El teatro de un provocador

| Se trata de una metáfora sobre el poder que despertó la indignación de las autoridades austríacas

ANTONIO LARRETA

Ante el estreno de La fuerza de la costumbre, que se producirá esta noche en Sala Verdi por un elenco de la Comedia Nacional que dirige Levón, corresponde adelantarse reiterando algunas consideraciones sobre el dramaturgo austríaco Thomas Bernhard, a quien ya se le dedicó una primera nota en estas páginas el sábado 14. Porque La fuerza de la costumbre es una de sus obras más representadas en los países germánicos y también en otras lenguas, de manera que conviene recordar la formación literaria anárquica del autor, que a partir de un abuelo escritor pero muy sesgado en sus gustos y con grandes vacíos en su biblioteca, sintió una vaga inclinación por el teatro. O mejor, por el espectáculo, desde las misas funerales a las marionetas, tardando en descubrir al propio Shakespeare, sin hablar de Brecht o Beckett, que hoy podrían parecer sus referencias. De hecho, Bernhard ya tenía cuarenta años cuando probó la dramaturgia. Antes había alternado el periodismo con la poesía y por fin había incursionado en la narrativa: su novela Trastorno es de 1967, cuando él tenía treinta y un años. Todo lo importante que escribió fue publicado en los setenta y los ochenta: Bernhard murió en 1989, a los cincuenta y ocho años.

También conviene decir que casi todos sus estrenos fueron por lo menos polémicos, varios de ellos acompañados de litigios, pero recordemos que Bernhard era esencialmente un provocador. Tuvo sin embargo la buena suerte de conocer en 1969 a Claude Peymann, que sería amigo suyo y su director favorito y que pudo amansar su odio hacia el Burgtheater, el teatro nacional de Viena, al que consideraba casi tan funesto culturalmente como la propia Salzburgo, en particular los respectivos Festivales. Pero a instancias de Peymann aceptó estrenar allí sus obras. En 1974, Bernhard entregó a Peymann La partida de caza, cuyo protagonista no podía ser otro —según él— que Bruno Ganz, el extraordinario actor suizo. Pero los componentes del elenco oficial se negaron a secundar a un extranjero, y los derechos de los mediocres prevalecieron sobre las pretensiones del autor. Aunque Peymann consiguió convencerlo, la noche del estreno se fue del teatro en el primer intervalo, no sin que la chica del guardarropa le dijera con una sonrisita cómplice: "A usted tampoco le gusta la obra".

Ese mismo año y con el mismo director, consiguió su primer éxito absoluto: La fuerza de la costumbre, una metáfora sobre el poder que despertó la indignación de las autoridades de Salzburgo. El que el autor, presionado por sus colaboradores, se refiriera continuamente a una misteriosa Augsburgo, no engañó a nadie. Las alusiones eran manifiestas, como "esa cloaca a orillas del Lech" precedida por "el agujero abominable y maloliente". No es difícil que el escándalo haya reforzado el éxito, y que junto con la ciudad, Austria entera hubiera decidido adoptar a ese hijo díscolo y mal educado, pero tan brillante. Es oportuno recordar a propósito de estas equívocas relaciones entre el Estado y el Autor, las maliciosas palabras de su mayor rival en la dramaturgia germánica de fines del siglo pasado: Heiner Müller (el de Cuarteto y La misión). Dijo Müller: "Bernhard es un funcionario. Escribe como si estuviera empleado por el Estado para escribir contra Austria. El escándalo cumple una función importantísima como válvula de escape. Desvía la atención".

No hay constancias de una reacción de Bernhard ante tan insidiosa interpretación. Quizás estaba demasiado obsesionado por escribir obra tras obra, por ganarle de mano a la muerte. Así tuvo tiempo de escribir la que es probablemente la más madura de sus creaciones, la curiosamente llamada Ritter, Dene, Voss, que son los apellidos de las dos actrices y el actor para quienes la pensó, pero que ha adoptado un título menos críptico en versiones extranjeras. En español sería El almuerzo con Wittgenstein. De eso se trata en realidad, del retorno de Wittgenstein enfermo a su casa paterna, donde lo esperan sus dos hermanas, en una atmósfera inquietante alrededor de un cuarto comensal invisible: el incesto. Porque Bernhard amaba a Wittgenstein y, pasional como era por debajo de su ironía, sólo escribía de lo que amaba o de lo que odiaba, que a veces era una sola cosa: Austria.

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