El peligroso repliegue de Estados Unidos

Es aceptable, y probablemente conveniente, que Estados Unidos sea la cabeza de Occidente, pero es peligrosísimo que esa cabeza comience a desprenderse del tronco.

Se equivocan, como casi siempre, los antiyanquis. Charles Krauthammer, uno de los mejores analistas norteamericanos, lo ha escrito recientemente en Time: Estados Unidos, lejos de aumentar su presencia militar en el mundo, la reduce. Se marcha de Arabia Saudita, y pronto lo hará de Turquía y de la zona de combate en Corea del Sur. Simultáneamente, limita su presencia militar en Alemania y —agrego yo— renuncia a la utilización de la isla puertorriqueña de Vieques como campo para ejercitar la artillería naval, mientras comienza a estudiar el abandono de Roosevelt Roads, también en Puerto Rico, una de las mayores bases navales del planeta.

Se trata del reconocimiento de que el mundo es otro tras la derrota y desaparición de la URSS y del Bloque del Este. Ya no hay poderes imperiales dedicados a la destrucción del sistema democrático imperante en las naciones más desarrolladas. El comunismo subsiste en China, Corea del Norte, Vietnam o Cuba, pero ideológicamente desvitalizado, y es obvio que con el paso del tiempo esos paleolíticos bolsones de horrores y de errores irán reorganizándose de acuerdo con el modelo occidental de libertades políticas y económicas.

Era predecible que la victoria norteamericana en la Guerra Fría trajera una revisión de las necesidades nacionales en el campo de la defensa. ¿Para qué sirven costosas bases en Alemania si desapareció la pesadilla de los veinte mil tanques soviéticos arrollando las líneas de la OTAN? ¿Para qué exponer a los soldados norteamericanos a un ataque atómico del demencial Kim Jong Il, especialmente si Corea del Sur, hoy una nación desarrollada, no parece feliz con la presencia de las tropas estadounidenses y prefiere ensayar alguna forma de apaciguamiento con su feroz y hambreado vecino?

Pero hay otro elemento: la reciente Guerra de Irak demostró que algunos aliados no eran confiables. Alemania y Francia entorpecieron deliberadamente los planes de Washington. Turquía negó el uso de su espacio aéreo en el momento crucial. Austria le cerró el paso al posible traslado de tropas terrestres a través de su territorio. Y esas actitudes transmitían dos mensajes clarísimos: primero, no estamos de acuerdo con lo que hacen; segundo, tras la desaparición del peligro comunista, ya no los necesitamos como guardianes y garantes de nuestra paz.

La nueva visión estratégica dictará el tipo de armamento que Estados Unidos desarrollará en las próximas décadas: más portaviones de diversos tamaños para no tener que depender de bases terrestres; más misiles de largo alcance capaces de llegar con total precisión a blancos remotos; más satélites vigilantes; más aviones de combate y transporte dotados de gran autonomía para poder volar sin repostar en el camino. Y el propósito es obvio: disminuir los compromisos que inevitablemente se derivan de las alianzas. Liberar las manos de Tío Sam para que el gobierno norteamericano defina en solitario cuándo, dónde y por qué utilizar la fuerza en defensa de sus intereses nacionales.

Podría argüirse que esta reacción norteamericana hacia la acción en solitario es fundamentalmente una consecuencia de los sucesos del 11 de setiembre, pero no es una afirmación exacta. Bin Laden no creó, sino aceleró una tendencia natural provocada por el fin de la Guerra Fría, el disfrute de una década de crecimiento sin paralelo, y la constatación de que Estados Unidos era la única superpotencia existente en el globo terráqueo. Al fin y al cabo, una de las primeras medidas diplomáticas de la Administración de Bush, hábilmente defendida por Condolezza Rice, fue renunciar al Tratado de Kioto, un pacto en defensa del ecosistema planetario, y rechazar la jurisdicción del Tribunal Penal Internacional sobre los súbditos norteamericanos. Si Estados Unidos era una nación puntera y distinta en el campo económico, científico o militar, haría valer su singularidad y su peso específico de manera inconsulta en la esfera internacional.

Todo esto entraña un serio peligro. Es aceptable, y probablemente conveniente, que Estados Unidos —como en el pasado lo fuera Inglaterra— sea la cabeza de Occidente, un espacio cultural y económico que trasciende los límites nacionales, pero es peligrosísimo que esa cabeza comience a desprenderse del tronco. Cuanto se haga por mantener la vigencia de las alianzas, cuanto esfuerzo se realice para que no se agrieten los vínculos surgidos tras la Segunda Guerra Mundial, será muy beneficioso para todos. Mi impresión es que algo de esto barruntaba el español José María Aznar cuando prestó su apoyo a Washington durante la Guerra de Irak. Había algo más importante que castigar a Saddam Hussein: salvar los lazos trasatlánticos. Mantener la cabeza unida al tronco.

© Firmas Press

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