La Pantoja va por un bis

| Rebar

Isabel Pantoja cobró notoriedad en el mundo del flamenco-pop en la década de los 80. No sólo imponía su canto y su taconeo de tonadillera integral: también sobresalía por su físico generoso, donde nada se economizaba para embeleso de los hombres que enmarcaban sus actuaciones. Entre éstos, alternaba un treintañero de lujo, torero que venía ganando cartel en los grandes ruedos de la España de sangre y arena: su verdadero nombre —Francisco Rivera— había sido eclipsado por el apodo con que le distinguía la afición taurina: "Paquirri".

Copla que va... toro que viene, llegó un día en que el diestro se enfrentó a aquella enciclopedia anatómica con todo lo que tenía: la capa, el par de banderillas y el estoque. No temblaba ante las astas de los Miura, pero en aquella ocasión sintió que le vibraba todo ante el ambo de pitones que lucía Isabel, que no parecía ser "la Católica", Aunque, de acuerdo a rumores que circulaban en torno a los tablados que estremecía la cantante, ésta era más pura que una novicia: tanto que su madre se enorgullecía diciendo que, cualquiera fuese el candidato a llevarla al altar, debía estar seguro de que a su niña jamás le habían tocado un pelo. (Es asombrosa la puntería que tienen algunos hombres).

Y Paquirri se anotó para bajarle el invicto en un amistoso:

—¡Que nada!... ¡que si no es ante Dios y el Registro Civil, pues nada!... dijeron a dúo, al mejor estilo de las Hermanitas Méndez, madre e hija.

El 30 de abril de 1983, se casaron. Luego de una luna de miel de noches de luna y azahares (como dijo una vez Carlos Reyles en una conferencia, cometiendo tres furcios en esas pocas palabras) cada uno volvió a lo suyo. La Pantoja, ensayando una canción de cuna para el niño por llegar —que llegó en tiempo y forma, y ahora es un hombrón— y Paquirri a la fiesta de luces que, maldita fuera su suerte, le tenía reservado un apagón. A menos de un año y medio de la boda —el 26 de setiembre de 1984— actuaba en Córdoba, en la Plaza Pozoblanco. Un toro lo atacó ferozmente, y los incalificables servicios médicos de esa localidad no pudieron evitar su fin.

Isabel guardó su repertorio por un tiempo, y se dedicó a criar al hijo sobrellevando su viudez sin goles en contra, pese a que las revistas del corazón le publicaran una estadística de tiros en los palos que no culminaron adentro por esas cosas.

De regreso a los escenarios, volvió al aplauso. Entre los que le batían palmas, figuraba Don Julián Muñoz, alcalde de Marbella, que suele olvidarse de su condición de casado toda vez que se dispone a compartir una verbena. Se les ha visto salir (verbo "enchufe", que se adapta hoy en casos que se apartan de su significado específico) prendiditos de las manos, que se supone que sueltan al entrar... en acción. La Pantoja —según declara— ha vuelto a enamorarse: y está decidida a marcharse con todas sus partituras a Marbella, para ir a vivir con su amor. El alcalde está que se sale de la vaina... y ella, ahora sí, lista para dejarse golear.

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