Del perfil bajo, al Planalto

| Rebar

En su edición N° 1.383 (20 de junio de 2003) "NOTICIAS" le concedió una breve licencia a Cristina Fernández de Kirchner (sólo un par de pildoritas disueltas en 108 páginas) y le dedicó una nota importante a Marisa Leticia Lula da Silva, que alterna sus residencias entre el Palacio de Planalto —donde gobierna su marido— y el Palacio de Alvorada, donde manda ella, aunque conviene advertir acerca de ciertos matices diferenciales en el ejercicio de poderes. Mientras en Planalto, Marisa mete la nariz en todo cuanto proyecta y/o hace su marido, éste no dice ni "mu" ante cualquier decisión hogareña que adopte la mujer con quien ha cumplido 29 años de matrimonio.

En ese largo trayecto compartido, hubo tropezones que amenazaron clausurar la estabilidad en la marcha de la pareja. Ambos partieron de orígenes modestísimos, y como la pobreza es una mala consejera abundaron las situaciones en que una realidad cruel perturbó los sentimientos; pero el amor triunfó finalmente y hoy son el presidente de Brasil y la primera dama.

Se dice en "NOTICIAS", que Marisa desciende de un verdulero y una ama de casa, que con raíces italianas marcaron su paso por la vida privándose de casi todo. 9 años tenía la hija cuando se empleó de niñera, no se sabe si para cuidar de los chicos de don Jayme Portinari o para jugar con ellos. A los 13, cambió esa ocupación por la de empaquetadora de bombones, y a los 20 se ubicó en la Secretaría de Educación de Sao Bernardo. No había transcurrido mucho tiempo de esto cuando se casó con un taxista, que terminó asesinado en un asalto estando ella por el sexto mes de embarazo. Al tercer año de viudez concurrió a realizar un trámite en el sindicato metalúrgico, y allí "descubrió" a Lula. Aquello, más que un flechazo, fue un fierrazo. Esta vez le tocó a Lula bajarle la bandera; y la llevó, sin anestesia, hasta el Registro Civil. El repertorio de casada le renovó sus éxitos como cocinera, lavadora de platos y ahorrativa compradora —en los supermercados— de únicamente lo necesario.

A Marisa Leticia (¡qué nombre para un teleteatro!) le gusta fumarse un cigarrillo en soledad, y tomarse una cervecita sin testigos. Se levanta a las seis, sorbe un café y sale a caminar por los jardines de Alvorada, algunas veces con el presidente. Luego se dirige a Planalto, y empieza su trabajo cerca de Lula. Concurre a cuanta reunión se efectúa en la sede del gobierno, y mete la cuchara toda vez que lo cree oportuno. Además, cuando la agenda presidencial registra audiencias con damas, practica una marcación hombre a hombre: confía en su esposo, pero no se le han borrado todos los recuerdos de los tiempos en que el metalúrgico metía fierro sin mucho disimulo, hasta que la paciente compañera contrató a un abogado para que le preparara un primer borrador de separación. Ahora, con su nuevo look, Lula aumentó la torcida femenina, pero asimismo creció su fidelidad conyugal. Es muy cariñoso con Marisa: "le ata los cordones de las zapatillas, le hace masajes en los pies cuando viajan en el avión presidencial y, por la noche, hasta le ayuda a ponerse los ruleros.

Lo de los masajes en los pies, tendrá que suspenderlo: la última vez que lo hizo, Marisa reaccionó de tal manera que el avión —que volaba serenamente— entró de repente en una imprevista zona de turbulencia.

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