Era el último centro de una tarde que se negaba a morir, que se había sentido gloriosa a fuerza de goles, coraje, resultados que daban vueltas en el aire y públicos excitados, delirantes, enojados, felices, tensos.
Tiraba Lanús hacia el área de River, allá en el sur, en territorio de casitas bajas, patios generosos, abuelos sentados en la puerta. Ganaba River 4 a 3 y con ese resultado se quedaba líder, solitario, con un campeonato que hace dos semanas no se animaba a soñar y ahora le hacía guiños seductores desde el trono vacío en el que debería sentarse el mejor equipo del torneo.
Era el último centro de la tarde y los jugadores se amontonaban en el área de los millonarios como los chicos abajo de una piñata.
Pero hagamos un poco de historia. Antes de este centro que iba a caer en el área de River mientras se incendiaban las tribunas, el "millonario" había revertido dos veces el trámite. Estuvo perdiendo uno a cero y dos a uno. Y ahora después de un cuatro a dos que parecía lapidario estaba con un sólo gol de ventaja y ese maldito centro que caería en el entrevero del punto penal y que sería buscado como si un grupo de maleantes buscaran un revólver en una habitación a oscuras.
Boca había empatado y la oportunidad para River de quedarse con la punta, inmejorable. Hasta pudo ser mejor el domingo si se tiene en cuenta que Boca estuvo perdiendo dos a cero a diez minutos del final. Pero la fenomenal levantada que protagonizó el equipo de Bianchi —con un toque de fortuna notable porque el técnico mando a la cancha al "Flaco" Schiavi, éste corrió desde el banco hasta el área para entreverarse en un corner, y justo la pelota le cayó en la cabeza y empató el partido— cavó una hondonada del lado del Riachuelo y allí fueron a parar en un impulso irrefrenable todos los jugadores, como si cayeran al vacío. Entonces los de la Ribera ganaron un punto que al terminar el domingo, sería de oro.
Ahora, si River se salvaba de ese centro, era líder. La multitud de millonarios fingía no mirar. Los de Lanús controlaban por un momento el deseo de ajusticiar al árbitro por algunos fallos discutibles. Los jugadores que esperaban en el área se agarraban como si estuvieran cayendo juntos en un ascensor. Era, en una tarde dramática y cambiante, la frutilla del postre.
La historia no dirá nada de un tal Moreno que le entregó el tiro libre a la barrera de River y remató la tarde, con un error grosero, una zoncera que de pronto le hizo creer a todos, que el domingo exaltado, alterado, estremecido, había sido nada más que un sueño.