SINBAD: LA LEYENDA DE LOS SIETE MARES
Sinbad: Legend of the Seven Seas
Directores. Tim Johnson, Patrick Gilmore.
LIbreto. John Logan.
Montaje. Tom Finan.
Música. Harry Gregson-Williams.
Diseño de producción. Raymond Zibach.
Productores. Mireille Soria, Jeffrey
Katzenberg, para DreamWorks Pictures.
Estados Unidos 2003.
Este film animado extrae el nombre de su protagonista, y poco más, de los clásicos relatos de las Mil y Una Noches. Es todo un dato incluso, y acaso tenga algo que ver con el Choque de Civilizaciones o las desconfianzas que el mundo musulmán despierta en ciertos sectores de Occidente desde los atentados del 11 de setiembre o un poco antes, que su aventura omita toda referencia a las tradiciones islámicas. Las aventuras de este Sinbad con "n" se desenvuelven en un ámbito vagamente mediterráneo y precristiano: hay alusiones a la ciudad de Siracusa y a divinidades politeístas, un integrante de la tripulación chapurrea (al menos en el doblaje castellano) un inconfundible acento italiano, y toda la historia está de hecho moldeada sobre la leyenda de Damón y Pitias, que como se sabe deriva de la mitología clásica y no de Oriente.
Nada de eso tendría que afectar la aventura en sí misma, sin embargo, y ya se sabe que ni siquiera las Mil y Una Noches eran originales: sin ir más lejos, Aladino fue al principio (literalmente) un cuento chino, antes de ser transformado en un relato árabe. De hecho, los Simbads con "m" de Ray Harryhausen, que son el modelo cinematográfico más obvio de esta película, podían incluir más referencias a Alá pero también mezclaban mitologías y hasta las inventaban, y el mejor de ellos (Simbad y la princesa, 1958, director Nathan Juran) es ya un clásico. Es improbable que esta película animada ingrese en esa categoría.
No deja de ser una historieta razonablemente entretenida y por momentos muy movida, con ese aire de "montaña rusa" característico de las producciones de la empresa DreamWorks de Spielberg y asociados. El film convierte a su protagonista en un bribón simpático (una suerte de Errol Flynn animado), lo enfrenta a la poderosa Diosa de la Discordia y lo embarca en una singladura hasta los confines de la Tierra y más allá, hasta el misterioso Tártaro, el país de los muertos, para rescatar un libro mágico robado por la divinidad y salvar la vida de un amigo que ha creído en él y aceptado ser ejecutado en su lugar.
El film funciona mientras sus personajes combaten contra monstruos y apariciones sobrenaturales diversas: sirenas, un cefalópodo gigante, un ave de enormes dimensiones, unos seres aún más extraños que parecen signos del Zodíaco de impreciso origen, están eficazmente servidos por una animación tridimensional que llena el ojo. La mejor secuencia de acción es probablemente la del ave gigante, pero el equipo de efectos especiales computarizados logra maravillas con el movimiento del mar o la incursión en el Más Allá, donde una fugaz visión de guerreros muertos que brotan de la arena puede ser acaso un homenaje a los esqueletos móviles del viejo Harryhausen.
Mucho más planos, en todos los sentidos del término, resultan los personajes humanos: el modelo Disney de tratamiento "serio" de los protagonistas rara vez ha dado grandes resultados en el cine de animación, y esta película lo copia sin mejorarlo. Incluso lo empeora ligeramente, al faltarle lo que Disney solía hacer mejor: el "alivio cómico" de las figuras secundarias, generalmente animales, casi siempre más graciosos que las principales. Los miembros de la tripulación, sin ir más lejos, que habilitaban en principio todo un margen de invención y caricatura, no van más allá de una masa indiferenciada a la que no se les saca el debido jugo. Y el humor va y viene, con algún ingenio de diálogo pero también más de una caída en lo grueso y obvio. El rasgo más "moderno" de todo el asunto puede ser en cambio el carácter activo de la protagonista, que puede ser rescatada en algún momento por el héroe pero más de una vez es quien salva la situación: allí el film deja de preocuparse por el Choque de Civilizaciones y hace en cambio su aporte, políticamente muy correcto, al proceso de liberación de la mujer.