el veintinueve, en el acto de fin de cursos del Colegio del Sagrado Corazón, ex Seminario, cuarto año del liceo, donde papá hace un personaje de La vida es sueño y otro de los personajes es Washington Beltrán Mullin, con quien fueron compañeros de clase durante todo el colegio y el liceo. Tengo una anécdota muy linda para contar sobre Washington Beltrán y papá. Siendo el doctor Beltrán Presidente del Consejo Nacional de Gobierno, es decir Presidente de la República, en el sesenta y cinco, me acuerdo que estábamos pintando nuestra casa en la Avenida Suárez, y como Beltrán también vivía en el Prado, a veces paraba el coche, tocaba el timbre y entraba a tomar un café con papá y a conversar. Así se quedaban mucho tiempo. Una de esas veces, cuando Beltrán se va, el pintor de la casa, que era un lituano, le dice: "Pero don Lauro: ¿usted trata al Presidente igual que a mí?" Y papá le contestó: "¿Y por qué lo voy a tratar de otra manera?" Así era mi padre.
—También la casa de la Avenida Suárez era un punto de concentración de notabilidades, ¿no?
—Sí. Toda gente con la que mi padre le gustaba conversar. Yo veía que el Presidente de la República venía, tocaba el timbre y se sentaba a tomar café con mi padre, y venía Zavala Muniz, venía Cúneo, venía Paco Espínola y venían Zum Felde y Clara Silva, toda gente que ahora son calles y todos venían a tomar café a casa. Lo mismo Margarita Xirgú, que era mi madrina. Cuando yo salía con mis padres, veía el respeto que sentía todo el mundo, que le decía "Profesor", "Don Lauro" y entonces yo sentía que mi padre era como un sabio, como un hijo de Alfonso el Sabio, un personaje que mi padre idolatraba. Me acuerdo que él decía: "Un rey que de tanto mirar el Cielo se le cayó la Corona".