Castro se enfrenta a un nuevo enemigo. Le llama, con gran desprecio, la "pandillita". La pandillita es Europa. Son veinticinco países: España, Italia, Inglaterra, Francia, Alemania, y así hasta los quince miembros de la Unión Europea, a los que se agregan otros diez que esperan a la puerta. Según sus declaraciones, el jefe de la pandillita es José María Aznar, pero tanto Aznar como la pandillita supuestamente son peones de Washington que se suman lacayunamente a la política del Departamento de Estado.
El Comandante miente. Europa, en efecto, ha cambiado su análisis de la situación cubana, pero no por influencia de la Casa Blanca, sino por la comprobación in situ de que Fidel Castro es un tirano incorregible, empeñado en sostener un modelo disparatado, que ha rechazado todos y cada uno de los gestos de buena voluntad hechos desde el viejo continente. De nada han servido los consejos de los economistas socialistas, los créditos blandos concedidos a La Habana, la invitación a formar parte del Acuerdo de Cotonou o las condenas en el Parlamento Europeo al embargo norteamericano. Castro no se ha movido un milímetro de su búnker estalinista, repleto de demócratas presos, y en el que el paredón de fusilamientos no ha dejado jamás de funcionar alegremente.
Lo que ha ocurrido es a la inversa. Estados Unidos se acerca a la posición europea concebida por España en 1996. Está surgiendo un fenómeno de convergencia entre las naciones democráticas frente a la última dictadura comunista de Occidente. Y no sólo coinciden en esa posición las naciones desarrolladas del primer mundo. Hace pocas fechas el Parlamento Latinoamericano, a instancias del diputado uruguayo Jaime Trobo, también denunció la violación de los derechos humanos en Cuba y pidió una investigación a fondo del encarcelamiento y maltrato a los disidentes condenados por razones de conciencia.
Felipe González se lo ha confesado al periodista Andrés Oppenheimer: "Fidel Castro es hoy un personaje patético, comparable al Franco agotado y ajeno a la realidad" de los últimos tiempos de su largo mandato. No percibe su notable anacronismo. No se da cuenta de que es una reliquia de la guerra fría, sostenida por la represión, la inercia, y el inmenso temor que inspira a los cubanos, pero carente de legitimidad y, por lo tanto, de instituciones que puedan continuar funcionando tras la desaparición física del dictador.
Para la zona más lúcida de la clase dirigente —Carlos Lage, Ricardo Alarcón, Remirez de Estenoz, incluso el poderoso general Abelardo Colomé Ibarra— la senilidad colérica de Fidel Castro resulta muy embarazosa. Esa conducta agresiva, propia de una persona emocionalmente enferma, incapaz de controlar sus emociones, pone en peligro la continuidad del régimen. Llamarle "pandillita" a Europa y obligar a desfilar al gobierno con carteles en los que se compara a Aznar con Hitler y a Berlusconi con Mussolini es un acto profundamente ridículo que acaba por ser humillante para quienes se ven obligados a manifestarse. Y no es un hecho excepcional. Antes ha insultado a Fox, a Batlle, a Toledo, a Lagos, a Menem, a Flores, incluso a Duhalde, a quien llamó "lamebotas".
El gobierno de Castro va camino del aislamiento político, ensayado hace unos años contra la Sudáfrica racista. Lo próximo será exigirles a los inversionistas radicados en la Isla un código ético como "los principios Sullivan", adaptados en su momento por el disidente cubano Gustavo Arcos a la realidad de Cuba. Los empresarios internacionales tendrán que hacer las maletas si no se conceden derechos a los trabajadores y si no se trata a los cubanos de acuerdo con las mismas normas con que se trata a los extranjeros. Es inconcebible que los cubanos, como los negros en la Sudáfrica del apartheid, no puedan alojarse en los hoteles a que acuden los turistas o poseer propiedades. Es intolerable que no tengan derecho a huelga o que les confisquen el 95% del salario.
Lo que estamos viendo es el último acto del castrismo. Ya están dados todos los elementos para un cambio de régimen: la crisis económica es imparable, la clase dirigente está totalmente desmoralizada, el sistema carece de legitimidad política y de ubicación histórica, y el dictador, pieza clave de la estructura de poder, a fuerza de espasmos cerebrales ha ido perdiendo la razón hasta convertirse en un anciano insoportable y tartamudo que insensiblemente conduce el país hacia el despeñadero.
¿Qué falta para pasar la página y comenzar la transición hacia la democracia? Obvio: la muerte de Castro, o un agravamiento de su salud mental que provoque su piadosa remoción del poder. Estoy seguro de que eso mismo pensaban los ministros y generales obligados a gritar consignas contra "la pandillita" mientras desfilaban bajo el inclemente sol habanero. Se les notaba en los gestos un profundo cansancio moral y físico ante tanta sinrazón y estupidez. Parece que la consigna final será "¡Prozac o muerte!".
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